¡Ni que me fuera a embarcar!

Vista aérea del Puerto de Las Palmas / La Provincia
Hubo un tiempo en el que el único modo de salir del aislamiento que impone el territorio insular era surcando el mar en uno de aquellos correos a vapor que iban a La Habana o en los veleros que se aventuraban a viajar a Venezuela cuando todavía se emigraba a América; migración casi siempre forzada por las dificultades económicas y, las menos de las veces, para evitar represalias políticas.
Una época en la que los emigrantes partían hacia Cuba, Puerto Rico, Argentina o Uruguay y en muchos casos no se volvía a saber nada de ellos al perderse el contacto con parientes y amigos; este era el caso de los «transmarinos» (que es como se llama en Canarias al isleño que, tras emigrar a algún país de América, permanece en paradero desconocido).
El verbo «embarcar» transciende aquí del significado de ‘subir a una embarcación con destino a alguna parte’; «embarcar(se)» tiene el sentido de emprender un viaje, de sólito un largo viaje, de incierto retorno, esto es, marcharse de un sitio, abandonar el lugar de origen. [Se aleja también del significado técnico que se le da a la voz embarcar ligado a la moderna navegación aérea, en cuyo argot se ha introducido gran parte de la terminología náutica].
En este contexto histórico, «embarcarse», por metonimia, ha pasado a significar ‘rajarse’, ‘largarse de todo esto’, ‘perderse’, ‘desaparecer del mapa’, ‘arrancar la penca’, ‘arrancar la caña’, ‘mandarse a mudar’; voces todas ellas que, con más o menos diferencias, guardan similitud entre sí.
La exclamación «¡ni que me fuera a embarcar!» se emplea a modo de hipérbole para reprobar a quien exige que una cuenta sea saldada en el mismo momento en que se contrae la deuda. Lo que denota la actitud de quien sospecha o insinúa que existe una intención de marcharse sin pagar, a riesgo de «no volverle a ver el pelo».
Lo que figuradamente traslada la metáfora que se deduce de la actitud de aquel que, emulando a los emigrantes canarios que “embarcaban” a tierras americanas sin que se volviera a saber nada de ellos. La frase tiene carácter admonitorio en el sentido que amonesta a quien muestra desconfianza frente al deudor.
A esta misma intención obedece el tono persuasivo que se desprende del letrero que se fija en lugar bien visible de algunos bares donde se indica: «No se fía» o, incluso, con gracejo y no exento de cierto lirismo, hemos visto leyendas como esta:
«Si fío, pierdo lo mío; si presto, al cobrar molesto; si doy, pierdo la ganancia de hoy; y para evitar todo esto, ni doy ni fío ni presto».
Persuadiendo así al palanquín [se dice al ‘gorrón, aprovechado, colgadera, buscavidas, pícaro, caradura’] que pretende «beber de gorra».
En la periferia de la expresión comentada situamos la locución: «¡Más vale que te embarques!», que a modo de severa advertencia o de velada amenaza invita o exhorta a alguien que se ha metido en un buen lío a «que se prepare porque le va a caer una buena», a cuidarse de no dejarse ver, «a desaparecer del mapa» («¡piérdete de todo esto!») para evitar represalias.
Otro significado afín del verbo «embarcar» está asociado a un problema o dificultad, de manera que embarcar a alguien es comprometerlo, meterlo en un atolladero del que resulta difícil salir —«me embarcaron en este negocio y ahora estoy de deudas hasta el cuello»—.
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