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Solitario, comprometido y seductor

La muerte de Robert Redford marca la paulatina desaparición de una de las eras más creativas del viejo Hollywood

Robert Redford posa con su Oscar honorífico, en la ceremonia número 74 de los Oscar.

Robert Redford posa con su Oscar honorífico, en la ceremonia número 74 de los Oscar. / DOUG MILLS / AP

El luto que hoy cubre a toda la comunidad cinéfila internacional tras la muerte el pasado martes del mítico actor y director estadounidense Robert Redford (California, 1937/ Utah, 2025) no es, en modo alguno, un detalle baladí, como tampoco lo fue la reacción que provocó, hace 17 años, la desaparición de su colega y confidente Paul Newman, otra leyenda del Hollywood de los sesenta que también iluminó con su arte, tanto en el ámbito de la interpretación como en el de la dirección, la progresiva transformación del cine estadounidense en un territorio perfectamente abonado para el desarrollo de las nuevas tendencias que, desde hace décadas, esperaban su turno para suplantar a los esclerotizados guardianes de las viejas esencias del cine norteamericano. Y así fue. Heredero de toda una tradición de grandes seductores de la pantalla —Tyrone Power, Errol Flynn, Sean Connery, Clint Eastwood, Michael Caine, Sidney Poitier— presidiría, junto a sus coetáneos Dustin Hoffman, Warren Beatty, Robert de Niro, Al Pacino, Jane Fonda, Angie Dickinson, Geena Rowland, Lee Remick, Janice Rule, una hornada excepcional de estrellas masculinas y femeninas que inundaron con su talento una de las décadas más fructíferas y vindicativas de la producción cinematográfica estadounidense. Fue, además, el creador del Sundance Film Festival, la cita anual más prestigiosa con el cine independiente que se produce hoy en todo el mundo, así como la cuna de decenas de jóvenes cineastas que han dejado a su paso su propia huella.

Y aunque sus primeros trabajos bajo la dirección de Denis Sanders (War Hunt, 1962), de Gottfried Reinhardt (Situación desesperada… pero menos —Situation Hopeless—, 1965) o de Robert Mulligan (La rebelde —Inside Daisy Clover—, 1965) no presagiaban en ningún caso el éxito rutilante que alcanzaría a lo largo de su carrera, Redford no tardaría mucho tiempo en mostrar su enorme capacidad actoral en las pantallas. En 1966, tras rechazar el papel protagonista de La jauría humana (The Chase), de Arthur Penn, que asumiría finalmente Marlon Brando, encarna en esta misma película el papel de Bubber Reeves, un fugitivo de la justicia que es perseguido por las fuerzas vivas de una pequeña localidad de Texas por razones espurias. A partir de su memorable intervención en este intenso drama sobre el poder y la codicia, inspirado en un potentísimo guion de Lillian Hellman, el actor emprende un largo y convincente recorrido profesional donde convergen wésterns tan icónicos como Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969), ganador de cuatro Oscar, donde asistimos a un inusitado duelo interpretativo entre dos colosos de la interpretación en medio de una historia sembrada de sutiles apuntes sobre la relación de amistad entre una pareja de proscritos en fuga enamorados de una misma mujer (Katharine Ross) y las continuas aventuras y peligros que comparte este trío de aventureros en su propósito por acabar lo antes posible con sus azarosas actividades como asaltadores de bancos.

Las dramáticas peripecias por las que atraviesa Redford en Las aventuras de Jeremiah Johnson (Jeremiah Johnson, 1972), su segundo wéstern y primera de sus seis películas junto al prolífico cineasta y productor Sidney Pollack, revelaban de nuevo la innata capacidad de este intérprete para imprimir a sus personajes una dimensión cuasi legendaria. Rodada íntegramente en el estado de Utah, Redford participa en calidad de protagonista absoluto en este hermoso y poético filme encarnando a un personaje que, como hacía el propio actor, elige vivir en contacto directo y permanente con la naturaleza en su estado más salvaje. La película, inspirada en un sólido guion de John Milius y Edward Anhalt, marcó además un nuevo camino en la conciencia ecologista del cine norteamericano en una década sembrada de profundos cambios sociales y estéticos.

El descomunal éxito comercial cosechado por Dos hombres y un destino en el mercado internacional animó a la Universal a repetir la experiencia de reunir de nuevo a Redford y a Newman para encabezar el reparto de El golpe (The Sting, 1973), un thriller con aires de comedia que dirigiría también George Roy Hill a partir de un guion de David S. Ward. Situada en el Chicago de la Gran Depresión, la película narra la historia de dos elegantes timadores obstinados en dar un golpe definitivo a una peligrosa banda de gángsteres que opera sin el menor escrúpulo en el ámbito del juego y de las apuestas ilegales. Ganadora de siete Oscar, incluido el de la Mejor Película, Mejor Banda Sonora y Mejor Dirección, El golpe representó otro aldabonazo en la meteórica carrera del actor.

Ese mismo año, bajo la dirección de Sidney Pollack, protagoniza junto a Barbra Streisand Tal como éramos (The Way We Were), una comedia sentimental de claros tintes políticos sobre los avatares históricos provocados por una América particularmente convulsa en la vida de una pareja de ideologías opuestas. La química interpersonal que se establece a lo largo de esta tonificante película entre Redford y Streisand, salpimentada por los compases de una banda sonora excepcional, dejan en el espectador un poso sentimental que nos sumerge en el recuerdo de algunas de las piezas canónicas del género.

La versatilidad que siempre caracterizó el largo recorrido profesional de Redford desde sus lejanos inicios en los años sesenta queda fielmente reflejada en trabajos como Propiedad condenada (This Property is Condemned, 1966), un drama social, inspirado en un guion de Francis Ford Coppola a partir de la obra homónima de Tennesse Williams en la que Redford encarna a Owen Legate, un funcionario del ferrocarril con un puñado de despidos para los empleados de su localidad y Natalie Wood como Alva Starr, una joven especialmente atractiva, con muchos planes y ningún sitio a donde ir hasta que Legate aparece en su vida. Un intenso melodrama con la Depresión como telón de fondo transformado en un retrato inclemente del deep south, como es habitual en el teatro de Williams.

En Todos los hombres del presidente (All the President’s Men, 1976), una de sus más aclamadas interpretaciones, Redford se transforma en Bob Woodward, el periodista de investigación del Washington Post que, junto con su colega Carl Bernstein (Al Pacino), desvela el famoso caso de espionaje político popularmente conocido por el Watergate. Dirigida con ostensible maestría por Alan Pakula a partir del libro de memorias de ambos corresponsales, la película obtuvo cuatro Premios de la Academia, incluido el obtenido por Jason Robards como mejor actor de reparto y el de William Goldman como responsable del mejor guion adaptado. Su triunfo se convertiría, a la larga, en uno de los grandes éxitos taquilleros de la historia de la Warner.

Dos años antes Redford se incorpora al reparto de El candidato (The Candidate), bajo la dirección de Michael Ritchie, película que muchos observadores sitúan entre sus trabajos más inspirados, sobre todo por la complejidad estructural que presenta el personaje que interpreta, un candidato al Senado con pocas expectativas de éxito, aunque dotado de una sentido de la ética personal fuera de lo común, sobre todo en el contexto electoral estadounidense, logrando conservar su sólida honestidad frente a las adversidades. Su actuación en este filme es, sin duda alguna, el principal activo del interesante y muy actual discurso sobre el juego democrático que vehicula esta interesante película.

Otra de sus más celebradas actuaciones fue la del mítico escritor F. Scott Fitzgerald en la suntuosa versión de Jack Clayton sobre El gran Gatsby (The Great Gatsby, 1974). Ganadora de dos Premios de la Academia, la película posee un brillante reparto de actores secundarios y un espléndido guion de Coppola, así como una exuberante evocación de la época del jazz y de las fiestas galantes en los locos años veinte que invitan a no apartar los ojos de la pantalla, sobre todo gracias a la exquisita elegancia y equilibro dramático que exhibe el intérprete californiano durante las dos largas horas de duración de la cinta.

En su amplia filmografía aparecen otros títulos, como Los tres días del cóndor (Three Day of the Cóndor, 1975), de Sidney Pollack; Brubaker (Brubaker, 1979), de Stuart Rosenberg; Gente corriente (Ordinary People, 1980); Memorias de África (Out of Africa, 1985), o El jinete eléctrico (The Electric Horseman, 1979), ambas de Pollack, que nos muestran su categoría como intérprete, especialmente en su difícil papel de misterioso y solitario cazador en la sabana africana donde comparte su indiscutible liderazgo en la pantalla con la eminente Meryl Streep y la potente presencia del gran actor austriaco Klaus Maria Brandauer.

Pero la labor de Redford como megaestrella de Hollywood quedaría disminuida si no citáramos su importante trayectoria adicional detrás de las cámaras con títulos de la calidad de Un lugar llamado milagro (The Milagro Beanfield War, 1988), El Río de la vida (A River Runs Through it, 1992), Quiz show, el dilema (Quiz Show, 1994) o La leyenda de Bagger Vance (The Legend of Bagger Vance, 2000), tocadas todas por una exquisita e inusitada sensibilidad visual.

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