Pasajeros en tránsito sin salir del hall
«Los viajes más fascinantes son los que transcurren en el corredor de nuestras casas», señaló Lezama Lima

Lezama Lima, en su despacho de La Habana. / Efe
«Los viajes más fascinantes y exóticos son aquellos que transcurren en el corredor de nuestras casas», escribió José Lezama Lima, quien enarboló la imagen del «peregrino inmóvil» como arquetipo contemporáneo, y que, para predicar con el ejemplo, no sólo rara vez salió de su Habana natal, sino ni siquiera de su casa natal, en la calle Trocadero, donde también murió, habiendo escrito toda su voluminosa obra de cara a la pared en la última habitación, completamente ciega, en una de las ciudades más luminosas del planeta. Al otro extremo de esa definición, el antropólogo Remo Guidieri, más próximo a nuestros días, asevera: «El sedentario es un necio nómada que funda un hogar; desvaría en círculos, arrastrando los pies»… ¿Dónde están, pues, los límites entre el sentido del viaje y la permanencia en el origen, toda vez que, en cualquier fructífero proceso creativo, lo único relevante es reordenar la partida, según el lúcido aserto de Antoni Gaudí: «La originalidad es el retorno al origen»?
Es significativo que los tres más destacados escritores irlandeses hayan sido tres colosales trasterrados que, en cambio, no pararon de hacer de su tierra de procedencia el leitmotiv de sus obras. Como en una carrera de relevos, así lo hicieron James Joyce y los premios Nobel Seamus Heaney y Samuel Beckett, que hasta se exilió de idioma, para sentenciar, en francés, que él nunca consiguió («¡ay de mí! ...») salir de su isla. Una sagaz e innovadora variante la instauró para siempre el surnorteamericano William Faulkner, al limitarse a cambiar la denominación del origen sin despegarse un ápice ni literaria ni físicamente de su parca comarca del Mississipi. A la zaga de su condado de Yoknapatawpha, que, a través de su ficticia demarcación proporciona una más fuerte sensación de realidad, surtirían —incluso con concomitancias de estilo— la Comala del Pedro Páramo de Juan Rulfo, el Macondo de Cien años de soledad de García Márquez y la Santa María de El astillero de Onetti; es decir, un perfecto tres en raya, al sur de Yoknapatawpha, en el sur de Estados Unidos, a lo largo del vasto continente latinoamericano, para ofrecernos, así, la más fidedigna radiografía del México profundo, de la Colombia costeña y de los páramos del Cono Sur, respectivamente, por sus más importantes autores vernáculos. De esas tres obras cumbres de la novelística del siglo XX, y de otras situadas en la misma clave del protagonismo de las conciencias obturadas por el territorio sin salida, cabe decir lo mismo que dijera Sartre de la narrativa de Faulkner: «Sus tramas no conocen el futuro: caminan siempre mirando hacia atrás, hacia el pasado». Se trata de un ajuste de cuentas con el origen (así se haga desde un piso del DF, como García Márquez, o de Madrid, como Onetti; o, incluso, a una distancia tan considerable como lo hiciera, por ejemplo, Margarite Duras, desde París, sobre su raíz de la Cochinchina), caracterizado por que el autor —como se ha dicho también del sedentario Faulkner— «no es que odie a su tierra, sino que no sabe cómo amarla». (¡Cuántas obras literarias del legado canario encajarían en este esquema!).
Lo relevante es el modo en que la terminal del viaje remueve el punto de partida. A efectos de creación, ¿dónde está el límite, entonces, entre el «viajero inmóvil», de Lezama, y el «necio nómada» (sedentario), de Guidieri? Las fronteras —que antaño separaban, incluso, al viajero del turista— se hacen cada vez más débiles, ante la imposibilidad de abstenerse de navegar, justamente, en nuestra irreductible condición de nautas (lo de inter queda en entredicho); eso que nos vuelve, cara a la pantalla, pasajeros en perpetuo tránsito sin necesidad de salir de casa, hijos simultáneos del día y la noche. Porque, ¿dónde quedan ya el adentro y el afuera, y cómo irse a ninguna parte en un mundo extraterritorializado? Exploradores ya solo de los espacios más íntimos, lo recóndito es, cada vez más, una disposición mental o un estado de ánimo.
Así pues, la taxidermia del viajero —sus clasificaciones— es, desde no hace tanto tiempo, un asunto del pasado. De ahí que miremos con especial nostalgia a los escritores viajeros que acabaron refundando su origen en su terminal de adopción. Así —a la zaga, tal vez, del mito tahitiano de Gaugin—, el emblemático Paul Bowles en su coto de Tánger; el periplo insular atlántico de André Breton, de Tenerife a Martinica; el circuito ibérico-caribeño de Ernest Hemingway, o el On-the-road generacional de Jack Kerouac... Y, al otro extremo, está el escritor que, tras el retorno al lugar de procedencia, queda atrapado por el viaje más o menos largo que emprendió una vez. Así, al final de sus días, Baudelaire se percató de que «los paraísos artificiales» de las drogas parisinas no habían sido sino un torpe y nocivo sucedáneo de su fervor primigenio por Isla Mauricio, cuando persiguió con denuedo a una dama criolla, por entre la frondosa vegetación de su Jardín Botánico: «En la tierra fragante que el sol siempre acaricia / Conocí bajo el palio de unos árboles cárdenos / Y palmeras que vierten en los ojos pereza / A una dama criolla de encantos ignorados»... Bucólica imagen de pureza sepultada bajo los adoquines de su spleen parisino. Una Arcadia subjetiva, en cualquier caso, pues, como dijo el poeta, «cada cual nace con su propia idea del sur incorporada». Los legendarios mares del sur ya sólo son, en realidad, una metáfora; un edén acuático, que exige ser achicado desde la propia barca, para eludir el corazón de las tinieblas oceánicas. Se trata ya de hallar «esa inexistente morada que sólo existe en mi cabeza», como ha escrito Cees Nooteboom en Hotel nómada. «No cuenta el destino, sino el camino, con tal de salirse del circuito del turista clónico», agrega este holandés errante.
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