Entrevista | Roberto Torres Bailarín y coreógrafo
Roberto Torres: «De niño, me ponía música y bailaba para un público imaginario»
El bailarín santacrucero recobe el premio 'Por amor a la danza' del XV Festival DanzaTTack

Roberto Torres interpreta ‘Los zuecos van hacia sus buenos hábitos’. / Ricardo Bautista

Comenzó a cursar sus estudios de Interpretación, pero pronto la danza se cruzó en su camino y, desde entonces, no ha podido abandonarla. Roberto Torres (Santa Cruz de Tenerife, 1962) ha desarrollado su carrera en Canarias, desde donde trata de cuidar y fomentar el sector. Ahora, la XV edición del Festival DanzaTTack reconoce su valía y talento concediéndole el premio Por amor a la danza.
¿Qué es lo mejor de estar sobre el escenario?
Muchas veces, antes de salir tengo ganas de correr, pero todo desaparece cuando estoy dentro y siento la plenitud y la dimensión de la danza. Mi cuerpo viaja en las emociones y el espacio. La escena es un constante dar y recibir. Cuando era niño mi mayor juego era poner música y bailar para un público imaginario.
¿Y la parte más sacrificada?
Depender de las ayudas y subvenciones que se convocan tarde, que se resuelven cuando ha acabado el año y se pagan cuando uno ya ha tenido que pedir créditos a bancos. El año empieza en enero y los ingresos suelen llegar a partir de septiembre. Que me digan si esto puede fortalecer la cultura. La incertidumbre de trabajar a ciegas te hace afrontar unos riesgos que tambalean las estructuras. Es agotador y dificulta el nacimiento de nuevas iniciativas. También es difícil hablar con personas que están en puestos de responsabilidad pero no valoran la cultura. En el arte, o en cualquier profesión, el sacrificio es menor cuando existe la ilusión.
¿Qué motivó que cambiara el arte dramático por la danza contemporánea?
Nací en 1962 y estudié en un colegio de curas. Mis primeros años los viví en una dictadura y ser bailarín no era una posibilidad real para mí. Mi amor por los animales hizo que me decidiera por Veterinaria y, como quería irme de la Isla, decidí estudiar en Córdoba, donde me metí en un grupo de teatro universitario. Experimenté la magia de la escena, el aplauso, los ensayos, meterme en la piel de un personaje, los nervios antes de una representación y decidí dejar la carrera para estudiar arte dramático en Barcelona, para decepción de mi familia. Durante mi segundo año allí, fui a una audición de danza y ese día se abrió un nuevo camino ante mí, el más importante de mi vida.

Roberto Torres durante la entrega del premio de Honor del Círculo de Bellas Artes de Tenerife. / Andrés Gutiérrez
¿Cuál ha sido su relación con el continente africano?
África siempre ha estado en mí. Políticamente somos europeos, emocionalmente estamos unidos a América, pero nuestras raíces están en África. A mis 23 años viajé durante tres meses por el continente. Ver caminar a esa gente era una clase de danza. África para mí es futuro, juventud, raíz, magia, presente…. Tiene mucho que decir y que dar al resto del mundo.
¿Qué papel desempeña el Teatro Victoria en su carrera?
A lo largo de mi vida he hecho cosas más o menos importantes. Sin duda el Teatro Victoria ha sido lo más importante. En realidad tiene el nombre de mi madre porque ella lo creó en su mente antes que yo. El Teatro Victoria es lo mejor de mi paso por la vida porque ha sido un lugar donde la danza ha podido encontrar un hogar para crecer y resistir.
Y muy relacionada con el Teatro Victoria surge la compañía Nómada. ¿Cómo ha contribuido este grupo a la difusión de la danza contemporánea?
Efectivamente, la compañía Nómada tiene casi tantos años como el Teatro Victoria. Tener un lugar para ensayar, crear y tomar clases hizo posible la aparición, hace ya 25 años, de la compañía. Nómada es una parte importante de los comienzos de la danza contemporánea en Canarias.
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