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Entre «náufragos funcionales» y «ansiosos cuánticos»

En ‘El terapeuta y el algoritmo’, Mario Iglesias construye un tragicómico retablo con las ‘ciberpatologías’ de la sociedad actual. También pintor y cineasta, sus cortometrajes han sido premiados en sucesivas ediciones del Festivalito de La Palma

Mario Iglesias.

Mario Iglesias. / El Día

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Un afanoso psicoterapeuta, de nombre simplemente Vélez, que recibe pacientes en una anónima ciudad media de cualquier provincia inconfundiblemente española ordena la trama de El terapeuta y el algoritmo, la primera novela de Mario Iglesias (Pontevedra, 1962). De amplia y reconocida trayectoria como pintor y cineasta, Iglesias es el guionista y director de destacados largometrajes (entre ellos, De bares (2005) o Relatos (2009), estrenado en el Festival de San Sebastián), así como de una quincena de cortos, con varios premios, por ejemplo, en sucesivas ediciones del Festivalito de La Palma, o en el Festival de Málaga, entre otros.

También el protagonista de este debut narrativo, su terapéutico alter-ego, es, a su manera, pintor, por la incorregible manía de manchar profusamente los manteles de los restaurantes, con las migas y salsas más variopintas, invencionando, de ese modo, el «cerdismo abstracto»; «Parecía como si Jackson Pollock, completamente borracho, hubiese intentado pintar un Kandinsky usando como brocha la cabeza de una grulla karateka», se nos explica de sus sobremesas mejor acabadas. El cine lo ponen sus pacientes (todos sus convecinos, y hasta él mismo, lo son potencialmente), gentes clonadas en su ceguera de vivir pegados a la pantalla de sus ordenantes ordenadores (en eso consiste el algoritmo, con su invisible cuartel general de ordeno y mando), y en hacer de la relación con el móvil el móvil de su existencia.

Por momentos ácida y en otros irónica, se trata de una distopía tragicómica de la sociedad actual. Una especie de retablo ciber-valleinclanesco, en el que los espejos cóncavos se sustituyen por una suerte de vídeos opacos, donde solo se reflejan «espectros», cada cual regocijado en sus propias limitaciones y taras mentales. Una trama coral, como de patio de vecindad de neorrealismo italiano, donde los cabreos están ya cableados, y nadie quiere enmendarse, sino ratificarse en sus patologías y desmanes. Así, miembros todos de una naciente «cripto-especie», ocurre que los pacientes involucionan favorablemente.

A través del gabinete de Vélez (extensible a cualquier esquina o habitáculo de nuestras barriadas), Iglesias construye un catálogo-mosaico de las ciberpatologías de la sociedad actual. La primera de ellas es, justamente, no reconocerlas, y, por tanto, reafirmarlas; comparecer, ante el otro, para ratificarse como uno más entre los buenos ciudadanos «cuánticos». El narrador intensifica su sátira sobre este último atributo; nos habla de una nueva «espiritualidad cuántica», consistente en que «todo el espacio-tiempo está conectado, y tú puedes decidir tu futuro activando unas opciones sobre otras mediante el deseo», como suelen proclamar los ciberentusiastas, o, de un modo más prosaico, los gerentes de las grandes compañías tecnológicas y de las ferias de informática. Vivimos, pues, en la sociedad del «desvarío cuántico», que hace del personal —como se decía en la Antigüedad analógica— unos «ansiosos cuánticos», y, a fin de cuentas, unos «náufragos funcionales».

La mayoría de quienes pasan por el consultorio son personajes solipsistas, y que, o bien viven solos —como el propio doctor Vélez— o, tal vez, les gustaría hacerlo. Así, el matrimonio mayor compuesto por Marta y Bernardo, que acuden puntualmente a terapia solo para que ella se desfogue: lanza su retahíla de reproches al marido, siempre los mismos y por el mismo orden, y cuando acaba, sin que el terapeuta ni el marido intervengan, pagan y se van. Otro que también airea su (re)sentimiento es un tal Lareo, obsesionado con vengarse a toda costa de quienes le hicieron trastadas en la infancia y adolescencia, muchos ya difuntos; —¿La ofensa más reciente?, le pregunta Vélez; —«Uno en la clase de cuarto de EGB». Más extendido hoy día es el síntoma de la sexagenaria Cruz: sentirse culpable; —«Sea más precisa, ¿culpable de qué?—, media el terapeuta; «Culpable en general…». En otra sesión, Mauricio Pérez reincide en comunicarle su estrés por pretender caerle bien a todo el mundo, no defraudar absolutamente a nadie, y —licencia satírica del tratamiento—, le sugiere el terapeuta: «Haga una cosa: empiece a tratar a las personas que no le interesan como si les interesara, y a las que le interesan como si no…».

Con los ¿diversos? pacientes, el diagnóstico de época se completa con vivir en la perenne sensación de «tener cuentas pendientes», materiales y simbólicas; el doble vínculo de sentirse o demasiado «excluido» por los demás, o demasiado fusionado al «aquelarre», casi desaparecido para uno mismo, y, uno de los síndromes más frecuente entre los usuarios de la sociedad actual: una cierta manía persecutoria, de «sentirse acechado por los demás»; pero, si todo el mundo está pendiente de ver quién le acecha, temiendo ser vigilados, entonces, ¿cómo puede haber nadie acechando…?, razona Vélez.

El problema es que el propio terapeuta (como en el Zelig de Woody Allen) también padece los síntomas de sus pacientes. «Empezaba a costarme horrores decodificar mi propio idioma, y a comprender que los peores dramas son imposibles de explicar de piel para afuera», reconoce, mientras —harto de escuchar en su consulta: «Dígame, qué me pasa, que para eso le pago»— va desarrollando la ensoñación defensiva de «despegar en un cohete». «Los pequeños conflictos son ya acertijos cósmicos», dirá de una sociedad donde se hace cada vez más difícil discernir sueño o ficción de realidad, sujeta al Big-Brother del algoritmo: «Esa gigantesca cadena de instrucciones que se genera en el vientre de la bestia y te guía a la nueva era de la nada, el abismo».

Es, en fin, un universo neoalienígena, en el que cohabitan un inmenso y maleable parvulario de adultos con una «Xunta de jubilados metafísicos» o «Asociación de astronautas sin cohete de la tercera edad», y, de por medio, adolescentes ciberentusiastas de tez cadavérica, a causa del encierro, y que han aprendido a tomarse los reproches como un halago, algunos de ellos rayanos en los 50 años. Interconectados pero inconexos, avanzan hacia la extraterrestre tierra prometida, en su conformación de la «Sociedad para un mañana cuántico». Una utopía que lleva incorporada su propia distopía, como en esta zarrapastrosa y concluyente imagen de Mario Iglesias: «El apocalipsis serán millones de oficinistas lloviendo del cielo y explotando al llegar al suelo».

Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas

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