Julián del Casal, el eslabón perdido
Elogiado en su tiempo por Rubén Darío y José Martí, el poeta cubano sigue siendo el gran desconocido entre los precursores del Modernismo

Julián del Casal / ED
Es curioso que, frente a la relativa longevidad de los autores del 98 español, sus coetáneos modernistas compartieran mayoritariamente la brevedad de sus vidas. Desde mucho antes de que Tomás Morales (1884-1921) y Alonso Quesada (1886-1925) fallecieran a sus 35 y 38 años, respectivamente, el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) —su fundador, desde que, en 1888, al hilo de la publicación del emblemático Azul, divulgara la palabra «modernism»— lo hizo recién cumplidos los 50 años; el cubano José Martí (1853 – 1895), a los 42, en el campo de batalla por la independencia; el colombiano José Asunción Silva (1865 – 1891) con 31; el mexicano Amado Nervo (1870 – 1919) a sus 49, o el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (1873 – 1927) a los 54.
Pero la palma se la lleva, allá, al fondo, por fuera de cualquier foto de grupo, el habanero Julián del Casal (1863-1893), quien, a sus 29 años, la noche del 21 de octubre, en la sobremesa de una cena en la casa de unos amigos, cuando alguien contó un chiste, murió, literalmente, de un ataque de risa. Bien es verdad que, enfermo de tuberculosis, un aneurisma de la aorta le produjo la hemorragia mortal. Pero ese contrasentido, de que «el hombre más triste del mundo» se muriera de risa, contribuyó a hacer de él un extraño emblema, de poeta devenido en poema generacional.
Uno de los grandes atractivos del Modernismo es que, embozado entre el Romanticismo y las Vanguardias, de marcada procedencia europea, es la única corriente estética a gran escala de origen netamente periférico. La mayoría de sus precursores (con Darío y Martí a la cabeza, o, en el caso de Canarias, su coetáneo Domingo Rivero) proceden de la negación dialéctica del Romanticismo. Para decirlo gráficamente, un poeta modernista es un romántico que quiere salir de casa. Situado ahora en la abscisa exacta entre el espacio interior y exterior, quiere trascender la evasión intimista y predisponerse al viaje —físico y mental— a través del cosmopolitismo, y por todas las edades habidas y por haber.
Pero Julián del Casal y de la Lastra, periférico, incluso, de la propia periferia, es una rara avis, que, cuando sale de casa, quiere volver a casa, y viceversa. Su poesía (de «versos tristes y joyantes», definirá Martí; «Es de la familia de los aislados, de los estilistas […] De lo moderno, el primer lírico que ha tenido Cuba», dirá Darío) no procede del romanticismo, sino del simbolismo, el parnasianismo y el decadentismo. Es de los primeros en traducir al castellano a Baudelaire, Verlaine y Teófilo Gautier, y, aunque viva en La Habana, está instalado en una especie de París imaginario. En realidad, «¿Qué me importa vivir en tierra extraña / O en la patria infeliz en que he nacido / Si en cualquier parte he de encontrarme solo?», escribió.
Viste siempre de negro, con lazos que emulan a su venerado autor de Las flores del mal, y reside, como un anacoreta, en un habitáculo de la trasera de La Habana elegante (1883 – 1896), la influyente revista literaria, donde difunde la obra de Darío y otros modernistas, y gasta lo poco que gana en ella en artesanía china y máscaras japonesas. Aun con todos los atributos propios de la poesía modernista —y con ciertas concomitancias, por cierto, con la desolación de Alonso Quesada—, Casal va más allá del ideario de perseguir en el arte una alternativa salvífica a la vida. Para él, sencillamente, no existe la vida, sino solo la Belleza, con mayúsculas, descolgada de cualquier acontecer. La vida (le) está denegada de antemano; hay que aniquilarla, para que surta aquella, desde la propia inmolación. Al inicio de su poema Autobiografía —de su primer libro, Hojas al viento (1890)—, proclama: «Nací en Cuba», y acto seguido, mitiga ese dato, completamente irrelevante, para su universal y particular misión: «[Nací…] Para extraer un átomo de oro / Del fondo pestilente de un pantano».
En esos versos cabe la totalidad de su obra, a partir de su inmovilismo existencial y civil. En 1888 realiza el único viaje de su vida. Pasará unos meses en Madrid, con el propósito de visitar luego a su idolatrado París, pero la enfermedad y, sobre todo, la escasez de recursos, le hacen desistir. Repudia el ambiente literario que se encuentra en la capital, como si le preparara ya el terreno —con la enfermedad incluida- al Alonso Quesada del Poema truncado de Madrid, de 30 años después. Quizás mejor que no conociera el París real, para seguir habitando su ciudad imaginaria, por las calles de La Habana, amancebando su personal «hastío» —la palabra más recurrente de sus poemas— y enfrentando la «indiferencia glacial» de sus paisanos isleños, tan «cariñosamente fríos», apuntará. Salvo los puntuales elogios que recibe de contados colegas, Julián del Casal permanecerá en el ostracismo, no solo en vida, sino hasta muchas décadas después de su muerte. Virgilio Piñera, portador de un espíritu de desolación afín, le dedicará este preciso y revelador poema:
Como un pájaro ciego / que vuela en la luminosidad de la imagen / mecido por la noche del poeta, / una cualquiera entre tantas insondables / vi a Casal / arañar un cuerpo liso, bruñido. /Arañándolo con tal vehemencia / que sus uñas se rompían, / y a mi pregunta ansiosa respondió / que adentro, estaba el poema.
La belleza no procede aquí de una sensación interior, como querían los románticos; ni es una entidad metafísica, sino que habita por dentro del cuerpo de ciertas cosas; esto es: en los adentros del exterior. Es una belleza material, usurpada por el fango mezquino de la vida de los hombres («el fondo pestilente de un pantano»), y la misión del poeta es inmolarse para extraer algún «átomo de oro».
Junto a Piñera, serán los poetas de la revista Orígenes (1944-1956) quienes rescaten al olvidado paisano. José Lezama Lima, en su Oda a Julián del Casal, expresa: «Todo pasó cuando ya fue pasado»; y, acto seguido, agrega: «Pero también pasó la aurora con su punto de nieve». Es decir, una dualidad de planos, que sitúa al poeta, como veíamos, en la abscisa entre el pasado interior y la renovada y presencial fisys exterior. Lo que no hay que confundir con naturaleza. Pues, para este extraño precursor del modernismo, la belleza no está en la naturaleza, a la que manifiestamente deplora. También ella le produce la gelidez del «hastío», y le cabe al completo en la metonimia de «el fondo pestilente de un pantano»… Cualquier paisaje le merece, por ejemplo: «¡Qué monótono almacén de praderas y de árboles, qué banal agencia de montañas y de mares!». Sus exégetas coinciden en apreciarlo como un hombre mucho más triste aún que sus propios versos. El también origenista Cintio Vitier asevera que la existencia de Casal fue un quejido, una muerte continua. Su vida fue un «sufrir, soñar y cantar», y destaca su «incapacidad radical para asumir la realidad».
Pero todos resaltan su «profunda sinceridad»; una honestidad inquebrantable, que le lleva a reconocer, incluso, la imposibilidad de consumar el arte supremo que persigue. Le supone solo un mísero instante de plenitud efímera, que deviene en espejismo. La idea se repite recurrentemente en sus versos: el arte, su «virgen hermosura», enseguida, se mancilla en «la ensangrentada flor de su inocencia». Y, tras el arte, sólo le quedará el autoexilio y la desolación.
En algunos poemas y crónicas de corte confesional, Casal nos habla de su tristísima infancia, huérfano de madre (cubana) desde los 5 años, y en compañía de un padre (vasco) depresivo y despótico. Con títulos tan reveladores como El hijo espurio, el poeta anotará, por ejemplo: «El fruto que engendró el hastío / de un padre loco y de una madre obscena / que, a la vida arrojáronme sin pena, / como una piedra en el raudal de un río».
Rubén Darío lo llamó también «hondo y exquisito Príncipe de melancolías», y, al igual que lo harán algunos retratos de la época, y cuantos lo homenajearán después, reparará en sus «verdes ojos relampagueantes», que, decía, le inspiraban una mezcla de cariño y miedo. «Invencionaste un color solemne, / El verde de la muerte», agregará Lezama en el poema de marras. Esa tonalidad de sus ojos, como de un encendido verde turquesa, por sobre sus negros avíos de un maudit parisino, debió de darle un engañoso aire mefistofélico a su presencia silente y retraída. La de alguien que se apartaba veloz de quien le acogiera, instalado en el «anhelo de desatar todos los lazos / que me unan a las cosas de la vida». Francófilo irredento, Julián del Casal hará suya esta sentencia de un autor francés: «Yo no creo ni en lo que toco ni en lo que miro. Solamente creo en lo que no veo y en lo que siento».
Sin embargo, ni en sus ojos ni en su talante hay nada de mefistofélico. Todos, sin excepción, antes y después, alaban su profunda sinceridad, que —muy bien lo sabe el poeta— no hay que confundir con verdad. Así como para los románticos había una continuidad entre Verdad y Belleza, en Julián del Casal —una especie de ateo místico— se da una insalvable escisión. Para él, que se sabe contingente en un mundo contingente, la belleza no es verdad, sino un necesario artificio para hacer más soportable la finita mentira existencial. En su poema Fatuidad póstuma, deja clara la antítesis entre Vida y Arte, al proclamar de sí mismo, en tercera persona, como en un epitafio: «¡Amó sólo en el mundo la Belleza! / ¡Que encuentre ahora la Verdad su alma!».
Pese a su retraimiento de hombre esquivo, todos destacan su pulcra bonhomía. En realidad, Julián del Casal era un bendito que habría querido ser maldito. Habría querido ser un Baudelaire a la cubana. Pero, en tanto que el poeta francés ausculta la belleza en la parte maldita de la vida, Casal la rehúye, apartándose por completo de la perversión de los sentidos, que tanto fascinaba a Baudelaire. En su Himno a la belleza, este exclama: «¿Vienes del cielo profundo o sales del abismo, oh Belleza? Tu mirada, infernal y divina, vierte confusamente el bien y el crimen...». Para Casal, en cambio, que rehúsa entremezclarse con la gente y con la vida, la belleza está en otra parte, imposiblemente abstracta y concreta a la vez. Baudelaire estaría más próximo a la idea foucaultiana de que, en contra de lo que predican las religiones, el alma es la cárcel del cuerpo. Para Casal, ambos, cuerpo y alma, se hallan al unísono en ese fondo pestilente del pantano, que le dificultan, cada vez más, la tarea de extraer el átomo de oro. Más próximo al decadentismo de un Teófilo Gautier, a partir de esa fisura entre Vida y Arte, su benditismo le impide llevarlo a cabo: es un decadentista abstemio o no practicante.
En modo alguno podría secundar la súplica final de Baudelaire en el Viaje a Citerea, su deseo de obtener «la fuerza y el coraje de contemplar mi corazón y mi cuerpo sin asco». En su poema Nihilismo, Julián del Casal le invoca, por el contrario, a una deidad vacua, inexistente:
‘¡Oh Dios! […] Purifica mi carne corrompida / o, librando mi alma de mi cuerpo, / haz que suba a perderse en lo infinito, / cual fragante vapor de lago infecto. / Que la alondra no viva junto al tigre, / que la rosa no viva junto al cerdo’.
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