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La humanidad contenida en Nápoles

Domenico Starnone aterriza por partida doble en las librerías españolas con ‘El viejo en el mar’ y ‘Via Gemito’, una de las novelas más excelsas de los últimos 20 años

La humanidad contenida en Nápoles

La humanidad contenida en Nápoles / ED

ANNA MARIA

Es el verano de 1909 y Joaquín Sorolla retrata al fotógrafo Antonio García Peris. Lo fotografía sentado en una mecedora, frente al mar. Mira distraído, no sabemos si observa algo en concreto. Con su traje de chaqueta, de blanco impoluto, García Peris remite a Gustav von Aschenbach, el personaje de Thomas Mann, interpretado por Dirk Bogarde, este también sentado en una hamaca frente al mar con traje blanco donde lo único que destaca es la corbata.

En su última novela, El viejo en el mar, que publica Lumen, el escritor Domenico Starnone (Nápoles, 1943) sitúa también frente al mar a su protagonista. No es ni fotógrafo ni compositor: Nicola es escritor y tiene 82 años. A diferencia de los otros dos, no lleva elegantes vestiduras, sino unos simples pantalones y una camiseta. Sentado en una silla plegable, pasa las mañanas en la playa, observando y escribiendo. El título es ya de por sí una alusión al famoso texto de Ernest Hemingway, referencia que no se detiene ahí, puesto que los protagonistas de ambas obras se enfrentan a su pasado, a la asunción de la vejez y, por tanto, del deterioro. Sin embargo, al contrario del libro de Hemingway, el relato de Starnone no es tan épico.

En Nicola no hay esa ambición que se refleja en el cuerpo de Santiago y en su lucha. En su quietud física y tormento interno, Nicola se asemeja más a Aschenbach: sin represión de los impulsos, observa con admiración y cierta obsesión a la joven Lu; ella no solo le recuerda a su madre, de la que apenas conserva nada, sino que también le remite a su relación con las mujeres en el pasado, a un tiempo que fue y del que apenas queda nada: «La imagen de mi propia muerte por ahogamiento a dos metros de la rompiente, yo ahogado, yo que tanto había presumido, con Nina, con Laura, con Nora, con mis hijos y nietos, de haber sido de joven un nadador, una promesa en crol, sin contar que era veloz y resistente bajo el agua, ah, la vejez, qué risa, Lu, qué risa».

Nicola mira hacia atrás como también lo hace Mimí, el narrador de Via Gemito, la novela más destacada de Starnone: publicada en 2020, ganadora del Premio Strega, finalista del Premio Booker Internacional y que ahora Altamarea publica en español. Aquí dialoga con el género de la autoficción a la hora de reconstruir la historia de Federí, el padre del autor, un hombre que quiso ser pintor pero que terminó trabajando en los ferrocarriles estatales y que desahoga su frustración con violencia y desprecio hacia todo aquel que le rodea, especialmente su mujer y sus hijos.

Via Gemito, calle en la que pasó su infancia Starnone, es una reconstrucción de la sociedad italiana de los 40 a los 60, más o menos, que el autor lleva a cabo, por un lado, recorriendo la Nápoles de aquellos años y, por el otro, observando, desde una doble mirada, la del niño que fue y la del escritor que es ahora, a los adultos que le rodean: su padre es un hombre crecido durante el fascismo, que ha asumido de manera incuestionable su rol de pater familias; él es la autoridad, él es quien trabaja y mantiene a su mujer e hijos, él es quien tiene una vida fuera y se despreocupa de lo doméstico. Él tutela, ordena y reprime a quienes le rodean. Su mujer también ha adoptado su papel; como señaló en una ocasión el propio autor, es una mujer hacedora: hace hijos y los educa, hace las labores de la casa, hace comida, colada… hace de la mañana a la noche, sin pausa. Sin embargo, hay algo que une a Federí y a su mujer, y es el deseo de otra vida, un deseo que en Federí se plasma en su frustración por no ser el artista que él considera que es.

Como en otras de sus novelas, como Il salto con le aste y Scherzetto, Starnone regresa a Nápoles reivindicándose como uno de sus mejores narradores —porque Nápoles no empieza ni termina en Elena Ferrante—, al ser capaz de captar las mutaciones de la ciudad y, a través de ellas, los cambios de toda una sociedad. Via Gemito es, en este sentido, un viaje no solo a la Nápoles, sino a la Italia que fue y que se ha ido transformando. Y su transformación va de la mano de los cambios de los usos y de los modos y, por tanto, de la transformación de los roles. Starnone, con esa doble mirada —desde el pasado y desde el presente—, reflexiona así sobre el conflicto al que se enfrentaron los hijos de esa generación y, en concreto, él mismo, escondido tras el personaje de Mimí, hijos educados en unos roles que ya no querían replicar: «Apresado entre el cura de la catequesis, que lanzaba amenazas contra los actos impuros o la fornicación, y mi padre, que animaba a hacer ambas cosas cuando se presentaran, pero con un desprecio sin medias tintas por las chicas o las mujeres que se hubieran prestado, crecía yo como un animalillo asustado».

Via Gemito puede así describirse como una novela sobre la paternidad y, al mismo tiempo, como una reflexión sobre una masculinidad que se va construyendo a partir de modelos que se rechazan. En este caso, es el hijo Mimí/Starnone quien mira hacia atrás, mientras que en El viejo en el mar es el propio Nicola quien revisa su pasado. Sin embargo, en la mirada de ambos la mujer está en el centro, en la reflexión sobre la relación del hombre hacia la mujer, una relación que ha ido mutando a lo largo de los años con la transformación de los roles y, como vemos en el caso de Nicola, a través de una cierta toma de conciencia que, en su caso, llega de la mano de la vejez y de la decadencia del cuerpo, que lo relativiza todo.

El viejo en el mar está muy lejos de contener la complejidad y la humanidad de Via Gemito, que, de manera más que justa, es considerada por muchos una de las novelas más excelsas de los últimos 20 años. Porque Via Gemito es Nápoles, es Italia, es el mundo. Porque Starnone consigue captar el alma humana, sus contradicciones, sus lados oscuros y sus momentos luminosos, consigue seguirla en sus vaivenes, en sus idas y sus venidas. Y lo hace desde el humor, con el que subraya todavía más lo absurdo e impropio de unas actitudes y de unas maneras de hacer al mismo tiempo que dota de levedad a la narración.

Via Gemito nos remite inevitablemente a Todavía queda un mañana, película en la que Paola Cortellesi nos presenta, en la Roma de 1946, a un hombre violento y autoritario y a su mujer que, a escondidas, intenta buscar la forma de por fin afirmarse y salir de su control y tutela. Cortellesi también revisa los roles de género y también retrata una ciudad, Roma, y lo hace desde el humor; en ambos casos, el humor es el contrapunto a las situaciones más insufribles y duras y, al mismo tiempo, es lo que subraya el sinsentido de dichas situaciones. El humor, en otras palabras, es una herramienta de crítica. La publicación de estas dos novelas de Starnone es una magnífica noticia, pero háganme caso y comiencen por Via Gemito, pues solo así entrarán por la puerta grande en el universo literario de este escritor de Nápoles.

IGLESIA

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