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Sara Gutiérrez y Eva Orúe: «Es impensable volver y pasear por Rusia sin pensar en el día a día de los ucranianos»

En 1994, Sara Gutiérrez y Eva Orúe viajaron en el Transiberiano, explorando una Rusia postsoviética y su relación. Llegan a hoy a Periplo con un libro que mezcla historia, paisajes y reflexiones.

Sara Gutiérrez  y Eva Orúe

Sara Gutiérrez y Eva Orúe / ED

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Santa Cruz de Tenerife

¿Qué se encontrarán los lectores en En el Transiberiano. Una historia personal del tren que forjó un imperio?

Eva. Dos relatos entrelazados: uno, el de nuestra relación personal, ya que nos conocimos en la capital rusa, donde ambas vivíamos, y nuestro viaje de Moscú a Vladivostok en 1994, cuando Rusia casi estrenaba su independencia tras la caída de la Unión Soviética; el otro recupera la epopeya de una línea férrea que cambió un país, un continente e incluso determinó la historia del mundo.

¿Cómo surge este viaje?

Sara. Pensé que antes de separarnos definitivamente sería buena idea emprender un viaje que nos regalara horas y horas para hablar, conocernos mejor y decidir si merecía la pena intentar un futuro juntas. Y no resultó difícil enganchar a Eva con la promesa de que el viaje le daría una amplia visión del país del que estaba informando conociendo apenas la capital y San Petersburgo.

¿Cómo ha sido la experiencia de escribir juntas?

E. Antes ya habíamos publicado juntas media docena de libros. Los escribimos a cuatro manos: una sentada ante el teclado, la otra a su lado, las dos decidiendo el contenido y la forma de cada frase.

S. En esta ocasión, teníamos intereses narrativos diferentes y decidimos abordar cada una lo que realmente quería contar: yo la parte personal, y Eva la historia política, social e incluso técnica de la construcción de la línea.

E. Sin perder nunca de vista el hecho de que era un único libro, y que por lo tanto ambos relatos tenían que funcionar bien juntos.

¿Cómo era la vida en Moscú en el verano de 1994, cuando emprenden la aventura en el Transiberiano?

S. Una vida complicada, solucionar lo cotidiano llevaba demasiado tiempo por las escaseces y las arbitrariedades. Pero, al mismo tiempo, era un momento ilusionante porque la caída de la URSS obligaba al nacimiento de una nueva estructura social y política, y el país estaba en plena efervescencia. En ese momento todo era posible… y quisimos creer que se impondría lo bueno.

Hacen el viaje casi tres años después de la disolución de la URSS, ¿qué país encontraron en el camino?

E. Encontramos los restos de un país destruido. La administración, la economía, las fuerzas armadas, el sistema social… todo estaba destrozado. Y si ese desastre saltaba a la vista en Moscú, era todavía más palmario en las localidades de la Rusia central. La cosa cambiaba algo en el Lejano Oriente ruso, en Jabárovsk y Vladivostok, donde la influencia japonesa era muy llamativa.

Aseguran que tenían planeado para volver a vivir este periplo en 2022, pero la guerra en Ucrania lo hizo imposible. Aunque el libro ya está publicado, ¿guardan la esperanza de repetir ese viaje que les unió tanto?

S. Sí, porque eso querría decir que hay paz. Ucrania y Rusia son dos países muy queridos para las dos, y para nosotras era impensable volver y pasear por el país invasor sin pensar en el día a día de los invadidos. La idea era, en efecto, refrescar la memoria, y descubrir el efecto de los casi treinta años que habían pasado… Estuvimos a punto de abandonar el proyecto, pero ahora creemos que para el libro fue mejor, porque pudimos rememorar aquel viaje y su impacto en nuestra vida sin perdernos en comparaciones.

Ustedes, que han vivido en Rusia, ¿cómo observan la situación actual?

E. Era un futuro que quienes vivimos ahí en la década de 1990 podíamos vaticinar. La fallida instauración de la democracia, la corrupción, la pobreza, las mafias… Tiene lógica que un pueblo que ha pasado por todo eso busque la protección de un líder fuerte.

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