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Juan Gelman, el poeta huérfano de hijos

Al leerlo se comprueba que, en realidad, sus poesías eran partes vitales, con aquel fatídico punto de inflexión que lo condujo a una vida errabunda

Adiós al poeta Juan Gelman

Adiós al poeta Juan Gelman

Santa Cruz de Tenerife

Era tan enjuto, como si anduviera siempre de perfil, con los ojos de obsidiana marcados por el infortunio, entre el pelo y el mostacho ceniciento, que su definición parece más literal que metafórica: «La poesía es un árbol sin hojas que da sombra». Menos mal que su muerte, en 2014, le alcanzó para poder celebrar, desde su exilio mexicano, en el otro confín de Latinoamérica, los 30 redondos años de la instauración de la Democracia en su país, en diciembre del año anterior.

Si Borges exclamó, festivo: «A mí se me hace cuento que nació Buenos Aires», a Gelman se le hizo pesadilla, un infierno dantesco, cuando, aquel aciago 24 de agosto de 1976, en pleno invierno austral, los militares de la Junta irrumpieron en su casa y, de la mañana a la noche, lo dejaron para siempre huérfano de hijos.

Casi un cuarto de siglo después, con los ojos inyectos en sangre, la sonrisa lánguida y «las manos taciturnas» (dice en un verso), el poeta se sienta en la mesa y escribe, por ejemplo: «Así que has vuelto. / Como si hubiera pasado nada. / Como si el campo de concentración, no. / Como si hace 23 años / que no escucho tu voz ni te veo. / Han vuelto el oso verde, tu / sobretodo larguísimo y yo / padre de entonces. / Hemos vuelto a tu hijar incesante / en estos hierros que nunca terminan. / ¿Ya nunca cesarán? / Ya nunca cesarás de cesar. / Vuelves y vuelves / y te tengo que explicar que estás muerto».

Era el enésimo poema (Regreso, en este caso) que, casi con ronquera, dedicaba a su hijo Marcelo. Hacía pocos días que Gelman, antiguo militante del Partido Comunista, y que ni siquiera ya entonces lo era («¿Vos sabés que me expulsaron del Partido Comunista por haberme ido...?», me dijo en una entrevista de 2004, en la Residencia de Estudiantes de Madrid), se había ido al exilio, persuadido, seguramente, de que aquellos energúmenos uniformados ni entenderían de matices identitarios ni, mucho menos, sus fusiles tendrían sentido del humor.

En la casa del padre ausente sí estaban, en cambio, su hijo, Marcelo, y su nuera, María Claudia, embarazada de siete meses. Ambos fueron torturados (¿una inquisición, tal vez, sobre el pasado y las conexiones del padre poeta?) y ‘desaparecidos’.

Los restos de su hijo Marcelo aparecieron en 1990 en un río cerca de Buenos Aires, dentro de un barril lleno de cemento, y con la huella de un tiro en la nuca. Los restos de su nuera nunca fueron hallados. Lo dejó dicho en cientos de versos, pero lo remarcó, con megafonía mediática, durante su recepción del premio Cervantes, en 2007: «Hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso».

Más tarde, Gelman descubrió que su nuera había sido trasladada a Uruguay y vivido al menos hasta dar a luz a una niña en el hospital Militar de Montevideo. Y, a partir de ahí, comenzó su búsqueda desesperada, con el concurso solidario de escritores y artistas del mundo. En una carta dirigida a esa nieta sin nombre y sin rostro, el poeta escribió: «Dentro de seis meses cumplirás 19 años. Habrás nacido algún día de octubre de 1976 en un campo de concentración [...] Quién sabe cómo serás si sos mujer. A lo mejor podés salir de ese misterio para entrar en otro: el del encuentro con un abuelo que te espera». Finalmente, en 2000, 25 años después del secuestro, Gelman pudo reunirse con su nieta Macarena, que, como en otros miles de casos, tras laminar a la madre, había sido dada en adopción.

De modo que la visión del cadáver mancillado de su hijo (otros ni siquiera tuvieron esa suerte) y la recuperación en diferido de la nieta. Son los dos trasuntos que contrastan la poesía melancólica y civil de Juan Gelman, entre la orfandad inconsolable y el alborozo tímido, retardado, con insistentes cantos a la infancia hueca («El hilo de la infancia / tiene muchos hilos dentro», dice en Valer la pena).

De ahí su poesía escuálida, telegráfica, agridulce, poblada por ecos, sombrías paradojas y espejos sin salida; un recurrente desdoblamiento, como en su emblemático poema El animal, donde arranca diciendo: «Cohabito con un oscuro animal. / Lo que hago de día, de noche me lo come. / Lo que hago de noche, de día me lo come» (...) y, al final, resulta que era él (el sujeto del poema) el oscuro animal que se devora a sí mismo...

Pronto se podía advertir que, por sobre el rictus triste de su sonrisa, se había forjado una coraza de sentido de humor defensivo. Lo mismo se mofaba de su apellido de mahonesa que improvisaba un collar de piedras cultivadas. «¿Vos sabés cuándo sabe uno que le ha llegado la vejez? Cuando empieza a tener la memoria del gallo kikiri... ¿qué?». Ante la pregunta manida pero inevitable, señaló: «¿Que quién tuvo la culpa de las dictaduras militares? Hubo una clase media que negaba la mayor: lo que pasaba no pasaba, y si pasaba alegaban que por algo sería. De vez en cuando, no está de más recordarles a los argentinos, y al mundo en general, que Argentina es también Latinoamérica».

Partes vitales

Al leerlo, se comprueba que, en realidad, sus poesías eran partes vitales, con aquel fatídico punto de inflexión, que le condujo a una vida errabunda, tan fantasmal como el aire cerrado de muchos de sus versos, a menudo horadados por la adversidad, con brotes unas veces lúdicos y otras encarnizados, que se mueven entre la conmiseración y el asombro más turulato: «A veces, mundo, sos / una fotografía orinada por el tiempo / en la que nunca estuve». De su compatriota y colega Borges destacaba que, «pese a su indiscutible genialidad, al leerlo siempre tengo la sensación de estar asistiendo a un gran desamparo».

Y, enseguida, mitigaba, descreído, la capacidad de repercusión de la poesía: «Yo comparto ese deseo de Haine de que ojalá se valoraran las hojas de los libros de poesía como cucuruchos para envolver café». Luego, muy serio, apostillaba: «En un poema escribí: ‘Lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío en las más raras circunstancias’. Y le aseguro que esos versos me los inspiró mi tío Juan, que murió de hambre, por olvidarse de comer, y su cadáver fue todo el trayecto, hasta llegar al crematorio municipal, cantando pío-pío. La poesía es eso: una cierta perdurabilidad del pío-pío».

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