Una noche inspiradora entre hogueras

De la comedia de William Shakespeare a los versos de Yorgo Seferis y las estrofas de una canción de Silvio Rodríguez, hasta ‘Chamanes eléctricos en la fiesta del sol’ de Mónica Ojeda: la literatura del solsticio de verano

Una noche inspiradora entre hogueras

Una noche inspiradora entre hogueras / ED

Anna María Iglesia

«Los años pasan, sí, / El fuego no: / El fuego volverá en los hijos del sol», canta Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, Cuba, 1946). Estos versos pertenecen a Hay quien precisa, canción en la que el fuego es ese gran incendio que renueva una vida que no siempre es fácil seguir viviendo. Curiosamente, el artista no menciona el fuego en El sueño de una noche de verano, canción de título shakesperiano que hace referencia al solsticio estival, festividad pagana que hoy hacemos coincidir con la Noche de San Juan. Como en la comedia del dramaturgo inglés, en la pieza del cantautor cubano se alude a un sueño que se vuelve pesadilla –«Si pienso que fui hecho / Para soñar el sol / Y para decir cosas / Que despierten amor / ¿cómo es posible entonces / Que duerma entre saltos / De angustia y horror?»–, un sueño del que más vale despertar.

«Medianoche ha sonado con lengua de hierro. / Acostaos, amantes: es la hora de las hadas. / Por la mañana, lo sospecho, dormiremos / todo lo que hemos velado en esta noche», entona Teseo en la escena final de El sueño de una noche de verano. La noche de entuertos amorosos ha llegado a su fin; han sido horas en las que todos han estado en vela, debatiendo y enamorándose de quien no debían. Con el día, el sueño llega a su fin y cada uno termina con el enamorado que le corresponde. La noche ha sido una especie de transición, un marco espaciotemporal de sueño y magia en la que los amores no correspondidos han encontrado respuesta.

Fantasías y clarividencia

Como en los versos de Rodríguez, en la célebre comedia de Shakespeare (Stratford-upon-Avon, 1565-1616) ambientada en un bosque cercano a la Atenas de Teseo, la acción tiene lugar en la Noche de San Juan, la definida como la más mágica del año, en la que se realizan distintos rituales, empezando por el de encender hogueras, para dejar atrás lo malo. «A la hora en que los sueños se vuelven verdad / al despuntar el día / vi los labios abrirse / pétalo a pétalo», escribe Yorgo Seferis (Urla, Esmirna,hoy Turquía, 1900-Atenas, 1971) en Solsticio de verano, porque, esta noche de ensueños, fantasías y magia es también una noche de clarividencia. De ahí que, recuerda el poeta griego, con el día llega también «el dolor de la resurrección».

«El solsticio estival es el gran momento del curso solar en el que, tras ir subiendo día tras día por el cielo, el luminar se para y desde entonces retrocede sobre sus pasos en el camino celeste», explica el antropólogo James George Frazer (Glasgow, 1854-Cambridge, 1941) en La rama dorada. «Este momento no pudo menos de ser considerado con ansiedad por el hombre primitivo tan pronto como comenzó a observar y ponderar las carreras de las grandes luminarias por la bóveda celeste; teniendo todavía que aprender a darse cuenta de su impotencia ante los inmensos cambios cíclicos de la naturaleza, pudo soñar con ayudar al sol en su aparente decaimiento; que podría sostenerle en sus desfallecientes pasos y reencender la llama moribunda de la rojiza lámpara en sus manos débiles».

En la ansiedad por contemplar el lento retroceder del sol y en la confianza en poderle sostener radican, en opinión de Frazer, los ritos ancestrales y los festejos asociados al día más largo del año, en los que el fuego cobra casi de inmediato protagonismo. El fuego era símbolo de un pasado que se quema para siempre, pero también de un renacer. De hecho, muchos de estos ritos servían para propiciar que las tierras fueran más fructíferas, para que dieran mejores y más abundantes cosechas: los labradores de la Alta Baviera, cuenta Frazer, «apagaban la lumbre de su hogar y la volvían a encender por medio de tizones y brasas cogidos de la hoguera del solsticio de verano. La gente juzgaba de la altura a que crecería el lino aquel año por la altura a que se elevasen las llamas de la hoguera». De los deseos dirigidos a la tierra se pasó a los deseos dirigidos a uno mismo: se quemaba un pasado que se quería dejar atrás y se cantaba y bailaba para cumplir deseos futuros. Había esperanza, pero también amargura por lo vivido o por aquello deseado y que hasta entonces no se había cumplido.

«La noche del 23 de junio de 1956, verbena de San Juan, el llamado Pijoaparte surgió de las sombras de su barrio vestido con un flamante traje de verano color canela; bajó caminando por la carretera del Carmelo hasta la plaza de Sanllehy, saltó sobre la primera motocicleta que vio estacionada y que ofrecía ciertas garantías de impunidad […] y se lanzó a toda velocidad por las calles hacia Montjuïc». Así comienza Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé (Barcelona, 1933-2020) inicia las aventuras del Pijoaparte una Noche de San Juan. Su protagonista, en lugar de ir a Montjuïc, termina dirigiéndose al acomodado barrio barcelonés de Sant Gervasi: «Con el motor en ralentí, respirando la fragante noche de junio cargada de vagas promesas, recorrió calles desiertas, flanqueadas de verjas y jardines», nos cuenta, describiendo así las exclusivas calles de ese barrio en el que vive Teresa y al que aspira el Pijoaparte.

Su recorrido está lleno de esperanzas, aunque todas ellas teñidas de cinismo, de la misma manera que el último trayecto, el que lleva en esta ocasión a Teresa desde San Gervasi hasta Montjuïc, está impregnado de desolación, tras enterarse ella de la detención del Pijoaparte. Dos viajes a la inversa que representan precisamente ese dolor al que aludía Seferis: la novela se inicia con la noche mágica, la noche de los sueños, y termina de día, cuando esos sueños —convertidos, como dijo Shakespeare, en pesadilla—, llegan a su fin dando pie una realidad transformada —Teresa ya no es la joven del inicio de la novela y el Pijoaparte es descubierto— y no necesariamente a mejor.

Mirada melancólica

«No quiero dormir, no quiero dormir nunca más. Quiero salir de noche siempre», piensa Elsa. Ella es la única que no observa los fuegos artificiales que iluminan durante la verbena de San Juan el cielo que nos describe desde las azoteas Francisco Casavella (Barcelona, 1963-2008) en El día del Watusi.

Como su autor, Elsa también está en una azotea y, al contrario de sus vecinos, que se abrazan, se besan y vacían las botellas que les quedan, está ensimismada, pero no ante los fuegos, sino observando a la gente que la rodea y que parece no reconocer.

Como señala Miqui Otero en el epílogo de la edición de Anagrama, una lectura apresurada o perezosa lleva a pensar «que lo importante de toda la perorata adormilada de Elsa sobre la azotea es que la noche no se rompe y aún no amanece si bajas la persiana». Sin embargo, «esa fascinación por el malditismo calavera impide apreciar el gesto: cuando todos miran los fuegos artificiales, ella mira cómo esos espumillones luminosos cambian a las personas que los miran». Por tanto, concluye Otero, Elsa, como el propio Casavella, mira lo que los otros ignoran. Por esto su mirada está teñida de melancolía; por esto insiste Elsa en que quiere salir siempre de noche, porque el fin de la noche es la llegada de ese día del que los fuegos artificiales distraen.

«En mi temprana edad, cuando aún esperaba / con ansias el día de fiesta, una vez que este / había terminado, en vela, me abrazaba triste / al almohadón de plumas, y, tarde en la noche, / un canto que se oía alejarse por los caminos / muriendo poco a poco en la distancia / me estrujaba el corazón igual que ahora», escribió Giacomo Leopardi. Mientras que en los versos del poeta italiano se expresa la tristeza que llega de noche tras concluir la fiesta, en las palabras de Elsa, así como en los versos de Seferis, encontramos la melancolía por una noche que, al terminar, se revelará como un paréntesis, del que nadie sale indemne. Lo vemos en la melancólica clarividencia de Elsa y lo vemos en Rico, el primo del protagonista de Simón, la penúltima novela de Otero (Barcelona, 1980).

Rico desaparece una Noche de San Juan después de recorrer también él las azoteas de Barcelona, precisamente antes de que llegue el día: «Los petardos iban menguando con el paso de las horas, como si la carcajada de esta ciudad se fuera apagando. Como si quisiera alargarla por miedo al silencio incómodo después de cada risa».

Momento de ruptura

La transgresión de la Noche de San Juan no reside en la fiesta, ni en el fuego, ni en las luces de la verbena; la transgresión de la Noche de San Juan tampoco está en los ritos en sí mismos, sino en la conciencia de que, como en el Carnaval tal y como lo describió en su día el teórico literario Bajtin, esa noche es un momento de ruptura con el antes, pero también con el después. La transgresión reside en la mirada de Elsa, que se percata de ello, y en la convicción de Noa, la protagonista de Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, la última novela de Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988), de no regresar a Guayaquil y de permanecer en lo alto de los Andes, donde ha acudido para participar en un macrofestival de música con ocasión de la festividad del sol. En esa fiesta, que ella no quiere que termine, hay una reivindicación del goce, que se opone a la violencia que envuelve al resto del país. Ese momento carnavalesco perdura en cuanto Noa no quiere regresar a su hogar, sin embargo, perdura en un espacio que se opone al resto del país.

Noa y Elsa, cada una a su manera, no quieren que el día vuelva. Sin embargo, para Elsa ese día llega como llega también para los personajes de Shakespeare y para Simón, el protagonista de Otero, que debe asumir que su primo ya no está. Rico desaparece y con él también empieza a desaparecer esa Barcelona en la que crece Simón, que esa Noche de San Juan empieza a dejar atrás la infancia y a hacerse mayor.

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