Entrevista | David Uclés Escritor, músico y pintor

David Uclés: «No me debo a mi ideología, sino a la verdad»

David Uclés

David Uclés / ED

Inés Martín Rodrigo

A veces, el mundo editorial, tan lleno de egos, de productos precocinados, de novedades sin novedad y nombres demasiado propios, deja de ser previsible y se entrega a la santa voluntad lectora. Es entonces cuando se obra el milagro, que en este sector se denomina fenómeno. Sucedió con Irene Vallejo, que ya es una rock star literaria, y parece estar empezando a ocurrir con David Uclés (Úbeda, 1990). Hace tres meses llegó a las librerías La península de las casas vacías, un libro asombroso, publicado por Siruela, el sello que editó El infinito en un junco, en el que el joven autor, que también es músico y pintor, se atreve a narrar la Guerra Civil desde el realismo mágico. En el tiempo transcurrido desde su publicación, la novela, sin necesidad de hacer excesivo ruido en los medios, ha ido cobrando impulso de la mano de los libreros, que son siempre los mejores prescriptores. La quinta edición ya está en camino, y los lectores se agolpan en cada una de las presentaciones. Pero Uclés, humilde y llano como la tierra de la que procede, se lo toma como una experiencia más de esa vida que, a sus pocos años, lo ha llevado a cantar en los cafés de Montmartre (París) a lo Jacques Brel o al arco de Xelmírez de la plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela, donde cada verano interpreta fados, el Hallelujah de Leonard Cohen y hasta What a Wonderful World.

En la novela habla de Iberia, no de España. ¿Por qué?

Porque para mí lo es todo. Iberia empezó siendo algo muy romántico y y se está convirtiendo en algo político. Estoy cada vez más convencido de que es la solución a muchos problemas.

¿En qué sentido?

He vivido en Euskadi, Galicia, Cataluña, Madrid, Andalucía, Portugal, Francia y Alemania. Cuando estaba fuera, me sentía íbero y me di cuenta de que, si nos uniéramos con Portugal, seríamos más ricos culturalmente, lingüísticamente, económicamente, y territorialmente los problemas con los independentistas se solventarían, yo creo.

Eso es mucho decir.

Lo sé. Se aliviarían, se suavizarían. Yo creo que un Estado federal beneficia a todas las regiones, y si lo hacemos bajo un nuevo símbolo que tenga menos cargas políticas, como Iberia, yo creo que a lo mejor los independentistas lo aceptarían. Unirnos todos bajo el nombre de España en un Estado federal no funciona. Pero, ¿bajo Iberia?, ¿por qué no? Dos capitales, una en Lisboa, otra en Madrid. No sé, yo lo veo la solución.

¿Y qué significa ser íbero?

No me gusta mucho el sentimiento nacionalista, pero lo tengo… Ser íbero es pertenecer a un lugar delimitado por unos accidentes geográficos concretos y donde hay unas culturas que se parecen, unos pueblos que se han peleado y se han juntado durante toda la Historia y que, al final, forman una gran familia diversa, donde uno no se siente extraño. Un lugar donde te sientes tranquilo, como en casa. Yo me siento así en toda la península.

Su novela rompe muchos tópicos. Por empezar con uno, es falso que a los jóvenes no les interese el pasado, la Historia, mirar atrás.

Sí, es falso. Lo que pasa es que tenemos un problema hoy día, y es que estamos todos un poco dormidos con las pantallas y los jóvenes más. Estas generaciones están muy bien preparadas, podrían desarrollar un pensamiento crítico analítico fuerte, son inteligentes, tienen un interés por su Historia, pero, como están dormidos con las pantallas, pues… una de cal y otra de arena.

¿Cómo despertarlos?

Es que eso es el zeitgeist, es lo que nos ha tocado. No sé hacia dónde vamos... Yo veo un halo decadente, vamos un poco hacia abajo como sociedad, de ahí los extremismos políticos. La pantalla lo ha cambiado todo. Tenemos todo el ocio al alcance. ¿Para qué trabajar?, ¿para qué salir?, ¿para qué ir a los bares?, si ya está todo aquí, en estímulo rápido. Hay menos conciencia social. Antes iba la gente a las manifestaciones, al bar, hablaba con su gente, compartía hobbys… Pero ahora es todo muy individualista, y es un horror. Cuando llegue la fiera de nuevo, y si ocurre otro conflicto, pues supongo que sí, que despertaremos y el ser humano siempre va a sobrevivir.

Bueno, esos conflictos ya están ocurriendo y no los tenemos muy lejos de casa, la guerra está bien cerca, es de una triste vigencia.

Yo estoy asombrado. Este auge de estos extremismos políticos en tantos países hasta ahora era imposible de imaginar… Nos ha pillado a todos por sorpresa, incluso a los engendros políticos que animan esa idea. No soy muy optimista. Decía Saramago que él no era pesimista, era un optimista bien informado.

Hoy volvemos a ver, como en su libro, a pueblos desintegrados, a una sociedad deshumanizada…

Sí, parece que se repite la Historia, que es cíclica.

Otro tópico que destierra la novela es la idea de que el realismo aplicado a ciertos temas, como la Guerra Civil, no puede ser mágico. Usted mezcla ficción y realidad sin ataduras formales de ningún tipo.

Me lo he pasado bien, he jugado con todo lo que he podido. Yo soy partidario de que la persona que quiere transmitir algo lo escriba a su manera y con la espontaneidad que ella considere y de forma natural, tampoco por transgredir. Incluso si tiene un lenguaje con faltas o un poco rocambolesco, a mí me gusta. Me gusta la variedad y la busco en la literatura, por eso me gusta mucho la contemporánea, porque se ve que la gente empieza a sentirse más libre.

Deme un ejemplo.

Panza de burro, a mí me fascinó esa libertad. Dentro de mis referentes, El palacio azul de los ingenieros belgas, de Fulgencio Argüelles, o El tambor de hojalata, de Günter Grass.

Ahora que menciona a Grass, en el libro se escuchan ecos de muchas voces: García Márquez, Cuerda, Lorca, Rushdie… ¿De qué fuentes ha bebido para llegar hasta aquí? Y no creo que sean sólo literarias...

No, hay muchas cinematográficas. No tenía un modelo a seguir. El libro es una mezcla de muchas cosas, hay muchos estilos. Pero los escritores que intentaron resumir la última herida que había ocurrido en su país de manera diferente, con personajes inocentes y cierto realismo mágico, han sido mis referentes. Günter Grass, con El tambor de hojalata; Rushdie, con Hijos de la medianoche; Un lugar llamado Antaño, de Olga Tokarczuk; Cuando el árbol canta, de Haviaras; El pájaro pintado, de Kosiński; Cien años de soledad y multitud más. Y en cuanto a referentes cinematográficos... Me encanta el cine. No debería decirlo, pero, si me dieran a elegir entre el cine y la literatura, me quedo con el cine.

¿En serio?

Sí, el cine es mi mayor pasión. Tengo a Sorrentino, Kaurismäki… Mi novela es muy de imágenes, es muy cinematográfica, le he hecho yo mucho el trabajo al guionista [ríe].

Muchos de los protagonistas de la novela, además de inocentes, son héroes anónimos. ¿Son ellos quienes hacen la Historia?

Sí, en general sí. Lo demás es la punta del iceberg, la florecilla, pero la mata, la planta son la gente desconocida y que, en este caso, se vio envuelta en la guerra sin querer, sin pretenderlo. A mí son los que más me atraen, pero en la vida real también, la gente más humilde, más llana. A mí me gustan los perdedores, los que la Historia luego cataloga como perdedores, a mí me crean empatía y yo prefiero estar del lado de los perdedores que de los ganadores, no en cuanto a bandos, sino en cuanto a actitud ante la vida. Me gusta la gente honesta y llana.

En ese sentido, en el libro, de algún modo, reivindica la memoria de sus antepasados, que son los antepasados de todos. ¿Sin memoria no hay Historia de ningún tipo?

Sí, Historia puede haber sin memoria. De hecho, la mayoría de las Historias son sin memoria, porque las cuentan los vencedores. Al final, tienes que luchar por que la Historia se construya en base a la memoria, no en base al discurso del vencedor. Y para construir una memoria fuerte hacen falta herramientas que esta sociedad no tiene. Pudo haberse hecho en Transición. No se hizo. Puedo entender por qué, había mucho miedo de que hubiera un golpe de Estado, tuvimos que tragar todos mucho. Pero yo creo que ya es momento de crear un cuerpo público de historiadores, de sociólogos, de profesores, de filósofos que construyan la memoria histórica, que no sea desde un partido político.

Que no siga siendo motivo de disputa entre esos dos bandos que parecen condenados a enfrentarse.

Es que están igual… En el Congreso se nota más que en la calle, en general no estamos en esas, pero en el Congreso sí, el y tú más, el reprocharle al otro… Es un show.

En el arranque del libro incluye una cita de Almudena Grandes: «Sin memoria no hay futuro».

Sin memoria no hay futuro, y sin memoria hay un presente muy desestabilizado. No hay lugares de memoria, no hay un museo sobre la Guerra Civil. Debería haber un centro de interpretación sobre la Guerra Civil. Reutilizar, por ejemplo, el Valle de los Caídos y darle un toque de interpretación, señalizar bien los lugares de memoria histórica…

Usted, reivindicando lo acontecido entonces mientras otros lo ignoran, cuando no lo niegan...

Yo he leído de todas las ideologías, desde Preston hasta Pío Moa, y te das cuenta de que el discurso es muy parecido. Chocan en las cifras, en la intencionalidad que tenía cada persona… Pero, la Guerra, ¿quién puede negar que esa mecha se encendió por un golpe de unos cabecillas castrenses en Las Palmas? Eso es innegable. Yo abogo por contar todo, pero no caigo en ese paradigma de decir: los dos bandos hicieron cosas malas. Es verdad, pero hay que distinguir nivel macro y micro. A nivel macro, hay una historia que no se puede negar. Luego, el aspecto micro, en cada pueblo, en cada ciudad, ahí sí podemos discutir. La solución podría ser, primero, asumir lo que aquellos a los que tú les tienes cariño hicieron mal históricamente, como yo he hecho, y, luego, señalar al otro. Cuando yo he visto que un personaje de mi ideología la cagaba, lo he puesto. Yo no me debo a mi ideología, me debo a lo que ocurrió de verdad.

El suyo es un narrador al que le gusta jugar, se mueve con libertad en el espacio y en el tiempo. ¿Para usted la escritura es un juego?

Claro, para mí es un juego, pero teniendo presente al lector. Yo no escribo solo para mí. Si fuera solo para mí, tocaría la guitarra, que me relaja más que escribir. Me dan mucha rabia los escritores que no tienen en cuenta al lector. Yo estoy todo el rato pensando en el lector y no quiero agotarlo, tampoco le doy un producto supermasticado pero, al final, puede entenderlo todo.

En el libro está muy presente la sabiduría popular. ¿Qué representa esa sabiduría en su imaginario?

Lo es todo en mi vida. Un sueño del libro era poder resaltar esa cultura del campo. Esa austeridad, esa humildad, esa cosa de mirar al campo y dejar la vista quieta, ese no sentirte mejor que otro, esa no necesidad de transformarte físicamente para aparentar algo que no eres, esas cosas que yo he visto en mi tierra, en el campo de Jaén, me parecen una riqueza. Encontrar a alguien humilde y sin abalorios es una de las cosas más bonitas que te puede dar la vida. Lo fácil es llenarse de abalorios y de carcasa. Yo lo he tenido que apreciar con el tiempo. En mi casa no ha habido libros, ni cultura de ir al cine, de viajar, de nada. Y, mirando hacia atrás, la gente que me ha dado unos buenos valores tiene esa cultura que te da el campo, también de saberes, saben desenvolverse en cualquier situación y tienen un temple diferente. Otra riqueza de la ruralidad es el silencio, que no te atormente el silencio, echarte una siesta de cuatro horas y estar tranquilo… Eso echo en falta en las ciudades. Me encanta el campo.

En la conversación ha aparecido la expresión realismo mágico. ¿Se siente cómodo con esa etiqueta?

Sí. Veo que se usa demasiado, es un poco cajón de sastre. Pero lo que se entiende en su origen como realismo mágico, de construir una historia a través de varias generaciones de una familia, que esa familia tenga una conexión fuerte con la naturaleza, que la naturaleza se manifieste, que los propios miembros de la familia no se asombren ante eso… yo he luchado mucho por esa etiqueta. A mí me la echaban para atrás en la editorial, hasta mi agente.

Es que a veces hay que llamar a las cosas por su nombre.

Sí, eso es. Ellos tenían mucho miedo, pero esto es lo que es y, si no se vende, no se vende, pero no vamos a hacer otra cosa.

Tiene 34 años, pero ha vivido muchas vidas.

Esto te lo digo de corazón: si yo me tengo que morir, no tendría esa sensación de qué pena que me quedan cosas por hacer. Estoy supercontento y agradecido.

¿Y quién es David Uclés?

Qué difícil, ¿no? Pues un niño inquieto que tiene mucha imaginación como virtud, y como defecto que no sabe estarse quieto en un sitio, vivir tranquilo y estar estable. Me he acostumbrado a esta vida nómada y a esta cosa de captar belleza en algún lado y trasladarla a otro. Para mí eso es el arte. Y eso es lo que soy, un nómada que intenta captar cosas bonitas para luego juntarlas, condensarlas y entregárselas a otro.

¿Y qué le pide a las vidas que todavía le quedan por vivir?

Tengo una arritmia, en otoño estuve fibrilando dos veces... Le pido vivir cada día, tener salud, ya está.

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