CANARISMOS

Bueno es dios y mata gente

Un sacerdote con una Biblia.

Un sacerdote con una Biblia.

Luis Rivero

Luis Rivero

En la tradición judeocristiana se habla de un «Dios» «misericordioso y compasivo» (Éx 34,6), a veces «vengador» (Nah 1,2) o de un Dios «celoso» (Dt 4,24) y hasta de un Dios «guerrero» (Éx 15,3). El Antiguo Testamento da cuenta en numerosos pasajes del destino de muchos de los enemigos del Dios de Israel. Así queda constancia en Deuteronomio 2,3335: «El Señor nuestro Dios nos lo entregó y lo derrotamos a él, a sus hijos y a todo su pueblo. Entonces conquistamos todas sus ciudades y las consagramos al exterminio: hombres, mujeres y niños; no dejamos supervivientes. Solo tomamos como botín el ganado y los despojos de las ciudades conquistadas».

En parecidos términos en el libro de Josué 8,24-25 se dice: «Cuando Israel acabó de matar por el campo y el desierto a todos los habitantes de Ay, que habían salido hasta allí en su persecución, todos los cuales cayeron a filo de espada hasta no quedar uno, se volvieron los hijos de Israel contra Ay y pasaron a su población a filo de espada […]». Otro pasaje, esta vez del libro de los Jueces 21,10-12, recoge un no menos inquietante testimonio: «Id y pasad a filo de espada a los habitantes de Yabés de Galaad, incluidas las mujeres y los niños […]». La misma táctica aniquiladora, siempre ordenada por el llamado «Dios de Israel», se documenta en 1Samuel 15,3: «Ve ahora y bate a Amalec. Entregaréis al anatema todo cuanto tiene, sin perdonarlo. Darás muerte a hombres y mujeres, a muchachos, niños de pecho, a vacas y ovejas, a camellos y asnos». El capítulo 10 del libro de Josué narra la conquista de la Palestina meridional que más se parece a una auténtica guerra de exterminio y en la que los habitantes de Maquedá, Libná, Laquis, Guécer, Eglon, Hebrón y Debir son ajusticiados, «pasándolos por el filo de la espada», una vez conquistadas estas poblaciones, sin dejar ni un solo superviviente, tal como el Señor, Dios de Israel, había ordenado a Josué.

La narración bíblica, que parecería tener eco en la actualidad, más allá de interpretaciones alegóricas poco sostenibles a la que algunos han querido someterla, traslada la imagen de un «Dios» terrible (el Dios del Antiguo Testamento) al que no parece temblarle el pulso al ordenar a sus seguidores a cometer lo que hoy llamaríamos «auténticos actos de genocidio». Y con tal talante esta tradición ha permeado en el imaginario colectivo, sobre la base del cual adquieren todo el sentido frases como esta: «Bueno es Dios y mata gente». La expresión se emplea a modo de juego de palabras para replicar irónicamente a quien califica algo o a alguien de bueno o dice de sí mismo que es bueno (en algo). Con ello se cuestiona la bondad predicada por alguien y llama a mostrar desconfianza frente a la adulación y la altanería.

En la periferia de esta expresión, en cuanto participa de la misma base ideológica —podríamos decir— aunque con significado distinto es la que dice: «Dios lo quiso» que expresa consolación o pesar y trata de justificar la pérdida de un ser querido, como si de la voluntad del Omnipotente dependiera el destino del común de los mortales. Afín es aquella otra que dice: «Se lo llevó Dios» que, exhalando un suspiro, en una mezcla entre el dolor y la rabia, trata de hacernos entender la muerte de una criatura inocente, como si se intentara justificar lo injustificable. Por su parte, el «bueno es Dios y mata gente» obedece a una misma estructura gramatical de réplica o respuesta, aunque con significado diverso, de aquel otro modismo que dice: «Serio es el macho y se la mama» que se emplea para poner en duda la seriedad de una persona cuando se habla de ello.

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