AMALGAMA
El fin de una época

El fin de una época / ED
Al igual que en la filosofía han desaparecido los grandes filósofos y se ha cubierto el expediente con otros que citan a los anteriores en multitud de textos refritos, u otros que se cuelgan a la pusilanimidad de quien no es capaz de sostener un pensamiento fuerte, en el arte, disciplina ancilla philosophae, pasa lo mismo, y está dominada por una astenia que ha convertido a los artistas en hacedores de muñecos de plástico irreverentes contra las religiones pacíficas. Otro tanto en la literatura. La cuestión es que, si así están las cabezas que se han empleado en cultivarse, cómo estarán las de aquéllos que se emplean, sencillamente, en redactar los BOEs o en hacer cualquier guion para uso funcionarial. En la estulticia de su lenguaje se reconoce de lejos su acomplejamiento. Se trata del denominado «lenguaje progre». A tal fin, el psicólogo Mario Flores recogió en su libro Diccionario Progre-Español, de 2009 (ya viene de lejos), una serie de expresiones con las que podemos indignarnos a gusto.
El recreo se dice ahora «segmento lúcido de ocio», y al alumno se le llama «unidad celular de aprendizaje». Flores revelaba también el vocablo «sostenible», siendo que da igual de lo que se hable porque hoy todo es fantásticamente «sostenible». O si no, es «transversal». Tenemos ya mismo hasta la Ley «Sostenible». Si volvemos al colegio, el cuaderno de notas se convierte en el «diseño curricular», y el padre es «progenitor», y el maestro es «educador», y las editoriales son «industrias culturales», y las guarderías de toda la vida son «ludotecas», y la lengua con la que hablamos es «lengua vehicular», en vez de español o castellano, el almanaque es un «cronograma», y a cualquiera al que se le pone a trabajar se le denomina «agente dinamizador». ¡Ah! y si ante alguna circunstancia hay que resistir, entonces es que el resistente es «resiliente».Algo así como, permítanme la comparación, cuando Sadam Hussein se ponía bigote en el Irak de los años noventa, veíamos a todos los iraquíes con el mismo bigote, o cuando vemos a los norcoreanos con la misma risa y pelada que su líder. Superovejas.
Esta estrategia de uso funcionarial del lenguaje sólo tiene un motivo: la creación inútil de puestos para colocar a los afines exige la creación de labores que son nada, que significan nada, pero que al nombrarlas ya tienen derecho a ser remuneradas. Con el diccionario «progre-español» en la mano, Antonio Burgos, ya fallecido, enseñaba sus primeros pasos en este idioma de gilipollas: «La sostenibilidad de la movilidad de los espacios de ocio no debe ser confundida en la interculturalidad de una sociedad multicultural con el desarrollo ambiental sostenible ni con los logros de la eco-agricultura, articulada en una red de integración y acompañamiento sociolaboral, según la prospectiva sobre fomento de adaptabilidad publicada por el Observatorio de la Diversidad de Orientación Sexual e Identidad de Género». Y lo más interesante es que la mayoría, abobada, lo acepta, igual que aceptan estar todo el día tomando cervezas frente al televisor o al móvil. Por eso, también, llega una historia ordenada desde arriba, la Memoria Democrática, un oxímoron, porque quiere borrar lo imborrable, pues la memoria es toda, la una y la otra. Pero bueno, estamos tratando con personas-colmena de cognición capi disminuida.
Paseando por la tarde, tuve la ocasión de ver la metáfora del fin de una época, el preludio de la entrada en una Edad Oscura dominada por los capitostes de la ignorancia. «¡Antonio, Antoniooooooo…! ¡He recibido tu libro, Antonio!». Así sonaba una voz procedente de un señor muy, pero que muy mayor que, avanzando como podía con el torpe paso de la edad, acudía a dar un abrazo a otro señor, por lo visto autor, que era, por su aspecto, aún mucho más anciano que nuestro tardío corredor de fondo. Antonio, con unos ojazos inmóviles por el avance de las cataratas, ojos de grandiosas pupilas a causa del encogimiento de la piel de los párpados, miraba como podía a su admirador y, apenas, se dibujaba una sonrisa en sus labios.
A mi parecer, Antonio no sabía de qué hablaba el otro. Pensé que, si era al final cierto que el corredor de fondo había recibido un libro de Antonio, ésta debería ser una edición de recuerdo, hecha por alguna institución que ni siquiera había llamado a Antonio y que, por alguna razón, había llegado a manos del corredor de fondo. A juzgar por lo vacío de la mirada de Antonio, casi que no recordaba siquiera que era autor, y mucho menos de qué materia era autor, pero la sonrisa, amplia, en el rostro del corredor de fondo no desaparecía, pues estaba tan anonadado de su propia euforia, de saludar en persona al autor, y de cumplir con su condición de admirador, de adorador del autor y, por ende, de pertenecer como pleno cómplice al club de lectores y escritores, que el tema, la obra, el autor y el mensaje, eran lo de menos. La circunstancia era de un gigantismo efectista para análisis de psicólogos perspicaces. Y mientras, entre tanto el corredor de fondo abrazaba torpemente a Antonio y éste musitaba ruiditos por aquella intempestiva reacción de cariño por parte de un amable ciudadano, la vista de Antonio, el autor, estaba perdida en un punto lejano del ultramundo, se cargaba de un cataratazo todas las alegrías de todos los autores de todos los tiempos, tan pronto nos los imaginemos a la adecuada edad de los cien años, en la cual la sabiduría conquista las cabezas egomaniacas de los autores y las deja planas, pero fijas en el ultramundo, que es verdadero.
Escribir, como vivir, es cosa de jóvenes, al igual que pintar, y al igual que esculpir. Hay un lapso para todo, una edad propia para bailar, otra propia para reproducirse, otra propia para enseñar, y Antonio me hizo ver que el recuerdo de las cosas es un mero efecto decorativo válido sólo para que los indignos políticos gasten el erario público ad maiorem gloriam de sus glúteos, única parte de sus cuerpos que les define con exactitud. El resto es ir hacia un final, y ese final nos muestra que sólo un entretenimiento que no dependa de restos escritos, pintados o esculpidos, sino de lo incorpóreo, de lo intangible, termina por prevalecer. Justo adonde miraban los ojos inflexibles de Antonio.
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