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Elena Quiroga, la pionera gallega olvidada

Se cumplen 40 años de su designación para la RAE, donde fue la primera mujer novelista en ingresar | Dos reediciones la reivindican

Fotografía de Elena Quiroga en la Real Academia. RAE

Hace ahora 40 años, el 13 de enero de 1983, era elegida para el sillón “a” de la Real Academia Española la escritora Elena Quiroga de Abarca. Fue una pionera no solo por ser la primera gallega en la RAE, sino también por convertirse en la primera mujer novelista en una institución tricentenaria en la que han entrado solo 12 mujeres entre 477 académicos. Después de la poetisa Carmen Conde, que ocupó su sillón en 1979, Elena Quiroga fue la primera mujer en franquear el número 4 de la calle Felipe IV de Madrid. Lo hizo en 1984 con un discurso dedicado a su amigo Cunqueiro, fallecido tres años antes. Aunque nacida en Santander, su vida y su obra estuvieron marcadas por las costumbres y la idiosincrasia de Galicia, la tierra donde pasó su infancia y buena parte de su vida. Así lo muestran también dos novelas suyas recientemente reeditadas, “Tristura” (1960) y “Presente profundo” (1973), su última obra.

Que el nacimiento de Elena Quiroga (26 de octubre de 1921) se produjera tan solo unos meses después de la muerte de Emilia Pardo Bazán (12 de mayo de 1921) es más que una coincidencia. Los paralelismos biográficos entre ambas, como los orígenes nobles comunes, son evidentes. Darío Villanueva, de la Real Academia Española, va más allá y habla incluso de “relación intertextual”. A su hija le dedicó Quiroga su primera novela, “La soledad sonora” (1949), y ambas compartían un sentido de religiosidad profunda y el foco en los personajes femeninos.

Hija del conde gallego de San Martín de Quiroga, José Quiroga Velarde, y de Isabel de Abarca y Fornés, Elena Quiroga vivió en Santander hasta la muerte de su progenitora, cuando, con dos años, se fue a vivir al pazo familiar de su padre, la Casa Grande de Viloira, en O Barco de Valdeorras. Criada por su abuela, el recuerdo de su infancia marcó buena parte de su obra.

Estudió entre Bilbao, Barcelona y Roma y no cursó ninguna carrera universitaria, pero acudía a clases por libre y dedicaba varias horas al día a escribir. En 1942 se trasladó a vivir a A Coruña, donde conoció a su futuro marido, el historiador monfortino Dalmiro de la Válgoma, con el que se casó en 1950. El trabajo de éste en la Real Academia de la Historia les hizo trasladarse a Madrid, donde Elena Quiroga entró en los ambientes literarios de la capital, aunque no se adscribió a ningún movimiento concreto. “Un poco mayor que Carmen Martín Gaite o Ana María Matute, vivió la contienda civil desde otra perspectiva distinta a la de la llamada ‘generación del medio siglo’”, resaltó Darío Villanueva en un acto de la RAE dedicado a la escritora con motivo de su centenario, en 2021. “No colaboró en sus revistas ni se relacionó con los Ferlosio, Aldecoa, Juan Goytisolo, Fernández Santos, Medardo Fraile, García Hortelano... Fue escritora de formación autodidacta y de creatividad autónoma, lo que en su caso quizá redundó en una falta de proyección que el arropamiento generacional sin duda le hubiese facilitado”, apuntó Villanueva.

Acto ingreso RAE con Filgueira Valverde y Gerardo Diego.

El mayor reconocimiento le llegó en 1950 con el premio novelístico más prestigioso entonces, el Nadal, cuyo palmarés había inaugurado en 1944 otra escritora vinculada a Galicia, Carmen Laforet. Lo ganó con “Viento del norte”, que fue llevada al cine por Antonio Momplet.

Villanueva ha destacado la “independencia” y el carácter “extraordinariamente original” de la obra de Elena Quiroga, una “novelista sin ataduras, abierta a influencias diversas”. “La crítica no ha dejado de apreciar acertadamente en ella elementos de referencia novelística internacional −Stefan ZweigLajos ZilahyWilliam Faulkner y, sobre todo, Virginia Woolf− que en la España aislada en que comenzó a publicar le confieren a su obra valor singular”, apunta el crítico literario y colaborador de FARO DE VIGO, diario del grupo Prensa Ibérica.

Quizá de la lectura de Virginia Woolf aprendió el perspectivismo, el recurso a una perspectiva narrativa insólita. La escritora británica la situó en un perro en “Flush. A Biography” (1933), y la gallega utiliza en “La sangre” (1952) un carballo centenario que observa la vida de cuatro generaciones de nobles que viven en el pazo gallego del Castelo, hasta que el árbol es talado en los años de la República y su caída provoca la muerte de Lorenzo, el último descendiente de la familia.

“Es un perspectivismo muy moderno en literatura”, señala el editor Jesús Blázquez, responsable de Ediciones 98, que acaba de recuperar “Presente profundo” (1973), la última obra de Elena Quiroga, y planea publicar más obras de la autora. La novela reconstruye la vida de dos mujeres suicidas: una panadera de Gondomar, Daría, y una rica brasileña afincada en Madrid, Blanca. La perspectiva narrativa recae en un médico que, al investigar la vida de una de ellas, rememora la de la otra.

En “Presente profundo” abundan las referencias a lugares como Sabarís, A Ramallosa, Gondomar y Oia, así como reflexiones como la que la autora desliza en la página 73: “Sí, la vida es una compleja realidad de tres volúmenes, lo que Hegel llama percepción, recuerdo y espera, pero yo lo definiría como presente, solo el presente existe, aunque configurado como el recuerdo y la espera”.

La otra novela recuperada recientemente es “Tristura” (Editorial Bamba), publicada originalmente en 1960. Ganó el Premio de la Crítica Catalana y su protagonista, Tadea, es una huérfana de madre –como Elena Quiroga– cuya vida inocente y libre se llena de hostilidad y prohibiciones al mudarse a la casa de sus tíos.

Carmen Conde, Rafael Lapesa y su íntimo amigo –y también vecino del Val Miñor en la última etapa de su vida– Gonzalo Torrente Ballester fueron quienes propusieron para la Real Academia a Elena Quiroga. El 8 de abril de 1984 pronunció el discurso titulado “Presencia y ausencia de Álvaro Cunqueiro”, escritor amigo del que había grabado conversaciones en distintos años. En su respuesta, Lapesa señaló sobre Elena Quiroga que “entra en esta casa, no por ser mujer, ni porque es hermosa, linajuda y distinguida, sino solo por el valor de su obra literaria; y en ella se manifiesta el don de sabiduría como conocimiento del alma humana, sagaz observación de lo significativo, rechazo de la desmesura y dominio del arte de novelar”.

El Pazo de Cea (Nigrán), donde residió. MARTA G.B.

Los veranos de sus últimos años los pasó en el Pazo de Cea, en Nigrán, que cayó en decadencia y fue rehabilitado en 2012 para la celebración de eventos. Allí sufrió una caída que la llevó a ingresar en una clínica coruñesa en el verano de 1995. La cirrosis y la anemia que padecía agravaron su estado, y después de tres meses hospitalizada falleció el 3 de octubre de 1995. Sus restos reposan junto a los de su marido en Villafranca del Bierzo. Dejó inacabada una novela inédita “Grandes soledades”, final de la trilogía iniciada con “Tristura” y continuada con “Escribo tu nombre” (1965).

Darío Villanueva, que dirigió la RAE entre 2014 y 2018, destacó de Elena Quiroga en el centenario de su nacimiento su literatura “renovadora del realismo y el naturalismo decimonónicos”, sus “preocupaciones y hallazgos técnicos” y “el tratamiento poco convencional de asuntos complejos atingentes a las relaciones sociales y a la propia conciencia individual de las personas, con un marcado énfasis en la perspectiva de la mujer”.

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