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Rusia encadenada a sus mitos

Figes cuenta cómo el poder ruso ha explotado a lo largo de los siglos el relato del pasado para mantener inalterables los rasgos patrimoniales, expansionistas y autocráticos

Rusia encadenada a sus mitos PABLO GARCIA

Desde la fundación de la Rus de Kiev en el primer milenio hasta la guerra de Putin declarada a Ucrania, Orlando Figes explora las ideas que han guiado las acciones de Rusia a lo largo de su larga y turbulenta existencia. Todo un especialista en la materia, el historiador londinense proporciona lecciones valiosas sobre la importancia de mitificar el pasado del país. En su nuevo ensayo, que publica Taurus, Figes pretende explicar cómo se han moldeado y explotado el relato no siempre veraz para justificar el liderazgo actual a lo largo de los siglos. Explica cómo los desafíos de la geografía y el clima han reforzado una larga percepción sobre la necesidad de la responsabilidad colectiva y el poder autocrático. El pasado remoto, en este sentido, parece ser el hecho más influyente; los acontecimientos desde mediados del siglo XIX en adelante son tratados cada vez más superficialmente y presentados por Figes como consecuencias casi inevitables de la historia anterior. La revolución bolchevique de 1917 fue el resultado no solo de la torpeza del reaccionario zar Nicolás II, sino también de la mala suerte y del apoyo alemán: la guerra civil que siguió podría haber circulado en cualquier dirección. El autor de La historia de Rusia pasa casi de puntillas por la apertura occidental en la década de 1990, quizás por haber estado condenada desde el principio al fracaso. Una de las conclusiones que se extraen de esta interesante y oportuna aportación de Figes es que cuando el régimen de Vladímir Putin se derrumbe, haríamos bien, esta vez, en aprender del pasado y no tratar al país simplemente como una pantalla en blanco en la que proyectar una democracia de corte occidental.

Rusia es demasiado compleja. Se trata de un país que se mantiene unido por ideas arraigadas en su pasado lejano, historias que se reconfiguran y reutilizan continuamente para adaptarlas a las necesidades del momento reimaginar un futuro. Figes, autor de varios libros sobre historia rusa, recuerda que la gran llanura eurasiática ha sido escenario de invasiones masivas. Las sufrió de los mongoles, la Grande Armée de Napoleón y la Wehrmacht de Hitler. Pero también de grandes expansiones: Rusia se adueñó de vastos territorios durante sus guerras de conquista. Es revelador el dato de que entre 1500 y 1917, el país creció a un ritmo de 130 kilómetros cuadrados por año. Cuando los príncipes rusos se deshicieron del yugo mongol, en el siglo XV, emularon su gobierno despótico, incluida la noción de que el estado era dueño de toda la tierra, la base de la servidumbre a la que el zar Alejandro II puso fin en 1861. El despotismo mongol prosiguió. La llamada época de los disturbios entre 1588 y 1613, cree Figes, tuvo un efecto profundo en los líderes rusos posteriores. Rusia, durante este período de tiempo, fue casi destrozada por invasiones extranjeras, guerras civiles y por los pretendientes al trono. Cuando los Romanov tomaron el poder en 1613 instituyeron un gobierno autocrático de derecho divino que confirmó aún más a Rusia como un estado patrimonial, el protector de los pueblos eslavos y la sede del cristianismo oriental, todas ideas y mitos que reforzaron los planes expansionistas.

Pedro el Grande (1672–1725), Catalina la Grande (1762–1796) y Alejandro I (1801–1825) persiguieron a su manera la occidentalización de una Rusia atrasada. Pero ninguno de ellos se puede considerar un demócrata. En el mejor de los casos habría que dejarlo en autócrata ilustrado. Bajo sus gobiernos, Rusia siguió siendo patrimonial, autocrática y expansionista. Cuando Alejandro II liberó a los siervos en 1861, grupos revolucionarios planteaban un desafío directo al gobierno de los Romanov. Uno de ellos asesinó al zar y se desencadenó una represión brutal por parte de sus sucesores, lo que a su vez alimentó más la actividad revolucionaria. Todo culminó en la Revolución de 1905 que casi derrocó al gobierno, y la revolución de febrero-marzo de 1917 en medio de la Primera Guerra Mundial, que puso fin a la era Romanov. El Gobierno Provisional duró hasta que los bolcheviques tomaron el poder entre octubre y noviembre de 1917. Siguió la sangrienta guerra civil que ganaron los bolcheviques y comenzó la era soviética. Salvo en el corto período reformista de los noventa, los rasgos patrimoniales, autocráticos y expansionistas de la Rusia imperial se han mantenido inalterables. Figes cuenta cómo Occidente ignoró la historia hereditaria de poder ruso al final de la Guerra Fría, y Putin siguió apelando a los mitos, la historia y las tradiciones para mantenerse autocráticamente en el poder liderando una nueva expansión eurásica y aliándose con China.

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