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Kilómetro cero canario: ingrediente para cocer la futura novela negra

El Festival Aridane Criminal organiza por primera vez una mesa con autores de las Islas | Los narradores viven el género como una toma de conciencia social

Los escritores Esteban San Juan Hernández y Julieta Martín Fuentes, ayer, junto al periodista Eduardo García. | | ANREW GALLEGO

La novela negra permite, desde sus inicios, hablar con una jerga deslenguada y atrevida, llena de sucesos sangrientos o impunes actos, de lo que ocurre a su alrededor. El sol caía sobre la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios a la vez que una concentración de población palmera se autodenominaba «apestados» y reclamaba atención política a sus ruegos. Esa mezcla entre lo bello y lo desgarrador del día estaba a unos escasos metros de la tercera planta de la Casa de la Cultura de Los Llanos de Aridane. Una vez más, parecía que la realidad incitara a ese amasijo de autores a asomar sus rostros por los ventanales para que volvieran a inspirarse del caldo social que emana bajo sus pies.

Ese es el sino de la grancanaria Julieta Martín Fuentes y el palmero Esteban San Juan Hernández, invitados de honor a la primera mesa Panorama isleño: acercamiento a las obras recientes de autores insulares que se produjo durante el día de ayer en la segunda jornada del III Festival Aridane Criminal. Ellos observan a su alrededor, disfrutan de encontrar historias truculentas con las que luego explicarse, tanto a sí mismos como a los lectores, el mundo que han alumbrado en sus obras más recientes. En la línea de Antonio Lozano, Alexis Ravelo o José Luis Correa, el género negro tiene cada vez más adeptos que se atreven desde Canarias a rebatir el discurso oficial.

Nunca olvidaré su adiós, de San Juan Hernández, recrea un paisaje distópico que está atado a las consecuencias de la pandemia del coronavirus. Con el afán de dejar vía libre a la imaginación, entretejió varias tramas donde el conflicto humano, el asesinato y los móviles políticos reúnen a los lectores frente a las páginas sin nombres que den pistas sobre qué los inspiró. «El germen de la novela fue la inquietud de explicar lo que nos estaba pasando y, por supuesto, buena parte de la literatura que se ha escrito es un ajuste de cuentas, una crítica social que se realiza», apoyó ante el moderador y periodista Eduardo García Rojas.

La escritura es un cauce reflexivo para Julieta Martín. Con el final de su trilogía, Tormenta García, ha perdido la inocencia de quien cree que los estamentos superiores que dirigen un sistema están libres de pecado. La protagonista de su novela encuentra en la corrupción el límite de su confianza y, a través de ella, crece, «ese momento en el que decides quién quieres ser y cómo comportarte a partir de ahí». A pesar de los hechos inverosímiles que acaecen en la actualidad, los cuales también ha reflejado como periodista, toma las emociones como el puente de unión que la une a las protestas ciudadanas cuando «las cosas no funcionan bien y buscamos la verdad, cuando incluso esta se ha convertido en una realidad distópica». Casi como respuesta, los aplausos resuenan en la plaza del valle después de los discursos encendidos llenos de promesas y exigencias.

Las islas, en su microcosmos, dan multitud de paisajes en los que, como la desaparecida escritora canaria Dolores Campos-Herrero, encuentran motivos para seguir escribiendo como observadores inagotables de detalles. Tal y como hacen a la mesa de Cosecha negra, llena de interlocutores que se acercan a la novela negra desde la frontera de los géneros, incapaces de fijarse a una sola estructura, sino prestos a experimentar, como la catalana Núria Bendicho, la argentina Valeria Correa Fiz, el vasco Javier Diez Carmona y la leonesa Marta Prieto.

Desde el arquetipo original al cuento, pasando por la recreación de hechos a la ficción faulkneriana, los escritores reflexionaron sobre cómo los personajes y las ciudades que funcionan como tal, tanto las descritas minuciosamente como las esbozadas, beben de sus respectivas vivencias. Más allá de las biografías personales, sus experiencias, conocimientos, intuiciones, gustos o saberes están presentes cada vez que escriben. Esa «arqueología» a la que hacía referencia Correa sorprende, emociona, en definitiva, empatiza con el afán de conseguir la máxima de la literatura: tocar el alma de su interlocutor. Tal vez por eso la novela negra, de la que hay más de 40 festivales repartidos por España, encuentra un público fiel, porque en ella encuentra un modo de desgañitar las tropelías de la vida.

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