Suscríbete eldia.es

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El productor es la estrella

Un documental de Mark Cousins, presentado en la sección Cannes Classics, reivindica la gran obra de Jeremy Thomas, figura imprescindible en la carrera profesional de Bertolucci, Oshima, Jarmusch o Cronemberg

Jeremy Thomas con Tom Hiddleston y Jeremy Irons, de izquierda a derecha.

En el mundo del cine, y especialmente en el ámbito anglosajón, los productores no siempre han gozado del predicamento popular, ni de las simpatías de los sectores más ilustrados de la crítica. ¿por qué?. No lo sabemos con exactitud. Tal vez por la leyenda negra que han venido arrastrando desde tiempo inmemorial o por su escasa visibilidad frente al aplastante protagonismo que ejercen los directores, los guionistas y no digamos los intérpretes, sobre todo cuando estos simultanean en un mismo filme el ejercicio de la actuación, por una parte, con el lado empresarial del negocio (Clint Eastwood, Paul Newman, Charles Chaplin, Tom Cruise, Robert de Niro, Robert Redford, Laurence Olivier…), por otra, dualidad que les ha permitido volar libremente y sin otra tutela que la que le impone su propia conciencia.

Sea como fuere, lo cierto es que el productor, para bien o para mal, constituye una pieza irremplazable en la planificación de cualquier proyecto cinematográfico y su participación en este sentido no hay porqué disociarla de los resultados finales de una película, tanto si estos son estimables como si no lo son. O sea, que su papel en la construcción y posterior distribución de una película puede llegar a ser incluso absolutamente decisivo, como sucede, pongamos por caso, con Kathleen Kennedy como productora de cabecera de Steven Spielberg, o con Dino de Laurentiis tras trabajar con directores tan icónicos como William Dieterle, Federico Fellini, Vittorio de Sica o Dino Risi; Alain Sarde como factor determinante en el cine de David Lynch, Bertrand Tavernier, Claude Sautet, Jean-Luc Godard o François Truffaut; David O´Selznick como un nombre clave en el éxito comercial de películas tan influyentes como Jennie (1948), de William Dieterle, El tercer hombre (The Third Man, 1949), de Carol Reed o Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939), de Victor Fleming; la impronta empresarial de Irvin Winkler en títulos de la enjundia de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1983) y Toro salvaje (Raging Bull, 1980), de Martin Scorsese; Danzad, danzad, malditos (They Shoot Horses, Don´t Yhey?, 1969), de Sidney Pollack o La caja de Música (Music box, 1989), de Constantin Costa Gavras.

Muestra un ejecutivo ajeno al tradicional, que tantos dolores de cabeza suele provocar a los directores

decoration

Ahora bien, otra cosa es que la actividad profesional del productor se limite exclusivamente a fiscalizar la libertad creativa de los realizadores en nombre de la tan manoseada austeridad presupuestaria, argumento que ha acabado frustrando numerosos proyectos cinematográficos potencialmente innovadores, cuya citación ahora alargaría innecesariamente la extensión de este artículo. En cualquier caso, en la mente de cualquier cinéfilo avezado abundan muchos más ejemplos que podrían reflejar la enorme huella que han dejado algunos producers a través de la historia del cine.

Obviamente, no es éste, sensu stricto, el caso del gran Jeremy Thomas (Londres, 1949), un profesional independiente situado al margen de los engranajes del Hollywood más conservador y siempre a la sombra de la figura del director aunque con una fuerte presencia, eso sí, en algunas de las producciones más icónicas del cine europeo y estadounidense de la década de los ochenta y noventa, que protagoniza el documental de Mark Cousins Jeremy Thomas. Una vida de cine (The Storms of Jeremy Thomas), recientemente editado en soporte digital por A Contracorriente, tras su triunfal estreno en la sección Cannes Classics en el último Festival de Cannes.

La película, dirigida por el mismo autor de La mirada de Orson Welles (The Eyes of Orson Welles, 2018) y de The Story of Film: An Odyssey (2011), otros dos jugosos documentales sobre grandes figuras del cine, presentados también en Cannes, nos muestra la poliédrica personalidad de una figura que representa, como pocos en su gremio, la imagen más opuesta a la de los productores convencionales que tantos dolores de cabeza y tanta frustración artística han ocasionado a lo largo de la historia entre quienes mantienen la idea quijotesca de disponer de una independencia plena en el ejercicio de su oficio.

Desde muy joven, Thomas emprendió su carrera con la convicción de que su papel en el cine no podría ser otro que el de crear las condiciones apropiadas para que un cineasta trabajara siempre en total libertad, sin intromisiones y sin las habituales componendas fraguadas en los despachos de las grandes compañías. “Si no fuera así, afirma en una secuencia del filme, mi larga dedicación al séptimo arte hubiera carecido para mí de toda lógica. He trabajado en este sentido bajo la certeza de que mi misión esencial tendría que ser la de la búsqueda constante de la armonía profesional con los directores, encontrar los cauces que les permitieran trabajar libremente, sin cortapisas de ningún género, en la consecución de un único objetivo común: que los resultados de la película respondieran a las directrices previamente marcadas en el proyecto”.

Se compromete desde joven con la libertad y a estar al margen de las componendas de las grandes compañías

decoration

Desde su debut en 1976 con la producción australiana Mad Morgan (Mad Dog Morgan), de Philippe Mora, una especie de western crepuscular centrado en la figura de uno de los mitos más populares de la Australia decimonónica, Thomas no ha cesado de levantar títulos esenciales en la historia del cine moderno como Feliz navidad Mr. Lawrence (Merry Christmas Mr. Lawrence, 1983), el soberbio alegato antibelicista concebido por el japonés Nagisa Oshima; El último emperador (The Last Emperor, 1987), la obra maestra de Bernardo Bertolucci, inspirada en la biografía de Pu Yi, el último emperador de China; Crash (Crash, 1996), una extraña pero perturbadora ficción del canadiense David Cronenberg; Soñadores (The Dreamers, 2013), la original y profundamente emotiva lectura de Bertolucci sobre el Mayo francés a los cuarenta y cinco años de su estallido; El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991), la genial adaptación que hizo Cronenberg de la novela homónima de William Burroughs; Brother (Brother, 2000), el primer filme rodado por el gran Takeshi Kitano fuera de su país y que cosechó tanto comentarios excelentes como críticas furibundas o Insignificancia (Insignificance, 1985), una de las obras más emblemáticas del otrora sacralizado director británico Nicolas Roeg donde asistimos, ahí es nada, a un encuentro surrealista entre Albert Einstein y Marilyn Monroe, plagado de diálogos de una inusitada complejidad.

Compartir el artículo

stats