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CANARISMOS

Venga el dinero, aunque sea del letrinero

Venga el dinero, aunque sea del letrinero

Este registro que podemos escuchar en las islas es sinónimo de la expresión castellana «el dinero no tiene olor» que a su vez es una traslación literal del proverbio latino pecunia non olet, frase célebre que se atribuye al emperador Vespasiano. Viene traducida como «el dinero no huele/no apesta», y puede tener alguno de estos significados para referirse a que no debe ponerse reparo en cuanto a la procedencia del dinero, pues este tiene el mismo valor con independencia de cómo y de quién se haya obtenido. Otra versión del mismo dicho en castellano es la documentada por Correas: «el dinero es caballero»; o expresiones afines como: «el dinero bien huele, salga de donde saliere» o «¡tenga, tenga, venga de donde venga!». Todas ellas se sitúan como antagonismos ideológicos o antítesis literal de aquellas sentencias que hacen de la pobreza una virtud y de la riqueza un «pecado», hasta atribuir al dinero una influencia perversa sobre las personas, como se infiere de la expresión: «el dinero hace malo lo bueno» o la muy «nuestra» «gente rica, gente (d)el diablo». Esta estigmatización del dinero que intenta crear un sentimiento de culpa en quien es afortunado en la vida y goza de una holgada posición económica y, en cierto modo, criminaliza la riqueza, trae reminiscencias del cristianismo. Y ello se aprecia en diversas parábolas y proverbios de los libros que conforman el Nuevo Testamento en los que se tiende a identificar la riqueza como una condición ligada a la imperfección y al mal. Por todas, recuérdese la parábola del camello y el ojo de la aguja («[…] es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos»; Mateo 19). De lo que parecen evidentes los efectos del adoctrinamiento que se han dejado sentir a lo largo de siglos de monoteísmo. Pero esta visión ha contado también con sus detractores entre el vulgo que a través de la fraseología popular busca liberarse de este estigma «maligno» y hasta situarse, a veces, en el lado opuesto de esta visión. De lo que dan fe algunos dichos que con cierto desparpajo manifiestan indiferencia, cuando no complicidad, con la dudosa procedencia del dinero como aquel viejo refrán que dice: «Vengan los cuartos del velorio, cásese el diablo con el demonio» (que pone en evidencia la hipocresía de las contravenciones de la propia iglesia respecto al dinero), o el propio dicho comentado: «Venga el dinero, aunque sea del letrinero». Estos pueden parecer que flanquean los linderos de la decencia o incluso de los que invocan la neutralidad de este bien fiduciario que es la moneda como valor de cambio y cuyo sentido aséptico se delata en el latinismo pecunia non olet.

En la frase proverbial «venga el dinero, aunque sea del letrinero», el imperativo «venga» quiere decir «que entre el dinero», «bienvenido sea». El «letrinero» hace referencia al antiguo oficio de «pocero», que era quien se encargaba de limpiar las letrinas y pozos negros de residuos fecales. El de letrinero era un oficio repudiado por inmundo que aparece en las ciudades ante la inexistencia de una red de saneamiento urbano, lo que supuso un adelanto si se considera que en época anterior las aguas fecales se arrojaban a la vía pública. Se trataba de un oficio duro y penoso, hasta el punto de que los letrineros eran segregados socialmente. Por el contrario, eran bien remunerados, lo que suponía que en algunos casos llegaban a enriquecerse. En esta época se inspira este dicho que viene a poner en contradicción el repelús por quienes desempeñan este desagradable oficio, pero que no desprecian ni hacen ascos a «sus dineros» y lo aceptan de buena gana, pues ya se sabe que, «venga de donde venga», «el dinero no apesta».

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