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Amalgama

Osel

Juan Ezequiel Morales El Día

En un meeting al que acudí a finales de octubre, en la fecha señalada por la tradición de Samhain para con los difuntos, me ocurrió algo gracioso. En el aquelarre para hacer la liturgia, que me permitieron observar, me dijeron que me acercara para, al terminar, hacer una lectura de cartas de los ancestros. Era un terrero circular, parecido a uno de los antiguos bailaderos preindígenas. Me levanté de donde estaba y me coloqué en una silla cercana al borde del precipicio. Al ir a sentarme sentí como una fuerza poderosa que me tiraba hacia atrás y, efectivamente, era que la silla había cedido y estaba ella y yo cayendo por el terraplén, de la forma más ridícula, el bastón que llevaba por la convalecencia de un accidente con artes marciales para un lado, el sombrero para otro lado, y yo como una caracola dando vueltas hacia atrás, como en una continua caída de aikido... hasta que paré. Al mirar hacia arriba vi a todas las participantes observándome curiosamente para comprobar si me había herido, pero estaba perfecto y envainé toda la vestimenta de nuevo, gorro, bastón, chaleco y zapatos.

Lo traigo a colación de una sensación semejante en Granada, hace cuarenta años, cuando iba en busca de Osel, la reencarnación del Lama Yeshe, que vivía en Bubión e iba a ser trasladado a un monasterio de India para ser educado, como Tulku, en su tradición Gelugpa. Estaba yo en Granada, previo al camino hacia el centro Oseling, más allá de Órgiva, y permanecía en posición meditativa Vajra, en la habitación de un hotel sita en el octavo piso, cuando me creí arrostrado hacia atrás y hacia adelante por un viento místico, y he aquí que, al igual que ahora en el aquelarre, se trataba de un fenómeno meramente físico, a causa de un terremoto de casi cuatro grados en la escala de Richter, que movía las lámparas, los muebles, la ventana y a mí mismo. Proseguí el camino y llegué a ver a Osel, el niño Tulku.

Tulku llaman los tibetanos, tanto budistas como Bön, a los seres que controlan parcial o totalmente la muerte y reencarnan eligiendo el lugar y la matriz en la que van a hacerlo. Y tal es lo que había hecho el Lama Thubten Yeshe, muy conocido por la comunidad budista en España, antes de fallecer en 1984. La grandeza de estos Tulkus es que han decidido, ciertamente, conquistar el mundo moderno y contemporáneo. Los lamas Yeshe —de la rama Gelugpa— o Chögyam Trungpa —de la rama Kagyupa y Ñingmapa—, fueron muy reconocidos por mezclarse directamente con los hippies, entregarse puntualmente a las experiencias psicodélicas y vivir el mundo de las sensaciones, en medio de una fuerte disciplina tanto cultural como procedente del linaje de miles de años de ejercitación. Y el ejemplo ha seguido.

Osel

El niño Osel Hita Torres, aun reconociendo que es reencarnación de Lama Yeshe, se despendoló a los 18 años, y pasó a vivir la vida cotidiana. En una reciente entrevista que le hace Fernando Goitia con motivo del estreno, el 3 de noviembre, en HBO Max, de un documental de Lucas Figueroa sobre aquel evento de los años ochenta que conmocionó la España de la movida y el desenfreno, la reencarnación, en Granada, de un Lama, Osel narra cómo nació el 12 de febrero de 1985 y, seguido por los oráculos tibetanos para rescatar al Lama Yeshe, fue trasladado a sus 14 meses a un monasterio de Dharamsala, donde permaneció sin cine, sin juegos, sin música, y sin padres, estudiando los textos budistas de Metafísica del Vacío, hasta que, a sus 18 años, decidió salir del monasterio a vivir la Dolce Vita.

Es ahora que, habiendo incluso sido padre hace cinco años, se decide a contar su historia, entre cuyas delaciones está el que, hasta sus siete años, y sin previo conocimiento, reconoció al chófer del lama Yeshe, la habitación donde vivía en su hogar de California, o hizo el baile de saludo que el lama Yeshe hacía a una mujer que había sido confidente suya. Osel manifiesta, apoyándose en los amplios estudios del psiquiatra Ian Stevenson, que la reencarnación, como hecho constatable a lo largo de miles de historias testadas, es algo que ocurre, pero tampoco se emplea a fondo en el tema, pues se declara agnóstico y razonador.

Osel deseaba una vida normal: «Nunca he dejado de estudiar, pero no quiero ser maestro», dice Osel, «No quiero discípulos. Soy libre. Soy un amigo». Con ese espíritu libre, recuerda que el Lama Yeshe «andaba con hippies, conducía un descapotable, entró en un club de strip-tease, se fue a Disneylandia…». Y Osel siguió la tradición, se fue a Ibiza: «Me hice tatuajes, me dejé crecer el pelo, vi tetas por primera vez, probé el alcohol, que me pareció asqueroso. Nunca tomé drogas de diseño, solo lo que procede de las plantas. Porque si la Tierra las ha creado son parte de lo que somos. En el monasterio, de hecho, me fui haciendo una lista de sustancias que quería probar al salir. No quería limitaciones. Además, si mi misión era ser puente entre Oriente y Occidente, me ayudarían a entender este lado del mundo». Osel confiesa que se sintió abandonado por sus padres, lo que en psicología transgeneracional indicaría ciertos comportamientos reactivos, y por eso le da prioridad a dar presencia a su hijo, después de haber estudiado en Canadá, en Suiza, en Italia y, finalmente, en la calle como un homeless, para luego volver a Madrid, California, Hawai, Ibiza.

El lama Yeshe se ha divertido en su nuevo traje viviente y, sobre todo, ha cumplido con la advertencia del mensaje de la Iglesia de Laodicea, en el Apocalipsis: «Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca».

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