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Rafael Cabanillas | escritor / autor de la TRilogía ‘En la raya de lo infinito’

Rafael Cabanillas: «España tiene un problema muy complicado con la despoblación»

Rafael Cabanillas Saldaña (1959, Carpio de Tajo - Toledo). | | E.D.

En sus novelas retrata una España vaciada que no deja de perder pueblos. Ese es el punto de partida que Rafael Cabanillas Saldaña (1959, Toledo) utiliza para impulsar los capítulos de Valhondo, la trama con la que cierra la trilogía En la raya de lo infinito. «Para mí es un grito desesperado de que esto se acaba», avanza el escritor nacido en Carpio del Tajo.

¿Los críticos apuntan que Valhondo es el cierre de oro de la trilogía En la raya de lo infinito?

Para mí es un grito desesperado de que esto se acaba; de que ya no queda nada más. Valhondo [se presenta el 7 de octubre en El Retiro de Madrid] ocupa el mismo espacio y el mismo paisanaje que aparece en Quercus y en Enjambre, es decir, la soledad de la sierra y el peso que esta ejerce sobre sus vecinos.

¿Eso es una radiografía perfecta de la España vaciada?

Los libros se pueden leer por separado, pero reconozco que no fue nada sencillo sobrevivir al impacto inicial de Quercus. Segundas partes nunca fueron buenas, pero con Enjambre salimos reforzados y ahora lo volvemos a intentar con Valhondo [Valle Hondo] y sus carboneros, corcheros, furtivos, guardas de fincas, leñadores, mieleros, pastores... Es una llamada de atención que está dirigida a parar el abandono progresivo que se observa en muchos pueblos de España.

¿Por qué muere un pueblo?

Lo que mueve al ser humano es el pan, y los canarios, que están tan cerca de África, conocen de primera mano el drama humanitario de miles de africanos que se suben a un cayuco en busca de una oportunidad. Algo parecido a un milagro. El hambre no se apaga por muchas alambradas de espinas que montes o el miedo que puedas llegar a sentir mar adentro. Si no tienes nada con qué ganarte la vida, al final te marchas, ¿no? Eso funciona así en Senegal y en Castilla La Mancha.

¿Al final habrá que culpar a la economía «invisible» que parece que no está, pero sí que está?

La despoblación es un fenómeno que crece gota a gota hasta que se convierte en algo irremediable... Ese es el momento en el que aparecen los lamentos. Cuando todo se reduce a una cuestión de pura supervivencia se acaba perdiendo la conexión con el relevo generacional y no queda otra alternativa que hacer las maletas.

¿Y sobre ese despoplamiento ha construido Valhondo?

Es la historia de un joven maestro [20 años] que es destinado a un pequeño pueblo de la sierra –siempre envuelto entre la niebla– con la misión de enseñar a una veintena de chavales en una escuela unitaria. Dicen que tiene algo de Delibes, Cela o Saramago pero eso son palabras mayores.

Sí, la presión no es chica...

[Ríe] Ya le dije que eran palabras mayores. Nuestros antepasados se anudaron a su tierra para amarla, cuidarla y abandonarla con los pies por delante... Eso ha cambiado por las prisas de una sociedad en la que resulta cada vez más difícil encontrar vínculos con nuestras raíces. Eso está en los libros de Delibes, Cela y Saramago, pero también en las páginas de Valhondo, Enjambre y Quercus. Ese sentimiento de pertenencia lo hemos cambiado por una vida tóxica, destructiva y contaminante.

¿El profesor que pone al frente de la escuela unitaria de Valhondo es como una especie de anclaje para que los niños se queden en el pueblo?

No es una historia que esté ambientada en la posguerra, sino que se da en la década de los ochenta del pasado siglo y no deja de ser curioso que la única casa que tiene agua corriente sea la del maestro. Los niños son la esperanza e incluso la resistencia para que no se produzca una fuga masiva de la aldea.

¿Desde dónde fluyen las ideas de sus historias?

Escribir desde las tripas de una novela suele agitar la curiosidad de un lector y eso es algo que está presente en las tres partes de En la raya de lo infinito. Los corcheros rascan cada diez años los árboles para buscar el corcho y transformar los troncos grisáceos en almas anaranjadas y resplandecientes. Pues de alguna manera yo busco historias entre las capas de mi vida...

Una curiosidad, ¿en todas las portadas de sus libros hay un árbol?

Eso no es casual. El árbol es un símbolo de vida, aunque en la portada de Enjambre la encina parezca que esté un poquito perjudicada... Puede que nuestro día a día no nos permita ver más allá de lo que tenemos justo delante de nuestros ojos, pero España tiene un problema muy complicado con la despoblación. No sé si eso tiene remedio, pero es que lo que viene después es mucho más grave y está vinculado directamente con el cambio climático.

¿Pero el cambio climático nos toca a todos por igual?

Sí, ahí las condiciones son totalmente distintas a las de un pueblo perdido en el fin del mundo. El desgaste del planeta es algo que se está dando en Singapur, en Carpio del Tajo o en La Laguna. Eso sí que nos tiene que preocupar porque no tenemos otro.

¿Usted, que suma más de medio centenar de viajes por el continente africano, entiende el drama de los que quieren huir del lugar en el que nacieron?

Cuando África te llama se mueve algo en tu interior que te hace regresar una y otra vez, pero la realidad de los que han crecido en ese continente es totalmente distinta a la de un aventurero. Su aventura se encuentra lejos de casa y suele tener una parada en este archipiélago o en el sur de Europa. Eso también es un Valhondo gigantesco.

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