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Venga, circule

Gente peligrosa

Gente peligrosa

La biografía de un antiguo amigo de Twitter reza: «Aquí hay gente muy peligrosa». Toda en minúsculas, no sé si fue intencional o si no tenía las mayúsculas iniciales activadas por defecto. Quizá quería transmitir que a él la peligrosidad de esas personas a las que se refiere no le importa mucho. Nunca le pregunté. No le falta razón, la verdad, sea en minúsculas o en mayúsculas, en Internet hay gente muy peligrosa. Una vez un señor dedicó una madrugada entera a enviarme links a vídeos de homenajes a José Luis Pérez de Arteaga, de Shostakovich y de J. S. Bach. Imagine que usted es una mujer joven que una mañana alarga la mano para alcanzar su móvil y ve 92 notificaciones nuevas en la pantalla, todas del mismo enajenado. El primer mensaje era un cumplido, el último fue un insulto porque no respondí a nada. Estaba durmiendo, lo siento. Esa misma mañana configuré mi cuenta para que nadie fuera de mi lista de amigos pudiese escribirme por privado.

Un muchacho se dedicaba a responder a todo lo que yo publicaba en Internet. Era imposible reciprocar la atención no solicitada. Llegué a sentir que me respiraba en la nuca, que me seguía por todas partes, que un día se presentaría en el portal de mi casa y me acuchillaría la cara por no mostrar el mismo entusiasmo que mostraba él en mis publicaciones. De vez en cuando he tenido la impresión de que llega un momento en la vida (en Internet) en el que muchas de las personas que te siguen dejan de considerarte un ser humano, alguien real, y pasan a verte como verían a un animal en un zoológico. Si no te mueves lo suficiente o no haces una gracieta que les guste, sacuden tu jaula y ponen una reclamación. A mí no me gustan los zoológicos, los aborrezco, así que cogí esa cuenta mía que había abierto en 2008 y la borré de un plumazo. Más de cien mil tuits y cinco mil seguidores al vacío, no me importó. Como en Internet no tienes jefes, la reclamación llega en forma de mensaje privado a tu cuenta. Suelen ser mensajes rabiosos, hirientes, de palabras retorcidas en frases que nunca te dirían a la cara. En Internet hay gente muy peligrosa. Una vez fui a un curso de preparación de café en v60. A ese mismo curso asistió alguien que sabía quién era yo porque llevaba años leyendo mis chistes en Twitter. Yo no sabía quién era él, no tenía ni idea de que él como individuo, como persona, existía. Se me acercó al final de la sesión y me abordó llamándome por mi nick. Me pareció terrorífico.

Quizá tendría que haberme sentido halagada, no lo sé. De nuevo, imagínese que es usted una mujer joven que tiene perfectamente separada su vida real de los chistes que hace en Internet porque entiende que las personas cambian ante cada una de las pantallas a las que se enfrentan en la cotidianidad del día a día. Una pantalla: el trabajo. Otra pantalla: los amigos. Una pantalla más: la familia. Ahora, un extraño la aborda, se planta frente a usted y la llama por su seudónimo ante otras personas a las que ve todas las mañanas porque usted es una criatura de costumbres, de rituales, le gusta beberse el mismo café en la misma mesa de la misma cafetería todos los días sobre la misma hora. No quiso irse el tipo, no quiso dejarme en paz. Se empeñó en acompañarme adonde fuera que yo iba. Después de ese día me sentí vulnerable de una forma que hoy todavía me cuesta verbalizar del todo, pero dejé de ir a ese sitio a tomarme mi café. Él no tiene ni idea de lo incómoda e invadida que me sentí. Ojalá lea estas líneas. Ojalá sepa qué hizo mal y no vuelva a repetirlo nunca.

En el extremo opuesto, Internet está plagado de personas maravillosas. Me despidieron hace unos días del trabajo de repente, en un ¿puedes subir un momento? a una carta que se me entregó en un sobre con documentación donde solo atiné a leer la palabra «reestructuración». Yo cogí ese sobre y tragué saliva y cuadré los hombros porque eso es lo que hacen las personas adultas, supongo. Cuadrar los hombros constantemente. Escribí: «Me acaban de despedir» y la pantalla de mi móvil pareció adquirir vida propia, un monstruo pegado a la palma de mi mano que se iluminó con consejos sobre cómo proceder, dónde ir, en qué fijarme antes de firmar, qué no firmar. Me sentí querida y protegida por ese grupo de personas que habían sido extraños pegados a un avatar y que con los años se habían convertido en un punto que señalar en el horizonte y llamar «amigos». Ceci n’est pas un téléphone, me dije mientras lloraba. ¿Lo entienden? Conseguí reírme hasta en una situación así. Ya no tengo esa cuenta que borré porque me cansé de los arrobas y las respuestas desubicadas. Soy ante todo una persona que quiere vivir tranquila.

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