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Poder y tiranía de las imágenes

Tres novedades que proponen dejar sus funciones figurativas para cambiar la percepción de nuestra propia imagen, y con ella, de nuestro yo

Viñetas de ‘La sala de los espejos’, de Liv Strömquist. | | ELD

Las imágenes nos envuelven y nos inundan, aparecen en cada esquina, en cada pantalla, en cada papel… Son parte ya indisoluble de nuestra existencia, siempre guiada por una dependencia de lo visual que hoy deja de ser un simple correlato fidedigno de nuestro entorno para transmutar en mundos virtuales, ya ni siquiera imaginados por un ser humano, sino por los omnipresentes algoritmos de la inteligencia artificial. Imágenes que dejan sus funciones figurativas para convertirse en dueños de nuestras decisiones hasta el punto de cambiar la percepción de nuestra propia imagen y, con ella, de nuestro yo.

La autora sueca Liv Stromqüist ha desarrollado en su obra anterior una reflexión constante sobre la interacción entre la realidad sociocultural y la íntima, siempre desde una perspectiva feminista que la ha llevado a abordar temas como el amor, las relaciones sociales o la sexualidad, en un camino que lleva con lógica a La sala de los espejos (Reservoir Books, traducción de Borja Pagán y Alba Nerea, publicada también en catalán por Finestres), donde apunta directamente a esas imágenes que han conseguido a lo largo del tiempo traducirse en un tiranía constante que impone un aspecto determinado a la mujer. Como ya es marca de la autora, Strömquist despliega un juego referencial en el que la investigación académica se entrecruza con la historia y la cultura popular: el filósofo René Girard comparte espacio con la influencer Kylie Jenner mientras Carlomagno acompaña al sociólogo Zygmunt Bauman o al fotógrafo Bert Stern, componiendo un relato histórico y sociológico de la imposición de la imagen sobre la mujer que obliga a poner en tela de juicio las actitudes que asumimos como normales en nuestro día a día. Strömquist vuelve a demostrar en este ensayo gráfico su demoledora lucidez.

Pero las imágenes, también, tienen el poder hipnótico de arrebatarnos, de abducirnos como a José Sirgado en la película de Zulueta, hasta desaparecer en esa ventana abierta a otros mundos. En Olot (Autsaider Cómics, publicada en catalán y castellano), Jorge Alderete explora esas fotografías que han marcado la historia de la capital de la comarca gerundense de La Garrotxa con fascinación, creando un cuadro donde conviven desde famosos crímenes, secuestros mediáticos que impactaron a los espectadores o avistamientos de OVNIS con la compleja geología volcánica de la zona y la insospechada conexión entre la isla de Pascua y la ciudad catalana. Episodios inconexos aparentemente que Alderete hila en un eje misterioso e inquietante que entronca con la nueva mitología fantástica que lo paranormal ha instalado en el imaginario colectivo. El potente trazo del dibujante y sus cromatismos de oposición violenta consiguen que las imágenes de Olot queden grabadas con fuerza en la retina, como un mantra que permite entrar en una realidad alterada de la que resulta difícil sustraerse, quebrando nuestra incredulidad para establecerse como verdad aceptable y sólida que sustituye a la lógica y al razón para reclamar su espacio como la verdadera memoria de la realidad.

O puede, simplemente, que las imágenes sean un espacio íntimo y personal, que conforma nuestra remembranza como una galería de instantáneas reconstruidas a golpe de memoria. Carlos Spottorno pone en el mapa ese espacio en No vuelvas a Roma (Astiberri), haciendo de la ciudad eterna un baúl de imágenes que componen un pasado que se confunde con la construcción de la persona. Para el fotógrafo, Roma es su infancia, sus recuerdos, una vida de ida y vuelta en el que la historia que empapa cada rincón de la ciudad son imágenes de su propia existencia. Inmensas estatuas, monumentos imponentes, que para muchos son recuerdos de los libros de texto y que para Spottorno son además parte de sí mismo, creando un retrato en el que todos de alguna manera coincidimos: en que la Historia, con mayúscula, es el espacio en que se viven las pequeñas historias que la constituyen.

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