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Análisis

La CIA y la Guerra Fría cultural

Un grupo de veteranos de la Organización de Servicios Especiales americana inició una enorme operación para conseguir contrarrestar la influencia soviética en Europa

Portada del libro ‘La CIA y la Guerra Fría cultural’. | | E.D.

Este es un libro sobre el engaño. Cuenta como un grupo de intelectuales, salidos de las más prestigiosas universidades americanas, de familias poderosas, veteranos de la Organización de Servicios Especiales (OSS) y convencidos de ser un elite con la responsabilidad de salvar el mundo, su mundo, empezaron nada más terminar la Segunda Guerra Mundial, una operación destinada a contrarrestar la influencia soviética sobre los intelectuales europeos y aislar al grupo de Simone de Beauvoir y su compañero Sartre, para que no tuvieran ningún peso en la vida intelectual europea. Para ello, primero desde los organismos estadounidenses de administración de la Alemania ocupada y después de la recién creada CIA, desviaron todos los años el cinco por ciento de los fondos del Plan Marshall, unos doscientos millones de dólares actuales, para financiar desde revistas al Congreso por la Libertad y la Cultura (CLC).

Llegaron a acuerdos con el Vaticano para favorecer y desarrollar los sindicatos de la Iglesia en toda Europa, intervinieron en las elecciones de Francia e Italia para impedir el avance electoral de los partidos comunistas y a través de una intrincada red de fundaciones, privadas unas como la Ford o la Rockefeller y falsas otras como la Fairfield, financiaron todo tipo de actividades vinculadas a la cultura para introducir la cultura americana en las élites intelectuales europeas. No solo pretendían salvar al mundo del comunismo sino además la americanización de Europa en todos los ámbitos. Fue una gigantesca operación de engaño en la que participó todo tipo de intelectuales, casi todos ignorantes del origen de los fondos y de los objetivos perseguidos. Sus impulsores no eran zafios agentes secretos.

Eran hijos de la élite estadounidense, amantes del arte y la literatura moderna, con sensibilidad artística pero con el convencimiento de que como tal élite tenían el deber de luchar contra el comunismo y dar a las masas los que ellos consideraban que debían tener y no otra cosa. Su visión de la democracia y la libertad se circunscribía a la democracia y a libertad de ellos. El resto de la gente ni sabía, ni merecía otra cosa que una democracia y una cultura tuteladas por los Estados Unidos. Este convencimiento de su superioridad intelectual y moral les hizo rechazar los modos bruscos y levantiscos de personajes como Arthur Koestler, que actuaba con la fe del converso en su denuncia de los males del estalinismo. El rechazo se hizo más fuerte cuando se filtró que el propio Koestler había sido un delator de disidentes cuando vivió en la Unión Soviética. La virulencia del húngaro chocaba con los métodos de la elite que dirigía la operación de engaño en nombre de la CIA. Igual que rechazaban el macartismo, por considerar que además de exagerado y fanático, usaba los mismos métodos hacia los intelectuales disidentes que el Kremlin.

Algunos de los más prestigiosos intelectuales europeos no tardaron en darse cuenta del tinglado organizado por los espías americanos. Raymond Aron o Bertrand Russell por ejemplo. Otros dijeron que nunca supieron que los fondos que financiaban sus elitistas y ruinosas revistas, las grandes exposiciones de arte abstracto o las sesiones del Congreso por la Libertad y la Cultura provenían de la CIA a través de la red de fundaciones. El poeta Spender, que cobró un buen sueldo por dirigir la revista Encounters, fiscalizada en cada uno de sus artículos por los agentes americanos, negó siempre tener conocimiento de tal financiación. Sin embargo, las numerosas cartas que cruzó con los responsables del CLC no dejan duda alguna de las recomendaciones y reconvenciones que le dirigen sobre los temas a tratar, el modo de hacerlo y que artículos publicar o no.

Llamativa fue la promoción a nivel del expresionismo abstracto que asumió la CIA. A través del Museo de Arte Moderno de Nueva York, en el que tenían agentes trabajando en puestos claves y cuyos patrocinadores (Rockefeller, por ejemplo) colaboraban conscientemente, lanzaron a artistas como Pollock o Rothko, ofertándolos como el arte made in America, a la altura de cualquier vanguardia europea y que podía resumirse en el slogan: el expresionismo abstracto es el arte de la libre empresa. La Fundación Rockefeller y el MOMA se dedicaron a comprar obras de la nueva corriente y a organizar exposiciones por todo el mundo. Se trataba de ejemplificar la libertad del artista frente a la obra de pintores como Hopper al que se consideraba demasiado pesimista y limitado, como lo estaba el realismo socialista. El objetivo en este caso era contrarrestar la influencia de Picasso.

Este tipo de acciones las justificaban moralmente como acciones de mecenazgo. Al fin y al cabo, discurrían, sin el patrocinio de Papas, reyes y burgueses, ni Miguel Ángel ni Velázquez hubieran podido vivir de su arte. Ellos actuaban igual.

Además de financiar poetas, escritores, artistas, revistas y congresos, llegaron a acuerdos con directores de Hollywood como John Ford para que en sus películas aparecieran, de manera subrepticia, valores americanos. Se discutía desde el guion a la caracterización de los personajes. Un buen americano no podía aparecer cometiendo adulterio o borracho perdido, salvo porque no quedara otro remedio. Cuando rodaron las primeras versiones de Rebelión en la granja y 1984, cambiaron los finales para que se ajustaran mejor a sus intenciones. Pero antes desechaban los informes que Orwell trasmitía al servicio secreto británico. Informes ridículos tipo Fulano habló a favor de los negros, mengano es judío y los judíos dominan el mundo y me persiguen. Uno lee con dolor esa confirmación de la absoluta paranoia que invadió al autor inglés en los últimos años de su vida.

Frances Stonor escribe de manera ágil, convirtiendo lo que fuera su tesis universitaria en un animado reportaje, cargado de anécdotas y sólidamente argumentado, no solo con documentos, cartas y memorandos que ha localizado, sino también con entrevistas a algunos de los implicados. Las cuatrocientas ochenta y seis páginas se leen con gusto y nos arrastran hasta que en los fines de los sesenta la historia sale a la luz en una investigación del Congreso de los USA sobre los fondos de la CIA. Fue en 1967 cuando desmontaron el tinglado. Llama la atención que no se aporte nada de la posible penetración de la operación en España. Quizás porque aquí ya funcionaba el nacionalcatolicismo de Franco como forma de control de la cultura.

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