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Música y lágrimas

En el centenario de su nacimiento, la imagen de Judy Garland sigue conservando su consistencia como musa indiscutible del melodrama y como icono del cine musical, pero con una vida sembrada de infortunios

Judy Garland en ‘Ha nacido una estrella’. El Día

Aunque su triunfo fue de los más meritorios que recogen los anales del cine estadounidense Frances Ethel Gumm, artísticamente conocida como Judy Garland (Grand Rapids, Minnesota, 1922/Londres, 1969), actriz de talento desbordante y cantante dotada de una capacidad vocal excepcional, se convertiría, desde muy joven, en una de las celebridades más controvertidas e inestables del viejo Hollywood y su carrera, emprendida en 1936 con una breve aparición en la comedia Locuras de estudiantes (Harmony Parade), de David Butler, donde canta tres canciones, conocería todo tipo de obstáculos, que ella, vanamente, se esforzaría en superar ofreciendo, a su manera, muestras de su inquebrantable perseverancia y tenacidad en su decisión por transformarse en una gran diva del cine y de la canción, objetivo que finalmente alcanzaría pero a costa de vivir una existencia sembrada de infortunios, de cinco divorcios, de maltratos continuados de una madre tiránica, de su pasión adictiva por las drogas y el alcohol y de sus varios y sonados intentos de suicidio.

Su prematuro fallecimiento en 1969, a los 47 años, se tradujo automáticamente en una manifestación masiva de duelo y en la prueba más elocuente de la fuerte pulsión autodestructiva que le asedió durante toda su vida. «Judy fue», como afirmó su gran amigo y protector Joseph L. Mankiewicz, «su propia salvadora pero a la vez su propio verdugo». Lo cual no le impidió desarrollar una de las carreras profesionales más brillantes en un corto periodo de vida, mostrando siempre sus propias cartas ante sus amigos y ante sus enemigos, que en un ámbito tan cainita como el del espectáculo estos últimos crecen como las setas en el monte. De ahí que en las múltiples biografías publicadas, unas autorizadas y otras no, se ponga especial acento en el perfil ciclotímico de su personalidad y en sus anhelantes deseos por complementar su agitada vida privada con su pasión irrefrenable por alcanzar las cotas artísticas más elevadas en una carrera cuajada de obstáculos, sobre todo para una mujer que no reunía los cánones de belleza de una star típicamente hollywoodiense, como sus coetáneas Lana Turner, Susan Hayward, Ava Gardner, Gene Tierney, Lauren Bacall, Jean Simmons, Linda Darnell, Maureen O’Hara o Jennifer Jones, y arrastrando un lastre emocional tan prolongado, sangrante y explosivo.

Recién cumplidos los 17 años, le llegó el papel estelar que la catapultaría definitivamente al olimpo de la fama

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Sus continuos intentos por obtener el papel estelar que la catapultaría definitivamente al olimpo de la fama no le llegaría, pese a su insistencia y tesón, hasta tres años después de su debut bajo el paraguas de la Metro Goldwyn Mayer y recién cumplidos los diecisiete, una edad que teóricamente le impedía encarnar el papel de la pequeña y mítica Dorothy, la niña protagonista de El mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), de Victor Fleming, basada en el popular cuento El maravilloso mago de Oz, del escritor neoyorquino Lyman Frank Baum, uno de los libros infantiles más populares de la historia de la literatura anglosajona, editado en 1900.

Sin embargo, Louis B. Meyer, jefe supremo de la Metro y el productor Mervyn LeRoy, desoyeron los consejos de sus directivos de apostar por Shirley Temple (algunos años más joven que Judy) para interpretar el papel de la inocente heroína del libro de Baum y siguieron defendiendo la idea inicial de que Garland, pese a su edad, sería la actriz más apropiada para desempeñar el rol de Dorothy, confiando naturalmente en la destreza de los diseñadores de vestuario de la compañía para convertir a toda una adolescente en una jovencita de solo catorce años. Objetivo plenamente alcanzado a tenor del larguísimo recorrido comercial que tuvo, y que aún sigue teniendo, la película en algunas plataformas y en sus incesantes ediciones en soporte digital.

El mago de Oz se estrenó en 1939 con un éxito comercial sin precedentes en el cine hollywoodiense, hecho que le proporcionaría a la actriz, además de un óscar especial, el mejor salvoconducto para escalar los peldaños necesarios que le permitirían asentar definitivamente su estatus de gran estrella juvenil en medio de un contexto industrial muy proclive en aquellos momentos a asumir producciones centradas en el universo de la juventud, como quedaría reflejado tras el éxito apoteósico cosechado por figuras de la popularidad de Mickey Rooney, Jackie Cooper, Diana Durbin, Cora Sue Collins, Freddie Bartholomew o Shirley Temple.

Pero la larga sombra que proyectó esta película sobre el futuro de Judy no consiguió nunca opacar otras muchas actuaciones que han quedado fuertemente selladas en la memoria de legiones de cinéfilos, como sucedió con los musicales Los hijos de la farándula (Babes in Arms, 1939), Armonías de juventud (Strike Up the Band, 1940), For Me and My Gal, (1942) y Babes on Broadway (1941), dirigidas con su habitual inventiva visual por el también coreógrafo Busby Berkeley; Cita en St. Louis (Meet Me in St. Louis, 1944), The Clock (1945), Ziegfeld Follies of 1946 (1946) y El pirata (The Pirate, 1948), a las órdenes de Vincente Minnelli, su tercer marido y mago indiscutible del color; Easter Parade (1948), de Charles Walters, otro maestro del género; Ha nacido una estrella (A Star Is Born, 1954), de George Cukor, un sórdido melodrama que parece extraído de su propia biografía, con James Mason como partenaire, donde demuestra su enorme capacidad para encarnar a una gran estrella del cine arruinada por su espíritu autodestructivo y por un mundo al que, en el fondo, desprecia abiertamente.

Bajo la batuta de Cukor demuestra su capacidad para encarnar a una gran estrella de cine arruinada

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Una corta pero intensa composición de una mujer judía en Vencedores o vencidos (Judgment at Nuremberg, 1961), de Stanley Kramer, inolvidable representación del proceso judicial que reunió a parte de los grandes gerifaltes del Tercer Reich tras el final de la Segunda Guerra Mundial, y Ángeles sin paraíso (A Child Is Waiting, 1963), de John Cassavetes, precursor por antonomasia del cine Off Hollywood, coprotagonizada por Burt Lancaster y Gena Rowlands, son sus dos últimos y espléndidos trabajos para la gran pantalla, muchas de cuyas imágenes constituyen el testimonio más evidente del talento dramático de esta intérprete realmente inclasificable.

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