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Literatura
Ricardo Marrero Gil Escritor y periodista

«Es hora de que escuchen, lean y apoyen a la joven escena canaria»

El escritor y periodista Ricardo Marrero Gil. E. D.

Ricardo (Tenerife, 1999) está al otro lado del teléfono. Habla despacio porque sopesa cada palabra en la que es su primera entrevista con un poemario recién horneado. Después de ser seleccionado en el Festival Índice del Cabildo de Tenerife, atrajo la mirada de Elsa López y su editorial por el pulso prieto y apasionado que destila su lírica. El joven periodista publica ‘A la sombra del fuego’ mientras se descubre a sí mismo. 

En A la sombra del fuego contemplamos el nacimiento de una voz que se cuestiona tanto a sí misma como a las palabras que le han dado sentido.

Ese despertar nace un poco de la necesidad de explorar nuevos espacios, lenguajes y formas. La escritura es algo que siempre ha estado conmigo desde que era pequeño, pero a la poesía llegué hace bien poco, decidido por lecturas y experiencias que me han ido forjando. Entonces, digo, qué tal si escribo un poemario, y este habla fundamentalmente de la noche y el querer. Así que el amor y la muerte son conceptos que están entrelazados e hilo conductor de este primer poemario cuya palabra clave es el desasosiego.

¿Qué ha supuesto este viaje interior donde desordena las referencias, como Cortázar?

Ese proceso es un camino que nunca acaba. Quería que A la sombra del fuego fuera el título porque el poemario está lleno de contradicciones, paradojas, de laberintos, y quería que mediante la antítesis se crearan nuevos significados. Al final, una pregunta te lleva a otra y, si sigues tirando del hilo, pues no tiene fin. Tenía en mente el concepto de juego de Cortázar y quería ver en qué estilos estaba cómodo. Por ejemplo, hay poemas mucho más líricos e igual más cercanos a Lorca y Neruda y otros en los que me dejo embriagar por el surrealismo, con Octavio Paz o la mística de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Sobre el desorden, Cortázar lo hacía en Rayuela -aquí diríamos jugar al tejo-. Cada poema simboliza el momento en que lo escribí; no obstante, una vez los tuve todos delante de mí, fui reordenándolos tal y como los sentía y, en parte, fue para desconcertar al lector. Cuando escribo hay un fogonazo inicial. Después, vuelvo a él día tras día y sé que está terminado cuando es irrevocable: el poema no quiere decir sino que directamente dice, por lo que cada verso es irremplazable.

Se nos ha acabado el tiempo de las verdades absolutas.

Absolutamente. Se le ataca mucho a lo contemporáneo por la teoría de la modernidad líquida pero creo que, en realidad, el nuevo orden es que no hay verdad. Esas son las reglas a las que hemos de enfrentarnos, nos guste o no.

Lo dice alguien que tiene formación periodística.

Igual el periodismo me ha dado sentido crítico. Quizás, también, una mirada sintética, lo cual necesita ser usada en la poesía. Pero lo que pesa más es la ausencia, ya que el lenguaje periodístico en términos hegemónicos está muy limitado y la poesía te ofrece todo lo contrario: es la riqueza del lenguaje metarreferencial. Llego a ella como un periodista sediento de explorar una voz literaria.

«Hoy es el día del hombre que pregunta cuándo se deja de ser un lobo». ¿Falta un verso común?

La auténtica poesía nace del yo, pero es responsabilidad del escritor decidir hacia dónde orientar esa identidad. La mía, aunque está en construcción, está hacia la colectividad. Muchas veces se habla de que una obra o película es político y creo que es un enfoque erróneo. En cambio, deberíamos hablar de autores politizados porque, aunque se hable de una experiencia desde la subjetividad, si el autor lo está, va a entretejer su yo con otros yoes y así es como se crean las causas de las comunidades.

¿Qué significa la insularidad en un libro cuya dedicatoria reza «A mi tierra, que es morada y sepulcro»?

Para empezar, estoy profundamente agradecido a Ediciones La Palma. Es un honor que mi primer poemario vea la luz de la mano de Elsa López, quien es una referente de las letras canarias. En cuanto a lo que me dices, te diría que la mía es una insularidad en conflicto. Por un lado, está el orgullo y el sentimiento de canariedad que perdura y está en mi infancia, mis memorias, mis amores… Pero mis pasiones siento que están fuera. Siempre he tenido la curiosidad de ver qué hay más allá del Atlántico. Ese juego lo voy arrastrando a lo largo de todo el poemario. Lo que me planteo es que, quizás, puede ser una suerte vivir en estas Islas paradisíacas, sin embargo, somos más que un anuncio locutado con acento godo y, al mismo tiempo, rehuyo de esa mirada colonial que habla de la periferia, ¿de dónde, de qué centro? Aquí también hay pobreza, sufrimiento, tristeza, soledad, falta de referencias intelectuales y de centros culturales, por lo que son situaciones que me van socavando.

¿La lejanía le ha dado suficiente perspectiva?

Solo se puede echar de menos cuando se está lejos. Hay un fenómeno extraño que me ocurre: al parecer yo no sé estar en ninguna parte. Allá donde voy llevo esta tristeza. Si estoy en Barcelona, idealizo Canarias y escribo sobre ello, de lo más íntimo, y viceversa. El viaje, alejarme de lo que considero mi hogar, ha sido fundamental al escribir.

¿Qué opina de esta joven escena canaria?

Vivimos un momento excepcional para la joven literatura isleña. El arte que se está haciendo de y desde Canarias no tiene precedentes. Me parece fenomenal que estemos orgullosos de cómo escribimos, de esta visión, y que rebase las fronteras. Soy consciente de mis raíces y tradición cultural y le doy el valor que se merece. En cuanto a la escena, tenemos mucho que decir y es hora de que nos escuchen, lean y apoyen.

Su bagaje está con Baudelaire, Natalia Sosa, Josefina Pla, Félix Francisco Casanova o Pizarnik. ¿Cómo es su biblioteca?

Como este era mi primer poemario, no quería tener ínfulas de nada. Dentro de esa honestidad tenía que reverenciar a los maestros que me han ido acompañando y cambian mi visión. El otro día leí Crimen, de Agustín Espinosa, y lo primero que me dije fue, ¿cómo voy a escribir antes de leer este libro? Cuando me doy cuenta de que estoy ante un buen libro o poema es porque mi vida va a cambiar radicalmente, como decía Rimbaud.

Mario Yanes es, en cierta medida, su Ramón Sijé. ¿Cómo se construye el nuevo hombre al margen del patriarcado?

Igual que antes hablamos que tanto que una obra es político o no sino que un autor está politizado o no, aquí ocurre lo mismo. Si estamos ante un autor que está familiarizado con las nuevas masculinidades, que tiene una visión feminista, conoce de primera mano la teoría queer o la perspectiva de género, y es así, todos esos sedimentos se van a encontrar en el poema. No podemos entender al poeta hombre de sangre, patria y toros de antaño. Estamos ante nuevos hombres y, por tanto, nuevos hombres poetas.

«Que todos estamos hechos de lo mismo: nebulosa de corales espaciales». ¿El lenguaje común es la poesía?

La poesía es el lenguaje en sí mismo con su máximo esplendor. Antes estaba leyendo Las peras del olmo, de Octavio Paz, donde decía que poema y poeta se funden en uno solo porque son la misma cosa. Lo mágico de un poema es que es infinito en sus interpretaciones, revisiones, y que solo se acaba cuando llega al lector porque este es quien lo completa. Esta complicidad humana no deja de ser muy revolucionaria.

¿A dónde irá ahora?

Ahora estoy mucho más seguro de cuál es mi voz poética y qué línea es la que quiero atravesar con mayor o menor acierto. Tengo en marcha dos posibles poemarios, uno que trata sobre la cuestión de la insularidad y, luego, en mi faceta académica soy doctorando en Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra y mi intención es investigar entre las relaciones del periodismo y la literatura pasando siempre por el papel que desempeña la imaginación poética. He llegado a algo que he denominado periodismo poético: en este mundo en el que no hay una verdad absoluta, sino retazos, veo cómo la poesía nos puede llevar a las esquirlas de la verdad. Algo que creo que el periodismo hegemónico no puede hacer a menos que se hibride con la literatura, como hacía Gabriel García Márquez o Elena Poniatowska, Almudena Grandes, Rosa Montero, Manuel Jabois, Manuel Vicent, la propia Elsa López o Pedro García Cabrera.

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