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De ojos miopes

África no es un objeto, exige otro tipo de acercamiento al que hasta entonces había tenido desde Occidente

Reproducción de un refrán pámue de ‘Cartas de la Guinea’ .

Miopía. Anomalía o defecto del ojo. Visión borrosa o poco clara de los objetos lejanos.

Desde 1903 hasta 1969, un año después de la independencia de España de Guinea Ecuatorial, la revista misional La Guinea Española jugó un papel muy significativo en el plano cultural de la por entonces colonia del mismo nombre. Era publicada quincenalmente por los misioneros del Inmaculado Corazón de María, los conocidos como padres claretianos, en el Seminario de Banapá de Santa Isabel, en la isla —en esa época llamada— de Fernando Poo.

Contó con secciones como Página literaria y De nuestra biblioteca africanista, abiertas a colaboraciones de la colonia, y a partir de 1947, la revista inauguró una nueva sección, Historias y Cuentos, dedicada específicamente a los nativos, desde la que se organizó un certamen literario para «plumas coloniales». Así, lo que empezó como una recopilación de traducciones al español de cuentos populares de sus aldeas por parte de los estudiantes del seminario (los únicos negros que entonces sabían leer y escribir) fue el pistoletazo de salida para las primeras creaciones literarias y generaciones de escritores guineanos contemporáneos.

Pero en la época que nos interesa, la de la estancia de Agustín Miranda Junco en la colonia, en funciones de secretario general, desde 1937 a 1939, y que da pie a la escritura de sus Cartas de la Guinea (1940), el objetivo de la revista misional, además de informar, como reza el lema de su portada bajo el título, era ser «defensor y promotor de los intereses de la colonia» y, por tanto, de esta ideología. Así, recorrer las páginas de la revista en los números de estos años es como desplazarse hasta el interior de una burbuja que puede flotar sobre cualquier punto o coordenada del espacio, pues apenas aparece África, los africanos, su realidad, y cuando aparece, hay sobre ella una mirada que podríamos llamar ajena, siempre desde fuera.

Relación de salida y entrada de barcos y pasajeros. Veladas recreativas de la colonia. Partes de guerra. Noticias de la colonia. Avisos y comunicados del Gobernador. Campaña contra la soltería. Fiestas de guardar y diversos temas de catequesis. Declaraciones del Generalísimo. Radios de prensa de España. Sobre el sentimiento patriótico. In Memoriam y obituarios. Impresiones de algunas incursiones misionales. Supersticiones indígenas. Ecos de España. Curiosidades coloniales. Liberalismo y tradición. Sobre el imperio alemán. Noticias de la Cámara Oficial Agrícola de Comercio e Industria de Distrito de Fernando Poo. Falange Española Tradicionalista y de las JONS. El Fuero del Trabajo. Fiesta del Caudillo. Derogación de la ley de matrimonio civil. Algunas plantas de Fernando Poo y usos de las mismas de los antiguos bubis. Publicidad. Cantos nacionales…

***

Un raro. Apenas dos libros publicados que podrían catalogarse de forma muy general como “de tema colonial”. Junto a poemas dispersos en las revistas vanguardistas de la época. Mas no deja de escribir, de tener contacto, y hasta amistad, con numerosos y reconocidos escritores y artistas, canarios y peninsulares. Pero nada más llega a imprenta de su mano. Tal vez por su actividad política.

Agustín Miranda Junco llega a Guinea el 15 de diciembre del 37, junto al Gobernador, Fontán y Lobé, en el vapor Cabo Razo. Un viaje con el que inicia su diario. Pero es más que eso. Mira, y aun desde su ideología, es capaz de advertir la torpeza del ojo europeo. Suena la tumba y ese ojo no se para a escuchar e intentar saber qué dice. Y advierte. Ese cerrarse a comprender mata un posible intercambio cultural.

«Suena la tumba. Nada más equivocado, más miope, más torpe que considerar ese periodo como un carnaval negro. De compararlo con alguna efemérides cristiana, ese periodo de ‘baleles’ habría que compararlo con la Semana Santa. Suena la tumba» (Miranda Junco, 1940, p. 79).

África no es un objeto. Exige otro tipo de acercamiento al que hasta entonces había tenido desde Europa. Una mirada personal. Que rompa estereotipos:

«Al releer las páginas anteriores observo que he dejado de mencionar el peor azote de nuestra Colonia: la literatura que ha soportado. ¡Pedestrismos de Bravo Carbonell! ¡Fárragos de Arija! ¡Novelitas típicas en que una negra con el alma más o menos blanca desfallece de amor por un blanco apuesto y sugestivo!». (ibíd., p.15).

Y de ahí nace este texto inclasificable, excéntrico –como el mismo autor–. Supuesto diario de viaje, desde su plaza de secretario general de Guinea y de su figura de doctor en derecho. En él se confunden realidad y ficción. Los planos jurídico —cuando compara, por ejemplo, los modelos coloniales— y literario —con imágenes de eco vanguardista como la que nos ofrece de la isla de Annobón, que ‘cuelga de la cinta del Ecuador como un amuleto»— se entremezclan. Saltan a sus páginas —como la luz canaria y guineana estallando sobre los párpados en el Puerto de la Luz o llegando al de Santa Isabel— la tradición insular junto a la mirada que ofrece la condición periférica canaria. Así, entre sus Cartas se escucha el cabalgar de Agustín Espinosa a lomos de su Lancelot 28º-7º (1929), a quien dedicará uno de los capítulos. Porque la poesía, el abordaje literario, como demostrara el tinerfeño en su texto sobre Lanzarote, puede salvar también a ese otro pueblo «sin tradición», apenas escrito, y precariamente.

Demuestra Miranda Junco de esta manera que la miopía no es incapacidad de ver, sino más bien falta de voluntad de hacerlo:

«Suena la tumba. Bailan los negros. Entre las sonrisas irónicas de los espectadores imbéciles» (ibíd., p. 79).

De ver hasta lo más claro y obvio —como nos sigue pasando con nuestro continente «vecino»— o con una parte de «lo africano» que somos. La mirada poética le sirve a Miranda Junco en sus Cartas para arrojarnos ojos que intentar ver «aun dentro de su mentalidad» un poco más allá. Adentrarse en ese «taparrabos vegetal del globo».

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