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Los pasos de Juan Cruz

Sobre el lector cae una lluvia gris en la que se superponen sensaciones y sentimientos con hechos que ocurren y otros que tal vez ocurrieron

Juan Cruz. | | JOSÉ CARLOS GUERRA

Juan Cruz Ruiz (Puerto de la Cruz, 1948) acudió a Canarias la semana pasada para cercarnos a su último libro Mil doscientos pasos que nos llega a través de Alfaguara, la editorial que él mismo dirigió entre 1992 y 1998. Esta narración íntima y autobiográfica que el protagonista define como “el resumen de una vida que he venido a recitar aquí y ante nadie” nos acerca también a esa especie de gran campo de concentración al aire libre en el que Franco y los franquistas convirtieron a la España posterior a la Guerra Civil. Y lo hace a través de un relato lleno de memoria, nostalgia, melancolía, soledad, secretos y secretismos, silencios, chantajes, traiciones, calumnias, falsedades, abusos, fatalidades, resignación, lealtades, sinceridad, socarronería…

El periodista y escritor comparte aquí profundas reflexiones a través de una prosa cargada de poética, lirismo, espiritualidad y trascendencia. Esta especie de aquelarre de recuerdos existenciales nos traslada a un tiempo de descubrimientos (la infancia, adolescencia y juventud); jabón y esparto; ranas, lagartijas y estanques (“de los que si te caes, no vuelves”); primeros amores,… pero también de ojeras, accidentes, oscuridad, posguerra, pordioseros, muertos y desaparecidos, desprestigiados, buscados y perseguidos. Un tiempo de pobreza y piojos, cuchicheos y burlas, cuarteles, golpes, chivatos, fachas y malotes, maledicencias. Y maricones. Muchos maricones.

En un contexto en el que “el insulto era una manera de hablar por entonces. Mucho más tarde comprobé”, cuenta el protagonista, “que eso ocurría también en la vida diaria, fuera del barrio, en el pueblo, en la ciudad, en cualquier sitio de esos mundos por los que caminé. Para Crispín” —cuyo verdaero nombre es Obdulio, el amigo golfillo de nuestro compañero de andanzas y sobre todo de reflexiones—, “todo el barrio estaba lleno de maricones, todos los hombres eran maricones, o todos estaban a punto de ser maricones”. Parece que era el sino de aquella España y también de aquella Canarias y tal vez de cualquier otro espacio y región de posguerra del mundo plagado de tanta testosterona no sé si contenida o desatada.

Realismo mágico

En el escrito hay no pocas pinceladas de realismo mágico. O al menos eso me parece a mí. De un fallecido en el estanque se comenta que “en el hospital del pueblo le sacaron peces muertos de la barriga, eso decían los chicos. Para exagerar el barrio era inigualable”. Pero también hay en la novela un ambiente de inmensa tragedia. De soledad ante el recuerdo. Nuestro protagonista confiensa que ya de adolescente conocía todas las maneras del miedo. Y que el cabrón del miedo aparecía en cualquier momento. Y que sentía que todo a su alrededor parecía una amenaza. “Me perseguían en la escuela, al entrar en casa, en los juegos, me gritaban cariante”, o sea, cobarde, “pollaboba” y otras lindezas.

Las palabras delicada y deliciosamente escogidas caen sobre el lector como una luvia fina y gris y a lo largo del texto se superponen sensaciones y sentimientos con hechos que ocurren y otros que se sugiere que ocurrieron y que a mil doscientos pasos de la casa a la que uno no sabe si algún día el protagonista terminará de volver nos llevan hacia atrás y adelante y hacia los lados haciendo que la historia surja a pellizcos como una suerte de ligero rompecabezas, una especie de travelling cinematográfico, que evoca lugares y personajes que retratan una época tormentosa que es la vez la transición desde la niñez a la vida del joven ya adulto en unos años terribles y el boceto de ese tiempo infame que arrasó con todo y dejó profunda e inolvidable huella en todos aquellos que se vieron obligado a vivirlo.

“Aquí estoy, soy aquel muchacho, tengo en la espalda el dolor del viaje y en la memoria el sonido de lo que escuché en la adolescencia y en la infancia, las edades en las que viví; trato de saber por qué no nací en otro tiempo, en un desierto acaso, con otra lengua, en otro tiempo de la historia y de las personas. Por qué no fui otro, por qué demonios”. ¿Por qué demonios Juan Cruz nos abre en canal los recuerdos y las sensaciones de una etapa cruel y rastrera de nuestro pasado?

Tal vez porque hasta el propio autor solo una vez entregado el libro a los lectores comienza a descubrir el tamaño y el alcance de la osadía. Un Juan Cruz del que ni siquietra sabemos que si es ese niño que a veces no tenía palabras o que descubría que las palabras no servían para aliviar las tragedias y que era el único que iba calzado en un barrio de descalzos y al que por eso llamaban el Lonas. Alguien que sostiene, infectado de Albert Camus, que entonces ni siquiera se sabía vengar porque el sol de su infancia le privó de todo resentimiento y que admite que inventaba palabras porque era incapaz de otra cosa. Y que más adelante se convierte en el muchacho que se ha ido tras los diversos incendios que causaron el tiempo y la desgracia.

Y es entonces cuando paralizado por los recuerdos junto al muro coronado de cristales, el estanque, la escuela, el pinocho o los huertos que rodean su casa, la casa a la que se dirige, rememora al niño que no sabía que la adolescencia era aquella obstinación del sueño a romperse y que aprendió a guardar secretos y a pensar hacia adentro, con melancolía. “El camino se hace largo y voy a pie, pero no avanzan ni este pie ni el otro, estoy amarrado a un lugar que no me deja llegar hasta donde me espera mi pasado”. Un pasado donde había insultos nuevos cada día y donde se insultaba como se insultaba entonces. “No sabía que las palabras cargan siempre violencia, pero cuando notaba que había en ellas intención de dañar, que eran como arañazos, regresaba a mi casa”.

De maestros y matarifes

Si hubo tipos odiados en la posguerra y en el conjunto del franquismo, a la altura de rojos y masones, fueron los maestros. “Más adelante supe que ese hombre peludo y silencioso, escurridizo como un perro doméstico que en la escuela parecía un bondadoso sacerdote laico, había sido un guerrillero republicano, quizá comunista, escapado primero de la guerra y luego del exilio, así que había vuelto a España y había recibido ayuda para simular, en lugar tan lejano, que su oficio de magisterio no había sido anulado por las leyes de quienes, a partir del fin de la guerra, hicieron, eso decía mi padre, machuca y limpia con la hacienda y los valores de quienes habían perdido”. ¿Que qué tenían contra los maestros? Depurados, apartados, perseguidos, fusilados, aniquilados… “Con el maestro no había himnos, nunca habló de la palabra patria ni explicó qué quería decir la canción Cara al Sol, ni tampoco hubo jamás en los dictados algo que insinuara que él quería hacer saber a los niños cualquier otra cosa aparte de enseñarles las montañas o los ríos”.

Si hay personas perseguidas que lucharon en el bando equivocado hay perseguidores, si hay fusilados hay pelotones de fusilamiento. “El hombre del bigote negro vestía una camisa azul de las de entonces. Las mangas arremangadas. El hombre de la camisa azul, con aquellas cosas bordadas en rojo. Cara de matón callejero. El brazo en alto que tu bordaste en rojo ayer”. ¿Quién no los vio? Gente que sí había luchado en el bando acertado.

El libro deja la puerta abierta a quien se atreva a una investigación de carácter histórico sobre la infancia, adolescencia y juventud de los chicos de la posguerra. Porque en Mil doscientos pasos Juan Cruz trae ante nosotros a todos aquellos muchachos que tuvieron que digerir días tan feos de los que quizá nunca regresaron.

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