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El hombre tranquilo

Con la muerte de Jean-Louis Trintignant se apaga uno de los focos del mejor cine francés del siglo XX, aunque de referencia para toda Europa

Isabelle Huppert y Jean-Louis Trintignant en ‘Amour’, de Haneke. La Provincia

Hace unos días estaba en casa leyendo un breve y absorbente ensayo sobre la madurez emocional cuando de repente me asaltó el recuerdo de una de las películas más crudas, profundas y emotivas que hayan visto mis ojos durante muchos años sobre tan complejo y espinoso asunto y tuve el impulso inmediato de volver a verla antes de concluir la lectura del libro por las evidentes conexiones que éste mantiene en muchos aspectos con aquella. El filme en cuestión era la coproducción austriaco franco germana Amor (Amour, 2012), de Michael Haneke, protagonizada por el recientemente desaparecido Jean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva e Isabelle Huppert. Uno de esos dramas que quedan fijados en tu memoria de por vida y que, entre otros muchos galardones internacionales obtuvo, por unanimidad, la Palma de Oro de Cannes.

Pero lo más sorprendente del caso es que, mientras visionaba la cinta, impulsado, como digo, por la lectura del susodicho ensayo, recibo un washApp de un viejo amigo en el que me comunicaba el fallecimiento a los 91 años de Jean-Louis Trintignant, víctima de un cáncer de próstata. Naturalmente, la noticia alimentó aún más mi deseo por revisar la obra maestra de Haneke pues la composición que hace en ella este intérprete de un viejo profesor de música clásica en el último tramo de su vida es tan honda, tan veraz y vibrante como la que nos brinda Emmanuelle Riva, su compañera de reparto y abnegada esposa en la ficción. Un auténtico tour de force que ratifica la elevada estimación que siempre nos ha merecido el currículo profesional del actor desde su irrupción como un vendaval en el panorama cinematográfico de su país que, recordemos, ya contaba con figuras de la estatura artística y de la popularidad de Anouk Aimée, Alain Delon, Jean-Paul Belmondo, Michel Piccoli, Annie Girardot, Jeanne Moureau o Jean Rochefort.

Y aunque su debut como protagonista en Y Dios creó a la mujer (Et Dieu créa la femme, 1956), del sobrevalorado Roger Vadim, no pasaría a los anales del séptimo arte como un trabajo memorable, el hecho de haber tenido como partenaire a la boyante y escultural Brigitte Bardot, una de las grandes sex symbols del momento, con la que sostuvo un intenso idilio, le abriría de par en par las puertas de la industria. Muy pronto se integraría en la nómina de estrellas europeas mejor valoradas, repitiendo su experiencia con Vadim en Relaciones peligrosas (1959), inspirada en la famosa novela homónima de Pierre Choderlos de Laclos, en compañía de Jeanne Moureau y Gérard Philipe, dos intérpretes míticos que salvan de la quema general una versión escasamente imaginativa de un texto que, treinta años más tarde, adaptaría magistralmente el realizador británico Stephen Frears con un formidable reparto encabezado por Glenn Close, John Malkovich, Michelle Pfeiffer, Keanu Reeves y Uma Thurman.

Afortunadamente, y tras unos cuantos años interpretando papeles de escasa relevancia bajo la batuta de algunos de los cineastas más comerciales del cine galo, la carrera de Trintignant adoptaría nuevos derroteros trabajando a las órdenes de directores del prestigio de Valerio Zurlini en Verano violento (Estate violenta, 1959), junto a Eleonora Rossi Drago, una de las grandes divas del cine italiano de la década; Abel Gance en Austerlitz (Austerlitz, 1960); George Franju en Pleins feux sur l’assassin (1961), a partir de un libreto de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, o Alain Cavalier en Combate en la isla (Le Combat dans l’ile, 1962), donde comparte reparto con una Rommy Schneider situada en la cima de su carrera como intérprete de enorme calado dramático.

Pero su primer gran éxito comercial y artístico lo cosecharía, seis años después de su debut, con La escapada (Il sorpasso, 1962), una commedia all’Italiana escrita y dirigida por Dino Risi, maestro indubitable del género, donde convergen dos ídolos inconmensurables frente a una historia que refleja, como pocas, la realidad social de la Italia de los sesenta: Vittorio Gassman y un jovencísimo Trintignant. Gassman, en la cumbre de su estrellato, encarna a Bruno Cortona, un cuarentón romano vividor y extravagante que intenta acabar con la timidez y la rectitud moral de Roberto, un joven estudiante de arquitectura al que conoce casualmente y a quien embarca en un viaje recorriendo las provincias de Roma y La Toscana. El trágico e inesperado final de esta inolvidable road movie y el talento de Risi para hablarnos sotto voce de la Italia posneorrealista representan dos poderosas razones para seguir admitiendo, cuarenta años después, que La escapada constituye uno de los capítulos más brillantes e inspirados de una época del cine italiano en la que la calidad, la inventiva, el divertimento y la lucidez crítica fluían en abundancia.

Su colaboración, en 1965, con el cineasta greco-francés Costa Gavras en el cast de Los raíles del crimen (Compartiment tueurs), protagonizada por Michel Piccoli, Simone Signoret, Yves Montand, Catherine Allégret y Jacque Perrin, aun siendo escasa, lo situaría en la cúspide del film-noir, género al que volvería en repetidas ocasiones gracias, entre otras virtudes, a la dura e inquietante sobriedad expresiva que sabía imprimirle a cada uno de sus personajes desde las posiciones éticas más inflexibles y dispares. Tal es así que su breve intervención en este filme junto a un conjunto tan sobresaliente de estrellas ha quedado como paradigma de una personalidad imperturbable.

En 1966 sus rasgos personales experimentaron un cierto giro personificando a un temerario piloto de carreras en la mítica comedia romántica de Claude Lelouch Un hombre y una mujer (Un homme et une femme). Su expresión glacial se relaja, adquiriendo un halo de emotividad absolutamente inédito en sus trabajos precedentes junto a la mirada anhelante de la gran Anouk Aimée, la mujer con la que intenta vivir un intenso romance a la sombra de un pasado sentimental del que no consigue desprenderse del todo. La película, ganadora de la Palma de Oro en Cannes y del Oscar a la Mejor Película Extranjera y al Mejor Guion, se convertiría en otro de los grandes éxitos populares del actor y en uno de los hitos incuestionables del cine francés.

Su extensa trayectoria le llevaría también al ámbito del cine político de la mano, de nuevo, de Gavras encarnando al juez inflexible de Z (Z, 1969), actuación que le valió el Premio al Mejor Actor en Cannes; de Bernardo Bertolucci en El conformista (Il Conformista, 1970), encarnando a Marcello, un joven profesor de filosofía reclutado por la Ovra (Policía secreta fascista) para actuar como cebo en el asesinato de un disidente político del régimen en la Italia de Mussolini. Inspirada en la novela homónima de Alberto Moravia, su participación en El conformista, posiblemente el mejor trabajo de su director, engrosa su carrera de éxitos internacionales lo mismo que logra, cinco años después, con Llueve sobre Santiago, del chileno Helvio Soto, donde se enfrenta, con inusitada templanza, al golpe de Estado perpetrado por el general Augusto Pinochet en 1973 para derrocar el régimen legítimo de Salvador Allende.

Trintignant también protagoniza, junto Françoise Fabian, Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud, 1969), la bella y muy sentimental comedia de Éric Rohmer donde asume el rol de un ingeniero católico que se fija en una mujer rubia que presiente se convertirá en su futura esposa. A partir de este hecho fortuito, se desarrolla una divertida y punzante reflexión sobre el amor como fuente de continuos conflictos. Su importante papel en esta inolvidable película de amante inseguro, dubitativo y volátil aportaría otra versión de su poliédrica personalidad ante las cámaras.

Su largo y sustancioso recorrido como actor se asocia también a la filmografía de directores que, como Ettore Scola, François Truffaut, André Téchiné, Robert Enrico, René Clément, Robbe-Grillet, Yves Boisset, Alexander Astruc, Michel Deville, Valerio Zurlini, Luigi Comencini o Jacques Deray han contribuido a ensanchar los horizontes del arte cinematográfico europeo más allá de los estrechos límites expresivos que sigue marcando el coloso hollywoodiense.

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