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Bauman después de Bauman o ‘la edad de la ansiedad’

Izabela Wagner se adentra en uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, el padre de un término crucial, la modernidad líquida

Zygmunt Bauman. | | ELD

Hasta sus 75 años, cuando, justo en 2000, publica Liquid Modernity, el polaco Zygmunt Bauman era un aplicado y discreto catedrático de Humanidades de la británica Universidad de Leeds. Fue una iniciativa de divulgación, que emprendió lleno de dubitaciones, e inconsciente de la fama mundial que le acarrearía, con su traducción a 34 idiomas, para, con sus múltiples ramales pasados por la licuadora (la cultura, la educación, el miedo, el amor…), erigirse en el intelectual más influyente del siglo XXI. Así lo explica Izabela Wagner en Bauman, una biografía, con que la editorial Paidós acaba de coronar su amplia Biblioteca Zygmunt Bauman.

De nadadores que mantienen la línea de flotación, o barqueros que achican el agua de sus cayucos, o ambas cosas a la vez, a “espectadores globales” que aguardan, nerviosos, apostados en un andén a no se sabe dónde. Tal fue la variante que emprendió Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925 - Leeds, Gran Bretaña, 2017), desaparecido hace ahora un lustro, en uno de sus últimos ensayos, We the Global Bystanders, dotando de un dique nada halagüeño a su celebérrima modernidad líquida: pléyades de gentes desorientadas que ven pasar trenes de alta velocidad a todo meter, uno tras otro, sin poder subirse a ninguno, con la consiguiente estela de “ansiedad” que dejan a su paso.

El autor de ‘Vivir con el tiempo prestado’ nos alerta de la flagrante «ideología del final de las ideologías»

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De la Modernidad liquida (Liquid Modernity), un cuño que hizo inmediata fortuna desde su aparición en la más que oportuna fecha de 2000 -¡y que se hizo viral criticando la globalización!-, que aludía lo mismo a un inasible sentimiento oceánico que a los defensivos repliegues de cada quien encerrado con un vaso en su zona de confort, a la era de un nuevo modo de ansiedad (anxiety). Después de una interminable salmodia de prefijos pos, desde la sociedad “posindustrial”, de Daniel Bell, al “posmodernismo”, de los Lyotard y Baudrillard —y las consabidas trufas de temporada: posideológico, posutópico, poshistórico…—, Bauman inauguraba el siglo con un término incontestable y limpio, que volvía a dotar de liquidez a la arrumbada imaginación sociológica. “Me temo que el progreso ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos, para convertirse en un discurso de supervivencia personal”, señaló, también, pipa en ristre y con el ceño fruncido, el anciano catedrático de la Universidad de Leeds.

Pero si por algo se caracterizaba este trashumante pensador polaco, desconocido hasta sus 75 años de edad, cuando ya contaba con casi una cincuentena de sesudos trabajos de corte politológico, era por “su negativa a dar recetas: no se sentía autorizado a decirle a nadie cómo vivir, sino que, pensaba, cada uno tiene que hallar su propio camino”, explica su compatriota Izabela Wagner en Bauman: una biografía (Paidós), que acaba de salir a las librerías. Y, por supuesto, remacha la investigadora, “se negaba a predecir el futuro”.

Se lo pedían por todas partes, al flamante autor de Modernidad líquida, devenido en una celebridad ubicua de la noche del XX a la mañana del XXI. Y, aunque él lo rehusara, sí dejó un buen puñado de vigentes alertas, ante las imperceptibles mutaciones de la ansiedad. Por muy poco, no conoció el confinamiento global del covid, con su ilustrativo tropel de vacunas líquidas, ni la invasión de Ucrania, ante la cual habría sido más que elocuente, en su rememoración de antiguo oficial del Ejército soviético, en Moscú y en Varsovia. Pero esa fatídica mezcolanza de catástrofe natural y provocada, que tanto emborrona el verdadero rostro del poder, lo vivió con creces en el cruce, por ejemplo, del enjambre de atentados yihadistas (Nueva York, Madrid, París, Barcelona…) y el desastre de la central nuclear de Fukushima, que ilustró de un golpe el trasvase de la hegemonía mundial de Japón a China.

Izabela Wagner. | | ELD

Izabela Wagner. | | ELD ANTONIO PUENTER. C.

Por debajo de fenómenos muy computados, como la xenofobia y la desafección política, Bauman detectaría nuevos grumos en su sociedad acuática: una suerte de novedosa desconfianza de cada quien hacia el otro generalizado. El prójimo, que otrora era un entrañable y elocuente compañero de viaje, puede ser ya un compareciente sospechoso; en no pocos casos, veía Bauman, “un antagonista de quien resguardarse”. Y ello, porque el progreso ya no consistiría, como antaño, en “adquirir velocidad, sino en emprender un esfuerzo desesperado por no descarrilarse, por evitar la descalificación y la exclusión de la carrera. No pensamos en el progreso en el contexto de elevar nuestro estatus, sino en el de evitar el fracaso”.

Malestar en la cultura líquida

Entre los múltiples ramales y afluentes de su Liquid Modernity, Bauman recarga especialmente las tintas en La cultura en el mundo de la modernidad líquida (FCE, 2017), donde sienta las base de un nuevo malestar en la cultura líquida, y, dando cauce a su acuoso cuño, apostilla que vivimos en una época “omnívora”, “escapista” y, en definitiva, “posparadigmática”.

“Las élites culturales son más omnívoras que nunca, y ya no tienen nada que decir a la multitud unívora”, explica. Cuando “las redes han reemplazado a las estructuras”, el discurso cultural se licúa y hasta se liquida, al menos tal y como se venía concibiendo desde la Ilustración. Según su esquema, con anterioridad -en la época de la modernidad “sólida”-, coexistían armónicamente una “alta cultura”, que servía de ideal y modelo pedagógico generalizados, y una específica “cultura popular”. Pero hoy esos diques se han barrenado, y en sus aguas revueltas, se impone únicamente el espectáculo, bajo el imperativo del mercado, con públicos que “ya no se involucran si no es por mediación de eventos expresamente fabricados por la mercadotecnia”. De ahí que ciertos artistas y productos que antaño se tildaban de “comerciales” o “periféricos”, reciban ahora mayor tolerancia, junto con distanciamiento, más abstencionista que crítico, por los públicos más diversos.

Lo determinante de su legado es que la cultura ya no es más “un agente de cambio, con la concreta misión de educar a las masas y refinar sus costumbres. Antes era un instrumento de navegación destinado a guiar la evolución social hacia una condición humana universal”. En cambio, en la actualidad, “ya no consiste en orientaciones sino en ofertas, ni en normas sino en propuestas”, pues “la cultura se asemeja ya a una sección más de la gigantesca tienda de departamentos en que se ha transformado el mundo, con productos que se ofrecen a personas que han sido convertidas en clientes, y como tales, están hechos para ‘el máximo impacto y la obsolescencia instantánea’”.

Su legado es advertir sobre la necesidad de reforzar, y hasta reinventar, ciertos diques de resistencia y contención

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Ahora bien, a diferencia de las complacencias estetizantes y emulsivas del fin de siglo, el último Bauman nos invita a aplicar en profundidad ese imperativo tan en boga de no bajar la guardia. Frente a la desorientación generalizada y el egotismo desaforado, el también autor de Vivir con el tiempo prestado nos alerta de la flagrante “ideología del final de las ideologías”. Contra quienes continúan pregonando la muerte de la utopía y del progreso, Bauman matiza que lo que ha entrado en bancarrota es la acepción “colectiva” de esos mitos, y no los mitos mismos. A su juicio, es inherente a la condición humana alguna forma de utopía, aunque sea con la ligera variante de negarla. La utopía existe, nos advierte, sólo que se ha vuelto más individual y tribal que nunca, y en el actual desorden de cosas, consiste en el escapismo. Se trata de “escapar a la necesidad de pensar en nuestra condición infeliz, variando de identidad si es preciso; no reflexionar, sino actuar sin descanso, y despojar cualquier atisbo de incertidumbre. En un permanente cambio de disfraces radica la encarnación actual de la utopía”.

Es una utopía necesariamente en proceso, del que también participa una cierta voracidad cinegética. Haciendo gala de su portentosa capacidad pedagógica, Bauman establece esa elocuente analogía para explicar la transformación del sujeto de la modernidad a nuestros días. Mientras que los usuarios de la cultura moderna se comportaban como “jardineros”, la metáfora de los usuarios de la cultura en la modernidad líquida es la de los “cazadores”. Aquellos veían “en el fin del camino la realización y el triunfo de la utopía: su afloración”, explica; “mientras que, para los cazadores, llegar al fin del camino equivaldría a la derrota ignominiosa y final de la utopía”. Así, para los jardineros, la utopía era el final del camino, mientras que para los cazadores, el propio camino es la utopía.

“Se trata de traer la tierra prometida desde el ‘allí y después del futuro’ —donde se hallaba durante la modernidad “sólida”— hasta el ‘aquí y ahora del momento presente’. En lugar de una vida hacia la utopía, a los ‘cazadores’ se les ofrece una vida en la utopía”, asevera.

Así pues, lo esencial del legado de Zygmunt Bauman es alertar sobre la necesidad de reforzar, y hasta reinventar, ciertos diques de resistencia y contención a una sociedad y una cultura que hacen, justamente, aguas por todas partes. Se negó a dar recetas, y, más aún, a avizorar el futuro, que ya es nuestro presente. Pero, además de haber aportado una panoplia de atributos bien sólidos -cinegéticos, compulsivos, omnívoros, utópicos…- con la que apuntalar la ansiedad de los nuevos “espectadores globales”, el último Bauman solía echar mano de una historieta rebosante de elocuencia para reparar en algunos parámetros perfectamente actuales. En efecto, a modo de ilustración de la extraña mezcolanza del exceso de individualismo y restricciones en la líquida sociedad actual, se hacía eco de una leyenda inglesa, que serviría hoy de cabal alegoría para designar ciertos discursos emergentes, desde lo políticamente correcto, al cordón sanitario, líneas rojas, autocensura…o lo que podríamos llamar, incluso, el síndrome de auto-brexit, con cada quien en el círculo de tiza de su zona de confort.

Trata de un náufrago (una de las tantas lecturas, tal vez, del Robinson de Daniel Defoe) que, quedando confinado en una isla desierta, termina construyéndose no una sino tres chozas. La primera la convierte en su vivienda habitual; la segunda es el club social adonde acude los sábados, y, en la tercera, coloca un cartel en la puerta de “prohibida la entrada”…

«Hasta nuevo aviso»

Muy activo hasta el final de sus días la muerte le sorprendió terminando de redactar Generación líquida (Paidós, 2018), una suerte de misiva dialogada a los jóvenes nacidos en el secano de la era de la liquidez-, sus muchos años no le impidieron abandonar la antigua costumbre de regar sus almuerzos con un único gin-tonic. Sería fácil conjeturar que, del mismo modo que , por ejemplo, halló en la disposición racionalista de la fachada del Còllege de France cierta inspiración para su estructuralismo, Bauman pudo haber vislumbrado sus húmedas tesis al trasluz de su cotidiana copa de balón. Pero esa afición era en realidad un bálsamo, respecto a las trombas y desagües que padeció en propia carne en la primera parte de su vida, cerrando a cada paso las compuertas.

Llegó a vivir tres Bauman, según los contabiliza Izabela Wagner: “el polaco, el británico y el global”. Empezando por este último, es el profesor emérito, que a sus 75 años de edad, y con mucha reticencias y lentitud en la escritura, publica, en 2000, la que le dará fama mundial como divulgador (“así se sentía él: más un pedagogo que un pionero”, explica). El británico, desde 1971, es el polite polaco que se asienta como respetable profesor en Leeds. Pero el Bauman primigenio (del niño Zygmunt al profesor que, en 1968, se entera por televisión de que acababa de ser expulsado de la Universidad de Varsovia) es el que padecerá las más severas liquidaciones.

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