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Amalgama

La danza

Juan Ezequiel Morales El Día

En los años finales del siglo XX pasado, paseando absorto por la calle de Triana, vi en un escaparate de zapatos un cartel anunciador: Tegé daba una conferencia sobre folklore santero en un Club. Acudí, tomé ciertas anotaciones y, a la semana, publiqué un artículo en el que usaba la experiencia de Tegé para ilustrar lo que puede ocurrir cuando un dios yoruba se imbrica dentro de un practicante. Lo que ocurrió al siguiente día de haber publicado fue curioso. Un amigo me llamó urgente para darme el teléfono del autor de Las Espiritistas de Telde que, a su vez, necesitaba localizarme con urgencia. Pti, pti, ptiii... el teléfono se cortó y, vista la probabilidad de que algo importante podía haber ocurrido, alguna cierta catástrofe literaria, por ejemplo, localicé, vía Moviline, a Barreto. No estaba. Volví a insistir diez minutos después. Tampoco estaba. La tercera vez hablamos y me dijo que me quería para decirme que, a su vez, una tercera persona también me estaba intentando localizar. Aquello comenzó a parecerme raro. Todos me localizaban para decirme que alguien me quería localizar. Por tanto, decidí tomarme el asunto en serio.

Llamé a la tercera persona y, después de presentarme, le pregunte directamente, seguro de que la historia seguiría y seguiría: «¿Cuál es el número de teléfono y de quién se trata?» Al otro hilo del teléfono se oyó un femenino e intenso: «¡Ahhh! ¡Usted es vidente y ya sabe para qué le llamo!». Disimulando mi perplejidad, le dije que yo solo la llamaba para ver qué quería, y ella me contestó que yo ya tenía que saberlo porque, si no, ¿cómo había averiguado yo que ella me buscaba para pedirme el teléfono de alguien? Me pareció complicado explicarle el origen casual de mi habilidad y fuimos al grano.

Ella había leído mi artículo sobre santería y, como estaba preparando un estudio sobre el tema, le interesaba cierta información acerca de alguien que yo había citado. Le di el contacto, pero, a su vez, le advertí de que yo no conocía personalmente al mismo. La dama, entonces, me dijo que justito esa persona me podía facilitar su dirección y teléfono. Así es que he aquí que yo, el buscado, había encontrado la manera de contactar con quien había sido protagonista de mi último texto. Guardé la compostura como pude y, una vez más en mi vida, decidí, ante aquel señor que había encontrado, leer mi futuro.

La danza

La danza juan ezequiel morales

Mesa, tapete y barajas. Salí hijo de Elleguá y la primera carta la de las encrucijadas. Terminado el visionado, bajamos a tomar café y hablamos. Entretanto hablamos cayó una moneda de cinco pesetas sobre la mesa. La tomó y la puso sobre un papel. Al dirigir mi mirada a la moneda vi que sobre el papel se leía algo relacionado con la danza. Le pregunté y me dijo que impartía un curso sobre teatro. Le seguí y ese día participé de la primera clase. Allí éramos unos diecisiete y, al principio, se llevó el ejercicio al máximo de violencia. Tegé decía que había que cansar al cuerpo sacándolo de su comodidad cotidiana. Una vez conseguido esto la atención invisible o cierta parte invisible e inconsciente nuestra puede ser enseñada. Exhaustos, pues, y con la lengua fuera, comenzó la clase de danza, y aquí lo curioso.

Casi todos éramos novatos. Y Tegé señaló a tres al azar. Dos señoritas y un varón. Asustado e inseguros de lo que irían a desarrollar en el centro de un círculo formado por todos nosotros y ante nuestra vista, el instructor los llamó a una esquina. Se levantaron patosamente, casi arrastrando los pies de vergüenza, y uno de ellos incluso tropezó nerviosamente con una señorita situada a mi vera. Reunidos casi secretamente en un rincón, aquellos tres remedos de danzarines se dirigieron al centro de la sala y comenzaron a describir una inigualable danza con tanta perfección y, a la vez, con tanta coherencia entre ellos, sin mediar palabra, que daba la sensación de que había sido ensayada durante varios días.

Rasca que te rasca mi cabeza y no lograba yo explicarme cuál era el truco. No era la palabra, porque no miraba el uno para el otro. No era entrenamiento, porque se confesaron patosos y novatos. No era ninguna maniobra visual, porque de los tres, dos actuaron con los ojos cerrados y sin que ello mermara en absoluto la seguridad y belleza de sus contorsiones y evoluciones ¿Qué era, pues?

Un reflejo en el ventanal pareció ser el motivo de que uno de ellos tropezara una vez, volviera a repetir la danza y tropezara otra vez, en el mismo sitio y en la misma contorsión; de nuevo volvió a repetir su danza y ocurrió otro tanto. Todos nos dimos cuenta, pero, aun así, no pude averiguar cuál era la referencia o el secreto, ya que, salvo su tropezón, que también entraba dentro del discurso, no se interrumpía la secuencia. Para entonces se oyó en la sala «¡Stop!». Tegé había mandado parar y pidió a los espectadores que buscaran una explicación a aquella danza. Nadie la pudo dar, y aquellos danzarines se retiraron con provocativa seguridad a su sitio. Hubo momentos de silencio hasta que Tegé decidió contarnos que el secreto era algo que él pensó haber inventado una vez, pero que posteriormente descubrió que lo había inventado Gurdjieff, el autor de Relatos de Belcebú a su nieto, quien ordenó a una pareja que se quería mucho que no hablaran entre sí, sino que se transmitieran todo lo que quisieran por gestos, y que los gestos fueran el dibujar las letras en el aire. Una letra tras otra formaban un texto, y así se transmitían la información. Nadie más que ellos sabían qué hacían, y por medio de su danza se comunicaban, sirviendo, a su vez, de espías informativos en aquellos tiempos bolcheviques.

El misterio resultó ser que la danza de los tres alumnos era la recreación de una frase corta y secreta. Tegé había sido pareja de una lideresa del Black Power en EEUU en los sesenta, dramaturgo y monologuista, colaborador de Tomás Gutiérrez Alea y alumno de Alejo Carpentier, y denostado por Fidel Castro por negro, en el comunista Quinquenio Gris. Me dejó un texto oracular, el Oráculo del Sapo, así como el oculto Libro de Los Patakíes, que no debería yo abrir nunca. Su nombre: Tomás González Pérez.

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