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Amalgama

El tiempo

Juan Ezequiel Morales El Día

A finales de los años noventa del siglo pasado estuve con el maestro de Tai Chi Pedro Valencia, en Tenerife. La noche en la que llegué, tras transmitirle saludos de una antigua alumna suya que vivía en Nicaragua, tomamos camino por una estrecha carretera hasta llegar a una pequeña población, denominada Rojas, medio abandonada a la orilla del mar, con vistas hacia el horizonte en el que se ponía el sol. El anfitrión era Pepe, excepcional practicante de artes marciales, y también había tres instructores más, Carmelo, Fran y Jorge, y dos estudiantes, Paco, que hoy día es un gran instructor, y yo. Hablamos de lo divino y de lo humano, pero hubo un suceso de su juventud, que nos contó Pedro Valencia, del cual podemos elucubrar la presencia de energías inconscientes más allá de lo explicable.

Refirió que, en su Extremadura natal, era relativamente frecuente que las casas se vigilaran cuando los bebés que amamantaban tenían problemas de nutrición, y en caso de que así fuera se extendía polvo o arenilla en el suelo para localizar el rastro de una culebra que se las arreglaba para interponerse entre el pecho de la madre y la boca del niño: la culebra substraía la leche materna con su boca, entre tanto ponía la colita en la boca del niño, cuando ambos dormían por la noche, de manera parecida a cómo las ratas pueden acercarse, gracias al manejo de su respiración, sin que nadie las note. Las serpientes son el símbolo más abundante para expresar las energías ctónicas, medulares, originarias, brutas, tan originarias como que el registro filogenético de nuestro cerebro tiene una parte antiquísima que llamamos reptiliana. Los ñanguidos de las pardelas interrumpían, de madrugada, el silencio entrecortado continuamente por la violencia de las olas que rompían a escasos cinco metros en el mar de lava petrificada sobre el que vivíamos, y la oscuridad caía estrepitosa sobre el territorio desde el que se divisaba a lo lejos el Valle de La Orotava. Pedro Valencia utilizó un truco para hacernos madrugar al día siguiente. La hora estipulada era las seis y cuarto de la mañana, a unos minutos de distancia del alba. Pero mantuvo su reloj con la hora de Madrid, de donde acababa de llegar. Así que, cuando sonó el despertador, en aquel lugar en el que carecíamos de luz y ruido, y relojes que nos vincularan a la realidad urbana, pensamos que ya pronto surgiría el sol. Pero no ocurrió así, y tardaba, y tardaba, y tardaba.

Comenzamos a ducharnos en un rústico chorro de agua fría venida de alguna profunda capa freática. Los cuerpos se despertaron y adquirieron vigor para practicar, unos Chi Kung y otros la forma de Tai Chi del estilo Chen. Entre tanto, el sol no llegaba, y ya empezábamos a extrañarnos. Empezábamos a creer que había llegado el Fin de los Tiempos, y cuando se hizo inevitable la preocupación por aquella anomalía cósmica, se descubrió la estratagema de Pedro Valencia de ocultarnos subrepticiamente una hora de tiempo. Consensuamos todos, con la infusión calentita del desayuno, que en la vida moderna dejamos encargado el transcurso del tiempo a los relojes, y nuestro ritmómetro natural está dormido. Sin embargo, en algunas actividades humanas la relación con el reloj queda inutilizada, como en la música o en el juego del baloncesto. El neurólogo Warren Meck estudió a los jugadores de baloncesto y averiguó que diferentes partes del cerebro de éstos procesan tareas distintas: las células del sistema visual buscan huecos para colar el balón, las del sistema motor controlan el movimiento y las del sistema auditivo controlan información, todo a distintas velocidades, cinco veces por segundo, diez veces por segundo, o hasta cuarenta veces por segundo. Sin embargo, el cerebro integra todas las velocidades en un solo resultado.

El Dr. Peter Mangan realizó, por su parte, el experimento de que personas de distinta edad adivinaran cuándo habían transcurrido tres minutos de tiempo, ya fuera simplemente contándolo, ya fuera ejercitando una actividad como, por ejemplo, repartir correo. Quienes tenían entre 19 y 24 años fueron los que más se acercaron a la realidad, los que contaban entre 45 y 50 años eran menos precisos y sentían pasar el tiempo más rápido, y para los que contaban entre 60 y 70 años el tiempo transcurría un 20 por ciento más rápido que para los jóvenes.

También, en los años treinta del siglo XX, el psicólogo Hudson Hoagland, constató que al someter al cerebro a calor el tiempo pasaba más deprisa y, a la contra, cuando descendía la temperatura del cuerpo unos dos o tres grados, el transcurso del tiempo se enlentecía. Pues allí, en aquella playa hosca de Tenerife, con Pedro Valencia, pudimos comprobar cómo un chorro de energía y juventud cayó sobre nosotros, hasta hacernos clamar al sol que saliera más temprano, ante la sospecha de que se había parado, a fin de que nos impeliera velocidad vital.

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