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Canarismos

Pueblo chico, infierno grande

LUIS RIVERO

Antiguamente en los pueblos pequeños, el cura (lo mismo que el médico o el alcalde, entre otros personajes) estaba al corriente «de la vida y milagros» de todos y cada uno de sus parroquianos. Por razones de su «oficio» era conocedor de las diferencias, enredos y disputas que mantenían los miembros de una familia entre sí o con otros convecinos. «Pueblo chico, infierno grande» es una máxima que sugiere y nos recuerda que la apacible vida de los pueblos pequeños, sin excepción, puede llegar a convertirse en un calvario.

En los pequeños núcleos de población, por la propia dinámica y estructura social que presentan, se generan relaciones que propician el encuentro y el conocimiento directo entre las personas. Esto que para muchos podría suponer una ventaja, en realidad, a veces se revela más como un inconveniente al ser motivo de desencuentros. Si las pequeñas comunidades rurales son un medio que facilita las relaciones sociales, también es verdad que muchas veces son terreno abonado para habladurías y donde las rencillas personales o entre familias se perpetúan en el tiempo, transmitiéndose de padres a hijos como si de una parte de la herencia familiar se tratara. Esta familiaridad provocada por la cercanía física, pero también por la confidencia y amistad que se crea entre los vecinos, suele ser el caldo de cultivo que provoca también celos y envidias que dan lugar a su vez a cuchicheos y disputas. Y esto es el «pan de cada día» en los pueblos chicos donde «todo el mundo se conoce» (o, como se suele decir, «se conoce todo dios») que va desde el vecino ocioso que no teniendo nada mejor que hacer deambula entre el bar, la parada de taxis y la barbería dedicándose a rajar sin contemplaciones(«rajar» es hablar mal de alguien o desacreditarlo) a la novelera que golisnea desde la ventana controlando las idas y venidas de la vecina de enfrente que se acaba de separar («golisniar» es curiosear, husmear, fisgonear).

La paremia «pueblo chico, infierno grande» parece tener origen en el español de América, en donde su uso se encuentra muy extendido al igual que en Canarias. Esta oración nominal se articula en dos partes bien diferenciadas en las que los sustantivos «pueblo» e «infierno» se complementan con dos adjetivos antónimos que expresan magnitud o dimensión, «chico» y «grande» que, en cierto modo, funcionan en sentido inversamente proporcional, por así decirlo: entre más chico es el pueblo, más grande es el infierno. Como si obedecieran a una ley natural que hace que los pueblos chicos, dimensionando sus pequeñas miserias y la rudeza de su gente, puedan llegar a convertirse en lugares infernales. La expresión sitúa comparativamente en un mismo plano la vida en un núcleo rural con pocos habitantes (pago o aldea) con los infiernos. Donde la idea del «pueblo chico» en el imaginario colectivo viene asociado a una comunidad de mentalidad rústica, mientras que el «infierno grande» se corresponde con un lugar ultraterreno o del inframundo donde las almas condenadas se consuman en el fuego eterno y sufren tormentos de todo tipo expiando las culpas o pecados cometidos durante su existencia terrena. Por lo que, vista así, la expresión tiene un evidente carácter hiperbólico. La frase obedece a un sentido figurado para referirse a una situación que causa gran sufrimiento o malestar (que es una de las acepciones de la voz «infierno» contenidas en el Diccionario), lo que se identifica más con un estado mental/emocional que con ese lugar físico descrito por la tradición religiosa.

«Pueblo chico, infierno grande» advierte a propios y extraños de comportarse con recato y no dejar al descubierto las intimidades (mejor «lavar los trapos sucios en casa») ni pecar en excesos de confianza entre vecinos ya que «todas las raleras dan cagalera» (dicho escatológico que advierte que los excesos de amistad y familiaridad entre las personas suele ser fuente de discusiones y rupturas). Lo contrario puede dar motivos a que cualquier «lenguatrapo» o chismoso se dedique a «hablar por detrás» criticando y difamando a quien no está presente, porque ya se sabe que «de malas lenguas está el infierno lleno», que dice otro dicho isleño.

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