Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Los días que estremecieron al mundo

Cuarenta años del estreno de ‘Rojos’, la megaproducción que escenificó el estallido de la revolución bolchevique

Las fechas conmemorativas constituyen a menudo una ocasión excepcional para establecer un cierto orden en nuestra atropellada memoria y para revisar los criterios a través de los cuales hemos diseñado nuestra propia concepción del mundo y de los acontecimientos sociales, familiares, religiosos, políticos o artísticos que se han generado en nuestro entorno con el paso del tiempo, transformándose el objeto de nuestros recuerdos, una película, pongamos por caso, una novela o una composición musical, en el espejo donde se reflejan nuestras experiencias como observadores críticos de la actividad cultural, ya sea la realizada por cuenta ajena como por la realizada por nosotros mismos.

Se trata, en resumidas cuentas, de un auténtico ejercicio de reflexión personal o de autocrítica, si se prefiere, que, una de dos: o podría poner en solfa algunas de nuestras viejas certezas o, por el contrario, reafirmarnos en nuestro convencimiento de que hoy, como ayer, seguimos defendiendo con idéntica firmeza las opiniones que manteníamos en el pasado. Ocurre con relativa frecuencia, sobre todo cuando se trata de valorar, como ahora veremos, una película basada en grandes sucesos históricos y que intenta, de alguna manera, sentar cátedra acerca de temas que han tenido una indudable trascendencia para toda la Humanidad con las consiguientes tomas de postura a las que suelen conducirnos asuntos tan extremadamente polarizados en el ámbito de la política internacional como el que aborda el viejo filme del que hoy nos ocuparemos al cumplirse su cuadragésimo aniversario.

Pues bien, traigo ahora estas palabras a colación a propósito de los cuarenta años de uno de los acontecimientos cinematográficos que más controversias ocasionó entre la crítica durante la segunda mitad del siglo XX, nueve años antes de que la URSS se disolviera como Estado y que Mijaíl Gorbachov pasara a la historia como el último mandatario del segundo país más poderoso de la Tierra: el estreno de Rojos (Reds, 1982), un megaespectáculo escrito, producido, dirigido y protagonizado por Warren Beatty a partir de un guion de Trevor Griffiths y del propio Beatty, con un lujoso reparto encabezado, además de por Beatty, por Diane Keaton, Jack Nicholson, Gene Hackman, Paul Sorvino y Maureen Stapleton. La película, inspirada en las famosas crónicas sobre la Revolución Soviética escritas por el periodista estadounidense John Reed durante su larga y agitada estancia como corresponsal de guerra en la Rusia convulsa de principios del pasado siglo, obtuvo tres Oscars, incluido el de Mejor Director tras recibir once nominaciones.

La controvertida figura de Reed, también poeta, escritor y cofundador del Partido Comunista Obrero de América, ha sido objeto de los más diversos y contradictorios biopics. Fue Paul Leduc, la gran figura olvidada del mejor cine mexicano de la década de los setenta, quien la abordó por primera vez en su ópera prima Reed: México insurgente (1973), un excelente y esclarecedor retrato del personaje, construido con criterios estrictamente documentalistas, que plantea sin la más mínima concesión a la galería la participación del legendario cronista norteamericano en el estallido y posterior desarrollo de la Revolución mexicana.

Diane Keaton en ‘Rojos’.

En aquel filme, escrito por Emilio Carballo, Juan Tovar y el mismo Leduc, sin duda la más rigurosa y testimonial de cuantas se han producido en torno a la vida de este personaje, se recogían sus inquietudes políticas y su profundo sentido de la solidaridad como dos de los más notorios rasgos de su personalidad, cristalizadas ya en el libro homónimo en que se inspira la película, así como en numerosos artículos y reportajes que jalonan su carrera profesional hasta su muerte acaecida en Moscú el 19 de octubre de 1920.

En Rojos, en cambio, Beatty inicia su retrato partiendo de aspectos poco relevantes y de nula incidencia en la febril actividad que presidió su corta aunque intensa vida política e intelectual. Sus amoríos con Louis Bryant (magistralmente interpretada por Diane Keaton), que se convertiría más tarde en su esposa, fueron sin duda muy importantes. Sin embargo, en sus crónicas apenas si se le presta la menor atención ante el tsunami revolucionario en el que se vio arrastrado al pisar tierra rusa. En primer lugar porque jamás su compromiso ideológico se reveló como un obstáculo en su vida amorosa y en segundo lugar porque su fervor por la causa bolchevique era de tal magnitud que acabó impregnando plenamente la aún incipiente conciencia política de su esposa: una joven intelectual provinciana que termina abrazando los mismos ideales por los que luchaba su futuro marido, compartiendo con la misma combatividad y fortaleza sus inquietudes en el ámbito de la lucha obrera.

Por lo tanto, el enfoque que propone Beatty del asunto es, cuanto menos, un ingenuo y voluntarioso intento de imprimir a ambos personajes un tinte glamuroso de matriz puramente hollywoodiense del que evidentemente carecían, a juzgar por los numerosos documentos que pueden contrastarse en diversos archivos, tanto soviéticos como norteamericanos, así como la copiosa información que se desprende de la lectura de los dos libros más importantes de Reed: México insurgente y Diez días que conmovieron al mundo, volumen éste en que se basó el cineasta para realizar su película de la cual dijo Robert A. Robertson, su principal biógrafo: «Que Beatty actúa domesticando a un héroe radical al situar su vida sentimental en el centro del escenario», afirmación que sin embargo no le impidió juzgar a la película como «un monumento histórico de primer órden».

Ni el hecho de intercalar a lo largo de la proyección fugaces declaraciones de personajes reales coetáneos al protagonista como Henry Miller, Roger Baldwin, Dora Russell o George Seldes intentando subrayar el carácter testimonial de la película consigue dar la sensación de credibilidad y de verismo histórico que se pretende desde un principio. Es obvio que el protagonista de Bonnie y Clyde (Bonnie and Clyde, 1967), además de saber contar con buen pulso una historia y rodearla de una vistosa ambientación fue incapaz, por otro lado, de insuflar la necesaria verosimilitud que impone el complejo conflicto que aborda en su filme. Hasta los escenarios reconstruidos de Petrogrado o los de la majestuosa estación ferroviaria de Moscú parecen contribuir, con su excesiva y puntillosa descripción, a moderar esa imagen tan ostentosa que se observa a lo largo de tres horas y media proyección, de un mundo que atraviesa una de las transformaciones sociales más profundas, controvertidas y transformadoras desde la Revolución Francesa.

Todos los cinéfilos conocen muy bien la persistente tendencia del cine hollywoodiense hacia la tergiversación histórica, que, de una u otra forma, ha venido presidiendo la inmensa mayoría de sus producciones. Y Rojos tampoco se iba a librar de esta condición, ni tendría porqué erigirse en la excepción de la regla por el hecho, igualmente constatable a lo largo de toda la película, de acometer tan influyente acontecimiento desde posiciones abiertamente liberales (Beatty se alineó, desde sus orígenes profesionales, con el sector más izquierdista de Hollywood).

Desde sus tareas como productor con Bonnie y Clyde, de Arthur Penn, sus simpatías de tintes progresistas por ciertas causas políticas eran más que obvias. Pero, una vez más, la parafernalia del espectáculo y la voluntad expresa de epatar al gran público mediante recursos propios del cine made in USA han relegado a un segundo plano el debate ideológico como el motor central de la película, orillando de este modo el discurso histórico acerca de una de las figuras políticas más apasionantes del siglo XX. El Moloch de la gran industria cinematográfica volvió a mostrar con esta producción su inveterada inclinación a espectacularizar todo lo que aparece en la pantalla, banalizando claramente el tono de su discurso.

Su mirada kennediana no le exime de sus responsabilidades, ni de su incuestionable buena fe a la hora de matizar su mirada sobre un acontecimiento tan decisivo para la conformación de la vieja Europa lo convierte en un fiel traductor de los hechos que intenta mostrar a través de sus glamurosas imágenes. De ahí que no deje de ser llamativo el hecho, insólito sin duda, de contemplar secuencias tan mixtificadoras como la de los cuerpos desnudos de la pareja protagonista envueltos en un intenso juego amoroso mientras de fondo escuchamos estupefactos los compases de la Internacional. La utilización de un himno dotado de un contenido y significado muy concretos como un simple elemento estético que magnifica una escena de amor ilustra, una vez más, la tradicional propensión a la mixtificación que, desde tiempo inmemorial, yace en las oquedades más profundas de la estética y de la ética de cierto cine estadounidense.

En cualquier caso, la revisión de Rojos cuarenta años después de su estreno supone una experiencia reveladora, tanto desde la óptica crítica con la que se ven las cosas cuatro décadas después de haberse producido como desde la mirada del espectador menos autoexigente, que seguirá viendo en esta película la representación del espectáculo hollywoodiense en todo su esplendor, que ha logrado colonizar durante muchísimos años la conciencia de millones de espectadores del mundo entero, prometiendo siempre un mundo mejor que el que refleja nuestra propia realidad.

Compartir el artículo

stats