Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Admirable juego de manos

Graham Swift cuenta en ‘Bueno, aquí estamos’ las vidas de unos artistas de variedades entre la ilusión escénica y las sorpresas de sus tragicómicas existencias

Admirable juego de manos

Detener una flecha con la mirada o convertir un simple vaso en una paloma blanca pueden llegar a ser trucos geniales, pero los mejores magos no siempre necesitan la ilusión espectacular para convertir en magia su producto. Entre ellos se encuentra Graham Swift (Londres, 1949), que ha sabido hallar a lo largo de su carrera como novelista el método eficaz de las cosas ordinarias para sugerir siempre algo más profundo, con un estilo sencillo y coloquial, capaz de impulsar la acción con fluidez en la mitad de páginas con que cualquier otro autor se dispondría a contar la misma historia. Siempre hay que agradecer esa ausencia de grasa innecesaria de las novelas inútilmente infladas. En Bueno, aquí estamos, al igual que sucede con El Domingo de las Madres, su anterior título, publicado también por Anagrama, Swift mantiene la atención sobre unos hechos pasados de moda, Brighton 1959, contados además de manera algo anticuada y con una renuncia consciente a agitar los sentimientos del lector más allá de las lágrimas de arrepentimiento que muestran los supervivientes. La infancia solitaria y las posibilidades del amor adulto dotan a la novela de un propósito benigno y de cierto encanto melancólico.

En Bueno, aquí estamos no hay que dejarse engañar por la aparente simplicidad que nos conduce a través de la historia superficial de un triángulo amoroso entre tres artistas de variedades en la costa sur de Inglaterra a finales de los años cincuenta: un hombre que canta y baila, un mago y su seductora asistente. Lo que el autor cuenta a propósito de ellos es nada más y nada menos que las transformaciones más desconcertantes que deparan los remolinos de la vida. Igual que en El Domingo de las Madres, llevada no hace mucho todavía al cine, Bueno, aquí estamos se convierte en un modelo mágico de narración comprimida que encierra más de una historia, que podría, a su vez, ser otra novela. Un juego de manos literario en el que Swift dispone la escena con los destellos de unas vidas ordinarias y angustiadas que narra en discreta tercera persona. Conocemos al futuro mago Ronnie Doane, al que su padre, marinero mercante, alegra la infancia monótona y empobrecida en Bethnal Green regalándole un loro. El lector percibe cómo el niño, evacuado a los ocho años del Londres que sacuden las bombas del Blitz, siente alivio en su casa de acogida en el campo, en Oxfordshire, y más tarde un sentimiento de culpa por creerse un ser privilegiado frente a los padecimientos de la guerra. Más tarde Swift, como hizo en “El Domingo de las Madres”, nos arrastra hacia el misterio suspendido a lo largo de las páginas. Abre asimismo una nueva dimensión narrativa saltando décadas hacia adelante desde el muelle donde se reúnen sus tres personajes hasta que la protagonista femenina, Evie, es ya una anciana que mira al pasado con orgullo y melancolía. El título, “Bueno, aquí estamos”, tiene que ver con las palabras pronunciadas, sin razón aparente, como un latiguillo, por la madre de Ronnie cada vez que ofrecía algo a los demás. El epígrafe de la novela, “Son ilusiones de la vida lo que recuerdo”, de Joni Mitchell, resulta altamente revelador de lo que se cuenta en ella.

Graham Swift, el escritor de talante más discreto de la brillante generación de los Ishiguro, Rushdie, Barnes, Amis y McEwan, disfruta volviendo la vista hacia atrás como un gran evocador de viejas atmósferas. Desde su primera novela hasta “Últimos tragos” (1996), ganadora del Premio Booker, y aún más allá, ha utilizado el recurso narrativo tradicional de la memoria como una fórmula para contar diferentes historias simultáneamente. “Bueno, aquí estamos” contiene dramas, misterios y revelaciones, incluye padres ausentes y madres fuertes. En ella recibimos pistas y sugerencias sobre lo que sucederá a continuación. Pasan cincuenta años y los guardianes de la memoria no dejan de compartirla. «En aquellos días…», o «no sabría decir exactamente cuándo…». En realidad, todo es compartido entre el autor y los recuerdos personales de cada uno de sus personajes.

Las vidas posteriores de los supervivientes también tienen su particular tristeza: disfraces guardados en un cajón, fotografías enmarcadas, cenizas esparcidas y una biografía discutida con un agente durante un almuerzo en un restaurante de Mayfair. Los recuerdos oníricos, pensamientos errantes, fragmentos de viejas canciones y bromas teatrales operan como el contraste de una búsqueda perpleja de lo que realmente ocurrió. Los pañuelos blancos al viento de las madres de los niños evacuados de los bombardeos en el andén de la estación de Paddington, en 1939; la luz de la luna que se proyecta sobre el mar, la lluvia que se ve desde la ventana del tren, los conjuros del ilusionista Ronnie. El pasado se va fragmentando: es las defensas antiaéreas del Blitz, pero también las bebidas en el Walpole Arms, después del espectáculo de variedades, en el muelle de la ciudad veraniega aquel agosto postrero de 1959: los zapatos de claqué, las varitas mágicas, las lentejuelas, y hasta las chaquetas de cuero de los primeros rockeros.

El lenguaje de Swift, siempre sencillo, se ha vuelto con el tiempo casi transparente. Resulta curioso comprobarlo desde el monólogo interior de su primera novela The Sweet-Shop Owner (1980), el estilo digresivo y ensayístico de El país del agua (1983), el conmovedor coro de personajes que compone Últimos tragos, el torbellino vital de La luz del día (2003) o la búsqueda de la salvación en Ojalá estuvieras aquí (2011), hasta sus dos últimos títulos con historias narradas en tercera persona, en las que cualquier indicio del narrador se ha diluido hasta su práctica desaparición. Swift, algo inusual entre los de su generación, jamás ha tenido miedo del cliché ni de frecuentar la gastada actualidad coloquial con sus personajes. Como dice Ronnie de su oficio de mago, las ilusiones deben manejarse a la luz del día, de lo contrario el público podría sospechar que todo truco es fruto del engaño. La virtud de esta novela proviene precisamente de que la magia no se oculta y actúa sin esconderse del lector. El autor muestra su habilidad, su innegable oficio, para conjurarla en la vida ordinaria. De ese modo, en Bueno, aquí estamos se produce una especie de interacción entre la ilusión escénica y las sorpresas que reserva la tragicomedia que es la vida, hasta convertirse en una obra maestra por la forma en que las historias que se cuentan se mueven a través del tiempo de manera tan fluida y en tan pocas páginas.

Compartir el artículo

stats