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Nueve décadas de una película incómoda

90 años del estreno de ‘Freaks’, un drama que provocó el rechazo radical de Hollywood

Una escena de ‘Freaks’ (’La parada de los monstruos’), de Tod Browning. | | ELD

Muy pocas películas han sufrido tantas vicisitudes a lo largo de la historia del cine, ni recibido tantos vituperios de la prensa sensacionalista. Ni los filmes más audaces, combativos e irreverentes que jalonan la larga trayectoria del viejo Hollywood, que no han sido pocos, tuvieron que afrontar los ataques iracundos de una sociedad, la de los años 30, por reflejar con inaudita crudeza un realismo tan escalofriante como el que muestra en sus escasos 64 minutos la producción de la Metro-Goldwyn-Mayer La parada de los monstruos (Freaks, 1932), dirigida por el gran Tod Browning, con el indisimulado propósito de remover los cimientos de una industria sometida al tiránico sistema de producción de los grandes estudios y demostrar, al propio tiempo, que bajo otras ópticas también es posible la realización de un cine de auténtica raigambre artística.

La película, que gira en torno a la vida cotidiana en un depauperado circo ambulante donde se masca continuamente la rivalidad entre un conjunto de seres monstruosos y los propietarios del negocio, fue prohibida durante 30 años en un país de tanta tradición liberal como Reino Unido, convirtiéndose en un monumental fracaso comercial en casi todo el mundo hasta que en el año 1962, con un nuevo montaje y una duración reducida a 64 minutos, fue reestrenada, con todos los honores, en la Mostra de Venecia, transformándose, a partir de entonces, en uno de los filmes de culto más reverenciados por crítica y público.

La película fue prohibida durante 30 años en un país de tanta tradición liberal como Reino Unido

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Aunque el actor, director, guionista y productor Tod Browning (Louisville, Kentucky, USA, 1880/Hollywood, L.A. California, USA, 1962) emprendió su intenso recorrido profesional como realizador en 1915 con el filme de dos rollos El transbordo afortunado (The Lucky Transfer), o sea, 18 años antes de que Freaks, su filme más polémico, se convirtiera en uno de los hitos más impactantes y perturbadores del cine de todos los tiempos, en su filmografía ya figuraban, entre otros muchos títulos de calado, Drácula (Dracula, 1931), protagonizada por el actor de origen húngaro Bela Lugosi, uno de los grandes iconos del cine fantástico del momento; La casa del horror (London After Midnight, 1927), Fuera de la ley (Outside the Law, 1920), Garras humanas (The Unknow, 1927), Maldad encubierta (The Black Bird, 1926), El hombre encubierto (Man Under Cover, 1922), La sangre manda (The Road to Mandalay, 1926), Los pantanos de Zanzibar (West of Zanzibar, 1928), Oriente (Where East is East, 1929) o El trío infernal (The Unholy Three, 1925), películas que responden, en mayor o en menor medida, a una concepción del terror y de la violencia explícita que crearía tendencia, sobre todo, en la etapa dorada de la Universal, cuando comenzaron a desfilar por sus estudios los mitos más representativos del género, cosechando éxito tras éxito.

No obstante, y pese a su acreditado talento, su reconocimiento internacional en el ámbito de la crítica, no tanto en el del público, lo lograría a partir de este escalofriante testimonio sobre el género humano contra cuyas crudas e irrepetibles imágenes se cebaron sin piedad los sectores más reaccionarios de la prensa estadounidense de la época por mostrar, decían, «el lado más monstruoso de la realidad, sin el menor pudor ni misericordia», «el filme más deleznable e inmoral que ha visto el espectador estadounidense en muchos años» o «lo más espeluznante de esta horrorosa película (sic) es que pueda convertirse en un gran éxito de taquilla». También aportaría su propio granito de arena para tratar de sabotear la distribución de la película el mismísimo William Randolph Hearst y su poderoso emporio mediático, como también intentó hacerlo, ocho años más tarde, con Welles y su excelente Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1940); en este caso, y como es bien sabido, con escasos resultados.

Ciertamente, el cine de Browning está sembrado de imágenes duras, turbias, brutales y potencialmente transgresoras, imágenes que invaden la realidad con un soplo continuo de turbación y espanto y que desvelan, sin rodeos, las zonas más oscuras de la degradación moral del hombre frente a unas circunstancias que es incapaz de asumir y controlar. Randian, el torso viviente hindú; Josephine-Joseph, mitad hombre y mitad mujer; Martha, el prodigio sin brazos; Elizabeth, la mujer cigüeña; las hermanas siamesas Hilton; Pete, el Esqueleto Humano; las cabezas de alfiler; los enanos y la mujer barbuda, así como otros muchos personajes secundarios habituales en el entorno del circo, se dan cita en este impresionante carrusel de anomalías humanas que circulan a lo largo de secuencias tan inquietantes como la del banquete de boda o la de la tormenta.

No es la suya simplemente una poesía del horror en la misma medida en que sí lo es la que destilan, por ejemplo, algunas de las mejores películas de Murnau, autor, asimismo, de su propia versión sobre el príncipe de las tinieblas con su formidable Nosferatu, el vampiro (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922). Browning, por el contrario, sabe conjugar a la perfección el lado abismático del ser humano con sus zonas más diáfanas y compasivas; el bien y el mal como dos estructuras que, en situaciones extremas, pueden llegar a ser pavorosamente devastadoras, mostrando así la ambigua realidad moral por la que discurre la maltrecha existencia de sus protagonistas, seres indescriptiblemente deformes, pero capaces, sin embargo, de provocar las más turbias y angustiosas pesadillas en un entorno social que los rechaza de manera inmisericorde.

Browning lograría su reconocimiento internacional a partir de este escalofriante testimonio sobre el género humano

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En Freaks, la repentina perversión de sus desdichados personajes nace, paradójicamente, de un sentimiento de solidaridad cuya cristalización provoca el repudio inmediato de la taimada Cleopatra (Olga Baklánova), la bella acróbata que contrae matrimonio con el enano Hans (Harry Earles) con el único objeto de adueñarse de su fortuna, y su fornido cómplice Hercules (Henry Victor), el amante sin escrúpulos que desencadena la atroz venganza final, sigilosamente perpetrada por unos seres desairados por las inquebrantables reglas que impone la normalidad.

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