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Pilar Carreño Historiadora del Arte

«El de Maud Bonneaud es un feminismo de época»

La historiadora del arte Pilar Carreño. | | ESTEFANÍA BRUNA

Maud Bonneaud, protagonista de la exposición ‘Maud c’est la vie!’ en TEA, fue una figura poliédrica poco investigada que tomó parte en la vanguardia parisina y canaria

En todos los momentos de efervescencia cultural hay personajes que ejercen de secundarios sobre los que las interpretaciones con la perspectiva del tiempo no pueden prescindir para no perder eficacia analítica. A este respecto, Pilar Carreño, una de las más rigurosas historiadoras del arte del Archipiélago, podría hacer suyo el dictum de Aby Warburg, «El buen dios habita en los detalles», mientras señala, pongamos por caso, un poemario dedicado de Valentine Penrose, una foto de unos amigos en la playa de Golfe Juan, una invitación a una inauguración en la sala Conca o un broche esmaltado con forma de estrella de Maud Bonneaud (1921, Limoges-Madrid, 1989), la protagonista de la exposición Maud c’est la vie!, que Carreño ha comisariado en Tenerife Espacio de las Artes (TEA). Más conocida en el Archipiélago como Maud Westerdahl —tras su matrimonio con el prominente crítico y agitador de la vanguardia insular Eduardo Westerdahl— casada antes, en 1948, en París, con el pintor surrealista tinerfeño Óscar Domínguez, a quien conoció por su amistad compartida con el «pontífice» del surrealismo André Breton, la aproximación de Carreño a la figura de Bonneaud, difusa entre los reflejos de autores bañados por la luz de la historia, aclara aspectos de la vanguardia insular y continental.

Maud Bonneaud entre las figuras tutelares de André Breton, Óscar Domínguez y Eduardo Westerdahl. ¿Diría que es esta una exposición basada en la perspectiva feminista en la historia del arte?

No necesariamente. Es una mujer vista por otra mujer, de dos generaciones diferentes, con distintas perspectivas, pero nos une una exigencia personal y la búsqueda de la excelencia. La elección del título de la muestra que curiosamente coincide con el de Romy-C’ est la vie, biografía en imágenes de la actriz Romy Schneider, aunque no por este motivo, responde a una expresión que Domínguez usaba con cierta asiduidad en la correspondencia con Maud. Es cierto que Maud se declaró feminista en alguna ocasión, sin embargo, es un feminismo de la época, más teórico que práctico, ya que dependía económicamente de sus parejas, aunque pudiera tener algunos ingresos por su trabajo o por su familia.

¿Qué aporta esta muestra en relación a las exposiciones y libros precedentes dedicados a su figura?

Fundamentalmente rigor y fidelidad a las fuentes para desentrañar la figura de Maud y su época. Como queda recogido en el catálogo que la acompaña, que no solo amplia la información de cada sección de la muestra, sino que cuenta con la catalogación de todo lo expuesto, además de testimonios de la propia Maud a lo largo del tiempo y la bibliografía y documentación empleada; por tanto, un elemento imprescindible en este proyecto y tengo la impresión de que va a ser una referencia ineludible para futuros trabajos sobre Maud. Aun así, creo que la gran aportación de esta muestra es la puesta en valor de su peripecia vital. A través de las obras y, especialmente, de las fotografías, cartas y documentos de todo tipo podemos vislumbrar sus vivencias en el París ocupado, sus relaciones con los protagonistas del movimiento surrealista, las cartas de André Breton que estaban inéditas hasta esta exposición, su vida cotidiana con Óscar Domínguez su relación con Eduardo Westerdahl, y finalmente, la influencia que ejerció en el contexto artístico insular. Todo está volcado en el catálogo, lo que me permite prescindir de ficcionalizaciones y dar todo el protagonismo a favor de mi biografiada. Me explico, defiendo la historia del arte como una disciplina científica y las fuentes son la base de mis trabajos, así como las citas a pie de página, obligadas, porque si me baso en otros trabajos debo mencionar mis débitos, no apropiarme sin más.

No es la primera vez que atiende a Maud Bonneaud. Antes ya se ocupó de ella, colateralmente, en su biografía de Westerdahl y en su catálogo razonado de las obras de Domínguez.

Es cierto, pero parece que el coro de ángeles se olvida, aunque me atrevo a decir que me cita sin nombrarme.

De unos años a esta parte, la profusión de documentos es recurrente en las exposiciones de arte contemporáneo. Las que ha organizado Manuel Borja como director del MACBA, primero, y del Reina Sofía, después, son paradigmáticas de esta tendencia. El aparato documental de esta muestra es considerable. ¿Qué cuestiones expográficas se planteó a la hora de mostrar tantos documentos junto a obras de arte?

Los tiempos van cambiando y actualmente es tan importante la obra, llamémosla definitiva, como los bocetos previos y la información fotográfica o documental sobre la misma. Pero cada exposición tiene un discurso expositivo propio y en el caso que nos ocupa, me pareció pertinente incorporar en cada sala una mínima parte de los documentos con los que he trabajado, por varios motivos, y en especial porque ilustran la biografía de la protagonista y explican elocuentemente su trayectoria vital. Lo expuesto es solo una selección de los originales que consideré imprescindibles; pero también se han digitalizado los tres álbumes de fotografías y documentos expuestos, para que los visitantes que lo deseen, puedan conocer íntegramente sus contenidos. Mi objetivo era hacer atractivo todo este caudal de obras y documentos, al tiempo que transmitir el mayor número de facetas de la poliédrica personalidad de Maud.

¿Tiene entidad Maud Bonneaud como artista?

Por supuesto. Piezas como Brazo de Judith, la serie de obras eróticas y fetichistas, o la de las reinas bizantinas son obras de una gran artista y de una mujer adelantada a su tiempo. Además, creo que los dibujos y bocetos de Maud van a ser una gran sorpresa para muchos visitantes.

En unas líneas en las que evoca su trabajo de esmaltado junto a la fotógrafa Dora Maar y que usted reproduce en el catálogo, Bonneaud se define como artesana. «Se interesó por mi mufla», dice, «a menudo los artistas envidian a los artesanos».

El criterio de Maud fue cambiando con el tiempo, porque recuerdo una conversación con ella en la que se consideraba artista. Hoy en día, la frontera entre arte y artesanía no la marca la técnica ni el medio usado sino quién y cómo los usa.

En una foto de uno de los álbumes de Westerdahl que se pasa en una proyección de la muestra, se ve a Bonneaud en una corrida de toros en Tenerife. Masson, Dalí, Leiris, Bataille… Las corridas de toros fascinaron a los surrealistas. No en balde, como cuenta usted en su libro Los surrealistas en Tenerife, cuando Breton y Benjamin Péret llegaron a la isla, los vanguardistas canarios tuvieron que pagarles hasta las entradas para los toros. Quizá, conjeturo, les acompañase Domingo López Torres, autor del poema Torero, pasión y muerte. Por su parte, por una cueva de guanches, Óscar Domínguez pintó una infinidad de tauromaquias. En fin, sé que no es de buen tono hablar de vanguardistas y toros en Canarias, como sí lo es hacerlo de vanguardistas y guanches. Pero, dado que Maud Bonneaud, como Breton y Péret, por cierto, no se ocupó de los guanches, quizá es más pertinente que hablemos de Maud Bonneaud y los toros.

Es cierto que en Tenerife, cuando venían extranjeros en el mes de mayo, era visita obligada acudir a los toros. En el caso de Maud convivió durante unos siete años con un minotauro, como se recoge en el espacio dedicado en la exposición, desde las cartas de Domínguez, en la que asume su alter ego, cartas que Maud recortó para salvar su privacidad, las fotos en la playa de Golfe Juan, un broche, una maqueta y un dibujo de minotauro, y se cierra con el homenaje de la artista al minotauro. Estos materiales ilustran esa relación interpersonal sobre la que además Maud escribió en tono poético.

Por cierto, como cuenta en el catálogo, Domínguez tuvo en mente el proyecto de que un cirujano le incrustara unos diminutos cuernos de oro en el cráneo para parecer un minotauro. De haber consumado su deseo, hoy sería considerado antecesor de artistas como Orlan y Sterlac.  

Podría ser, pero quizá es más obvio el episodio de la célebre oreja de Vicent Van Gogh.

«Maud era una mujer de su tiempo y asumió el segundo plano, como sucedió con otras mujeres parejas de artistas»

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¿Puede hablarnos de la faceta de escritora de Maud Bonneaud?

No se prodigó demasiado, pero sus textos nos permiten acercarnos a una escritora que bucea en el surrealismo desde una posición personal, en la muestra se recogen los textos y artículos que escribió, mientras en el catálogo se han colocado algunos fragmentos con los artistas con los que mantuvo una relación más estrecha.

¿Merece la pena publicar sus Memorias sin importancia?

Sin duda. Creo que es un testimonio de gran importancia para conocer los entresijos de una época difícil por las circunstancias vitales causadas por la guerra, pero también por su visión de los distintos personajes entre los que se movió. En el catálogo de la exposición he recogido algunos fragmentos, pero he procurado no destripar el contenido de sus recuerdos. Además, se conservan dos manuscritos, uno en español, más amplio y otro en francés, resumen del anterior. La sugerencia para escribirlo es del amigo de Maud, Carlos Gaviño que insistió en que relatara sus vivencias personales, ello nos ha permitido contar con este importante material biográfico.

Bonneaud, como recuerda ella misma y recoge usted en el catálogo, intervino en la redacción del texto Los dos que se cruzan de Domínguez, que se publicó solo con la firma de este último en 1947.

Maud era una mujer de su tiempo y asumió el segundo plano, como sucedió con muchas otras mujeres parejas de artistas, que actualmente se están rescatando. Ese librito sería inviable sin la pluma de Maud, porque Domínguez no sabía escribir en francés: es un trabajo en común, él puso la inventiva y ella la literatura.

También, así lo recordaba ella también, intervino junto a Domínguez en la confección del vestuario y la escenografía para la representación de Las moscas de Sartre, en 1947, en la zona alemana de ocupación francesa.

Si no fuera por el testimonio de la propia Maud no conoceríamos esta gran implicación, porque la prensa francesa y alemana de la época no la cita.

A propósito de sus joyas, ¿cree que la joyería y, en general, las llamadas artes menores deben tener más presencia en los museos de arte o lo de esta muestra debe revestir rango de excepción?

En general los grandes museos tienen departamentos de diseño y artes decorativas. Ya no hay artes mayores y menores. Espero que las mal llamadas artes menores puedan ocupar un lugar mayor en los museos de arte contemporáneo y su presencia no se limite a los de artes decorativas, porque los artistas contemporáneos desde Picasso a Calder han dedicado una parte de su producción a las joyas, son objetos en los que creatividad aflora en sus formatos. El TEA cuenta en sus fondos con un pequeño broche, realizado en 1947, por Maud. Confío que sus colecciones se abran al diseño y las artes decorativas.

Mujer comisaria, ensayista, experta en Óscar Domínguez y en general en las vanguardias insulares. No se ha prodigado usted mucho en TEA, pese a ser este un museo que tiene justamente en Domínguez uno de sus ejes. ¿A qué responde tamaña circunstancia?

De hecho, esta es mi primera colaboración con el TEA. Puedo decir que anteriormente no se habían dado las circunstancias que permitieran esa colaboración, tanto por parte del TEA como por la mía. Desde luego, con la incorporación de Gilberto González como director artístico y su ofrecimiento de este proyecto concreto, fueron determinantes para que yo aceptara el encargo, que asumí como un reto personal, no solo porque era algo de lo que llevaba tiempo hablando con Hugo Westerdahl, el hijo de Maud, sino también por mi propia vinculación personal con ella, a la que conocí y traté desde 1981 hasta su fallecimiento. Han sido dos años de trabajo de investigación rigurosa y apasionante, que han sido posibles por la determinación de Gilberto González en sacar adelante este proyecto y, no menos importante, por el entusiasmo del personal del TEA que se ha involucrado en su materialización.

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