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Una sombra tenue: la narrativa de Josep Pla

‘La ceniza de la vida’ reúne 34 relatos del ampurdanés con risa y exactitud obsesiva en cercar la sustancia a través del adjetivo

Una sombra tenue: la narrativa de Josep Pla

En agosto de 1977, estuve en un tris de perder la vida, secuestrado mar adentro por una enérgica corriente mientras nadaba a la vista de las gigantescas antenas de Radio Liberty en la playa gerundense de Pals. Pocos días después, cambió mi vida literaria tras pasar una tarde con Josep Pla en su casa de Llofríu, donde el cascarrabias ampurdanés moriría cuatro años más tarde, a los 84, muy cerca de su Palafrugell natal. Por lo tanto, me libré de morir ahogado y de la petulancia que pensaba que habría de acompañar siempre al oficio de escribir, al que pensaba dedicarme. Completando una labor de desbroce en directo —en la que ya se habían afanado mis otros maestros Juan Benet y Gonzalo Torrente Ballester— el colosal Pla hizo gala durante aquellas horas de su desaliño (recibió en zapatillas y bata no impoluta sobre pijama), tacañería (se sirvió vino y whisky sin ofrecer ni una vez), socarronería extrema, inteligencia finísima y astucia desconfiada. Un servidor presumía que los autores geniales eran seres que hablaban siempre sentando cátedra y dictando máximas. Pla charlaba como un campesino o un marinero ampurdanés listísimo, nada más, nada menos. Allí estaba, en su mesa camilla, el autor de El cuaderno gris, La vida amarga, Agua de mar; de miles de páginas perfectas; el periodista, el viajero, el gastrónomo, el espía, el biógrafo de tantos grandes y chicos, el patriarca de las letras catalanas, el incómodo para no pocos catalanes, el que fijó la prosa en catalán, el que escribió en español mucho y bien, el candidato al Nobel, el manual de estilo para cualquiera que desee describir, la enciclopedia del observar… Josep Pla, del que ahora se recoge toda la obra narrativa entre los años que indica el subtítulo.

Hoy comento un conjunto de 34 relatos («tentativas», las llama su autor) y un apéndice extraídos de los tres citado, sin nada en común entre sí como no sea el afán de fabular, de inventar tramas, acciones, personajes y comiquísimas escenas de un Pla que ya confesaba en los 60 que la literatura narrativa es la que le habría gustado cultivar «si la dispersión angustiosa del periodismo» (llegó a publicar tres o cuatro libros por año) se lo hubiese permitido. De hecho, sus primeros fueron ficción pura, rehecha en sucesivas ediciones, modelada, tachada o suprimida, ampliada, entreverada en dietarios, libros de viajes, libros de notas… que esta edición ha conseguido entresacar.

A Pla lo tengo por buen narrador de ficción: sabía escuchar muy bien y narrarlo retocado por su imaginación. Pero diluyó en su vastísima obra estos sus relatos, sus tentativas. Como pensaba que «la primera obligación de un escritor es observar, relatar, manifestar la época en que se encuentra», se afanó en «plasmar sobre el papel, escalonadas, un conjunto de escenas de la vida humana, escenas muy diversas, con la miseria y la belleza entremezcladas, alternando el vicio y la virtud, la línea del sentimiento y la línea quebrada de la insania». Nada del otro mundo, parecería. Pla se consideraba «una sombra tenue e inconsistente que pasa» y a su obra, «unas reminiscencias de la ceniza de la vida», esa «sucesión de experiencias casi todas equivocadas». Nada del otro mundo, si no acumulasen sus obras una exactitud obsesiva, basada casi siempre en ese culebreo que busca cercar la sustancia a través del adjetivo sabio: «Si alguna mañana entraba un rayo de sol, parecía un rayo de sol perdido, establecido por su cuenta, indirecto»; «es un hombre que morirá inédito, fabuloso, fragmentario, errante»; o «día glorioso, mentolado, fresquillo».

¿Era solo, entonces, un periodista de columna fácil y gran estilo? Qué bien viene el cuento El moribundo intermitente para abrir el cuadro y partirse de risa. Cuenta las andanzas berlinesas del perro Serafí del sedicente filólogo Tintorer, del bailarín de cabaré Formiguera y de Xammar, periodista. Dialogan con ironía sobre cosas de la lengua: «Se encuentra desvitaminizado, para decirlo con el barbarismo más fresco y nuevo que acaba de salir». Al asegurar que «parece que proviene de Suecia», convienen los interlocutores en que «es seguro que tendrá éxito», pues «esas cosas siempre tienen éxito». En otro momento, pregunta el narrador a Tintorer refiririéndose a Serafí: «Veo que le habla usted en catalán. ¿Cree usted que lo entiende?». No duda el filólogo ful en afirmarlo, pues los perros «tienen gran capacidad para las lenguas». Y vean cómo explica Tintorer su sentido aprecio por Formiguera, tras llamarlo «excremento de cabaré»: «Le tengo una gran simpatía, la que se suele tener a los perfectos tontos» (cómo no imaginar lo que de párrafos semejantes aprovechó Eduardo Mendoza). O suelte el lector la risa toda al visualizar la escena de la sanación del constipado que pilla Tintorer en el Tiergarten gracias a la colosal paliza que le propinan Xammar con un paraguas, y un vendedor de frutas con el cinto del pantalón (páginas 757 y siguientes).

Toda la vida, completemos el círculo que inicié al principio: «Al salir del puerto, el viento nos sorprende medio de popa. La falucha salta sobre la mar. Ramón ordena moderar el motor. Al tomar la playa de Pals, el viento y el mar vuelven a arreciar».

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