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literatura | Entrevista a un referente de la novela canaria

«Nos ha faltado, tanto en España como en la humanidad, la compasión»

Alexis Ravelo en la Plaza de Las Lagunetas, y al fondo el mural feminista con la imagen de Rosa Luxemburgo y la tinerfeña Mercedes Pinto. | | ANDRÉS CRUZ

Un premio, una trayectoria reconocida tanto dentro como fuera de las Islas. ¿Es este el «estado de gracia»?

Estoy en un momento dulce, pero como llevo en esto, profesionalmente, unos años, ya sé que es una cosa de momentos y tiempos. Ha llegado el momento en que hay una cierta tranquilidad. Por ejemplo, para la novela que estoy escribiendo me estoy dando un plazo de dos años, cosa que no siempre he podido hacer.

Evitando forzar la máquina.

Lo que ya no te puedes permitir es un mal libro. Siempre he entendido que en este oficio cada libro tenía que ser mejor que el anterior. Al principio, no pasa nada, pero cuando te das cuenta de que el público te sigue y está interesado en ti, intentas no defraudarlos y te exiges más.

Con Los nombres prestados, aun estando refrendada por el premio, ¿le ha salido un «buen hijo»?

Como periodista, lo bueno sería que te dijera que es una obra maestra, pero a mí me gusta ser sincero y contar con que cuando el texto está para publicar ya no sé si es bueno o malo. Sí te puedo decir que estoy trabajando en él desde el 2013 y la última versión es de septiembre de 2020. Lo he escrito con mucho amor.

¿Por qué tienen los nombres prestados?

Los protagonistas de esta historia están huyendo de quienes fueron. No les gusta su pasado y quieren ser otras personas, y saben que no lo pueden conseguir si no se redimen del dolor que causaron. Estaba muy interesado en contar una historia de redención.

Unos personajes grises para una sociedad polarizada.

Exacto. Mientras escribía el relato, a este país le ocurrían cosas y, una de ellas, desagradable, fue que la vida política se fue polarizando. El que debería ser tu rival político se convierte en un monstruo, lo cosificas, lo etiquetas, no ves a un ser humano en él y, de alguna manera, fue influyendo en la escritura porque pienso que eso hace mucho daño a la sociedad. Como escritor, siempre te planteas preguntas e intentarlas trasladarlas a tus lectores a través del texto y yo, en esta novela, me pregunto sobre las condiciones de posibilidad de diálogo y del retorno a la compasión.

¿No es mejor olvidar?

En principio, estos personajes han creído que pueden dar carpetazo y ser otros, pero descubren que hasta que no rediman la culpa que sienten por lo que han hecho, no van a poder hacerlo. No se puede ir hacia delante si quedan heridas sin cerrar. Esa experiencia la tuvimos con la Transición: hubo que esperar al 15M para aceptar que no fue una época tan modélica como parecía, aunque nos lo hubiese adelantado escritores como Manuel Vázquez Montalbán o Juan Madrid. Una herida que se cierra en falso genera pus. Nadie puede ir hacia delante si no sabe de dónde viene. De alguna manera, al revisar el horror que este país vivió durante 40 años, surge rabia e ira y empezamos a no ver los seres humanos que hay detrás de las víctimas y, también, de los verdugos. En todas las dictaduras, a veces, ellos son víctimas del propio sistema que los ha hecho así.

Adelantaba en su blog que la historia surgió en una feria canina. ¿Cómo influyó?

La historia surge del amor a los animales. A partir de ese episodio, me puse a pensar en el poder que tienen para sacar nuestros mejores instintos, como ocurre en este libro. En el fondo, habla de la violencia política que hemos arrastrado en este país, tanto del terrorismo como del terrorismo de Estado. Al final, dos personas que vienen de esos dos mundos tan enfrentados y están destinadas a ser enemigos pueden llegar a conciliarse y a reconocerse porque ambos pretenden proteger una inocencia más allá del odio y del rencor: un bien común.

¿Teme ser malinterpretado?

No hay malas interpretaciones. Solo que no coinciden con tu intención. El texto está ahí y lo mejor que puede ocurrir es que genere debates. No hay nada más bonito que ver a dos lectores peleándose por interpretaciones distintas de un texto tuyo. Por otro lado, lo que sí me gustaría es que el libro incomodara, ya que pone en tela de juicio posturas que, yo mismo, he mantenido.

De forma que llegamos a entender los malos actos de un individuo. ¿Cómo lo sobrelleva con sus personajes?

Lo que nos queda es ser compasivos. La psicología moderna lo llama empatía, pero la tradición cristiana lo llama compasión y, etimológicamente, me resulta más exacto puesto que es cumpassio: sentir con el otro. Algo que nos ha faltado, no solo en España sino en la humanidad, es la compasión. Quizás lo digo porque soy un señor de 50 años que ha recorrido su camino a través del odio y ha descubierto que somos todos seres humanos, lo cual no significa ser siempre mejor, sino tal vez peor.

Esta vez se aleja de Canarias, ¿qué hay en Nidocuervo?

Nidocuervo está a las afueras de San Expósito, es como mi Santa María o mi Macondo. Quería contarla en ese lugar pequeño y olvidado, perfecto para establecer ficciones alegóricas, como esta, y ambientada en los 80, donde hasta había cabinas telefónicas. Me parece que tiene una gracia analógica. Era más interesante que ocurriera en las afueras de un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conoce y la llegada de un extraño siempre genera interés y el silencio es mayor.

¿Sigue manteniendo la mirada narrativa insular?

Escribo en canario, y es algo que siempre he llevado con mucha naturalidad. Tuve la suerte de venir detrás de autores como Victor Ramírez, Emilio González Déniz o Carlos Álvarez, que es de León y escribe en canario. Esto lo firmo cuando quieras, ese prejuicio contra la literatura canaria lo teníamos más los isleños que los peninsulares; mis editores, por ejemplo, quieren que escriba en canario porque es lo que me distingue. Estoy leyendo una novela de Héctor Abad Faciolince que comienza diciendo [busca la página del libro que saca de la mochila]: Mi papá me dejaba hacer todo lo que yo quisiera. A nadie le extraña, ¡es colombiano! Lo que quiero decir es que ese complejo lo habíamos superado en mi generación y ahora me encuentro con que lo hemos descubierto otra vez. Creo que es un flaco favor.

¿Qué opina sobre las nuevas voces literarias de las Islas?

Estoy viendo cosas interesantísimas. Andrea Abreu, por ejemplo, tiene una mirada muy inteligente y cuando la lees te das cuenta de que lleva la música puesta. Se ve que está curtida en la poesía y maneja muy bien el ritmo narrativo. Eso es un don.

Ya que habla de lo canario, ¿qué más sabe Eladio Monroy, su personaje, de aquella finca en la que estuvo y donde había prostitutas y empresarios?

[Risas]. Escribo lo que él me cuenta. Es inevitable que una novela negra se lea en clave cuando te fijas en el entorno más próximo del autor, por lo menos este que habla contigo. Sacamos los argumentos de la prensa y, sobre todo, de situaciones que creemos que han quedado impunes. La impunidad, decía el escritor Gustavo Forero, es una fuente inagotable de argumentos para un escritor de novela negra. Escribimos sobre lo que nos indigna.

Este año, el Día de las Letras Canarias está dedicado a Dolores Campos Herrero. Después de dos años pandémicos, ¿por fin se le va a hacer el homenaje que merece?

Esperemos que sí. Con Natalia Sosa ha sido una pena perder la oportunidad de revitalizar su obra, al igual que con Josefina de la Torre –aunque seguimos olvidándonos de Claudio de la Torre–. Tenemos una oportunidad de oro para recuperar la obra y el conocimiento de la obra de Dolores. Siempre digo que llegó en el momento en que la literatura canaria necesitaba a Lola; combinaba lo urbano, lo cosmopolita, lo universal, una cultura clásica difundida de una manera amena y diversa, se fijó en géneros que todavía no tenían carta en la ciudadanía como el microrrelato. Uno puede iniciarse en su lectura con la antología Historias de Arcadia y otros cuentos, de Ediciones La Palma. Para mí, como lector, fue un soplo de aire fresco. Ojalá todo esto haga que se reediten sus obras, diseminada en ediciones de Edirca o de Centro de la Cultura Popular Canaria, y se difundan porque es importante que, después de estos 20 años, recordemos de dónde venimos. Lola fue la primera autora del siglo XXI en Canarias.

Una vez, el escritor y periodista Manuel Vicent me dijo que escribiera sobre lo que conocía. ¿Qué sabe usted?

Cada vez sé menos. Es un buen consejo, no escribir sobre nada que no hayas experimentado o investigado y, cuando escribes ficción, vestirla con tu conocimiento directo del mundo. Sé que estoy aquí, soy isleño por dentro y por fuera y mi mirada siempre será esa. Sé eso y que cada vez sé menos del mundo. Me tengo que vestir de inocencia y humildad cada día para poder contar las historias.

¿Echa de menos escuchar a la gente en el bar, como hacía cuando era camarero?

A veces, sí. Antes la gente no sabía que escribía y, sin pretenderlo, me daban historias.

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