Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Corazones solitarios

Una imagen de la escritora estadounidense Julie Hayden

Corazones solitarios El Día

¡Qué rara joya para empezar el año! Julie Hayden, una escritora secreta, con un único libro de relatos, redescubierta por Lorrie Moore en su pódcast para la revista New Yorker, desaparecida prematuramente por un cáncer de mama, alcohólica y solitaria. Diez cuentos en dos secciones que parecen las aurículas y ventrículos de un mismo corazón.

La primera parte, Vidas breves, es marcadamente femenina, y recibe la sangre de Hayden como si de una transfusión a vida y muerte se tratara: de ella se alimentan, por ejemplo, la tía carnal de un niño de 3 años (Paseo con Charlie), las niñas que entierran animales plantando violetas silvestres en sus tumbas (Una pizca de naturaleza) o la mujer que se pierde en Manhattan (Ratas bebé de un día de vida), embutida en su abrigo de pieles, para sumergirse en sus batallas cotidianas con el repartidor de paquetes y para entregarse a una confesión religiosa con petaca incluida.

La segunda parte, Las listas del pasado, es más masculina, está centrada en la figura de un patriarca a las puertas de la muerte, aunque en ocasiones su punto de vista esté matizado por el de una de sus hijas, que a la vez remite a uno de los relatos de Vidas breves. El corazón se separa y se interconecta, se hincha y se relaja como buscando las contradicciones de la propia experiencia.

Esos movimientos de tensión y reposo pueden resultar desconcertantes, porque adquieren formas y estilos distintos en las dos secciones del libro. En los primeros relatos, el lector podría reconocer los ecos de la voz de Virginia Woolf y su señora Dalloway, la conciencia palpitante de una mujer que cruza relatos como el nadador de John Cheever cruzaba un barrio entero para volver a casa a través de sus piscinas. Ratas bebé de un día de vida es, en ese sentido, el relato más radical del libro, y el más espectacular: atravesada por abruptas elipsis, y desde un registro poético que roza una cierta abstracción, la historia de la errancia de esta mujer sin nombre por la metrópolis neoyorquina no es otra que la de la soledad urbana, y ahí, a trompicones, Hayden nos hace sentir tan pequeños ante los rascacielos y las bocinas de los coches como una muñeca en una cocina de juguete. El lirismo del cuento, como ocurría en los de su coetánea Lydia Davis, tiene algo de violento, y también de tremendamente emotivo.

Esa violencia se transforma en serenidad en la segunda parte del libro, mucho más fluida y elegíaca. La prosa de Hayden pierde parte de su agitación para adquirir un tono más crepuscular, como el de una larga despedida. Ben, el moribundo, no para de hacer listas mentales de todo lo que no ha hecho y le queda por hacer, y esa cotidianeidad provisional, teñida de enfermedad, es un recordatorio de la vida. La muerte no es más que la secuela inevitable de haber vivido, y Hayden no describe su inminencia como algo terrible, y mucho menos apoteósico. Con toda la tristeza que rezuman sus cuentos, nos quedamos con la sensación de que, solo releyéndolos, sabremos que nuestro tiempo aquí, entre el cielo y la tierra, ha valido la pena.

Compartir el artículo

stats