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La civilización líquida

Lincoln Paine ofrece en ‘El mar y la civilización’ una colosal historia de la navegación, descompensada y sin estilo , pero placentera para viciosos

La civilización líquida

He aquí un libro para viciosos. Viciosos en la 5ª acepción que a esa palabra da el Diccionario: el que practica alguna costumbre placentera y adictiva. Por ejemplo, el hábito de leer libros sobre la mar (o el mar, pues los sustantivos de género ambiguo permiten ambos artículos). Cierto es que la omnipresencia de la Wikipedia nos ha restringido a los viciosos de tales lecturas el uso del papel: por comodidad, sobre todo, pues suele tratarse de tochazos importantes. Pero resistimos, haciendo esforzados equilibrios para sujetar Navegantes (diarios y cuadernos de bitácora), de Huw Lewis-Jones; Barcos (su historia a través del arte y la fotografía), editado por Andrew Lambert. O este trabajo que hoy nos ocupa: colosal, descomunal (como dice con acierto la nota de los editores), titulado El mar y la civilización, y que mediante 20 capítulos súper, mega, híper informados y eruditos nos va contando desde “es imposible saber quién se enfrentó al mar y al río por primera vez” hasta los entresijos de los últimos portaviones. Con su inicial mapamundi troceado e histórico. Con sus más de 100 páginas entre bibliografía y notas. Con sus fotos, reproducciones de cuadros, ilustraciones varias… Su autor (el que quiera suponer que por fuerza hubo de contar con una legión de investigadores coescribientes es muy libre: léase el apartado, ya obligatorio, de agradecimientos), Lincoln Paine es un especialista con ya cinco volúmenes sobre la mar, amén de artículos (en el sentido USA del término: no cuatro líneas al albur) sobre diferentes aspectos de historia marítima. Con el manifiesto propósito de “cambiar el modo en que usted ve el mundo”, este hombre del marino estado de Maine nos lleva sin mareo y sin descanso por la navegación y la construcción naval en Oceanía; en kayaks, mías y maridares; por el antiguo Egipto; por la navegación en la Edad de Bronce, o los fenicios, Cartago y Roma, los monzones; por China y el sureste asiático en los siglos III a VI, por el pecio de Serse Lima ni, los vikingos, la ruta marítima de la seda; nos empuja desde la Tan Posterior a la Son del Norte, desde la Liga hanseática hasta el Atlántico después de 1492, desde la Revolución Americana hasta la Guerra de Corea… Todo el mar, toda la mar y las civilizaciones que comunicó o produjo.

La civilización líquida

La civilización líquida Francisco garcía pérez

Tamaño esfuerzo creativo (colosal, descomunal…) exige las dos cosas que lastran, a mi juicio, el libro. La anestilización y la descompensación. La primera, la falta de estilo narrativo, hace que solo el muy vicioso se lo coma entero. Comparemos. Cuando Paine cuenta la batalla de Salamina, lo hace así: “El estrecho de Salamina es un canal largo e irregular, que cuenta al este con la protección del a isla de Psitalea, y se cierra una media milla antes de abrirse a la bahía de Eleusis…”. Ni un rasgo de interpretación, solo información. Leamos, por el contrario, las advertencias que dirige −durante la misma gesta salamineña− un compatriota a Temístocles, reproducidas por Heródoto, en la traducción dieciochesca del padre Pou: “Una vez se partan ellos de Salamina con sus naves, adiós, amigo, no habrá más patria por cuya defensa podrás pelear. ¿Sabes lo que harán? volveráse cada cual a su ciudad e irá pereciendo la Grecia por falta de consejo y acierto”. Todo interpretación, jugoso estilo.

En cuanto al desequilibrio, cuando el lector está a falta de 100 páginas aún navega por el XVIII, y en cuanto entra el vapor en la navegación, a toda máquina el libro. Pero ¿por dónde cortar?, podrá objetárseme. Propongo que por la desmedida importancia que se le da a los EE.UU. en la mar. Que se la trate como a España −se la llama “Castilla”, sobre todo− que ve cómo Colón pasaba por aquí, los Reyes Católicos son comparsas en la empresa colombina, a la “Grande y Felicísima Armada” (la estudiada como Armada Invencible) se le dedican dos páginas. Y las islas Canarias… son doce.

¿Es entonces un libro pesadísimo? Nada de eso. Lean esto tan guapo: “Según la cosmografía egipcia, Ra tenía dos barcos en los que cruzaba el cielo, uno para el día, otro para la noche”. Lean las caballerosas costumbres chinas en la página 235. Un epígrafe se titula “El reino de Chola”. Lean las descripciones de Estambul o Venecia. Pero no faltan las páginas (382, por ejemplo) en que se hace preciso mucho vicio lector para escalarlas. Es el estilo vívido el que hace vivido siempre un libro, el bien contar. Aunque sea sobre lo más repugnante. Se cita a Pigafetta sobre el viaje de Magallanes: “El bizcocho que comíamos ya no era pan, sino un polvo mezclado de gusanos que habían devorado toda su sustancia, y que además tenía un hedor insoportable por hallarse impregnado de orines de rata”. Y se dificulta el goce si no se consigue la brevedad de libros como, digamos, “¿Por qué los marineros no saben nadar? y otras curiosidades marítimas”, de Nic Compton.

Pero el esfuerzo, sí, es descomunal. Júntenlo a El espejo del mar, de Conrad; al Moby Dick, de Melville; a la antología de Aurora Luque Aquel vivir del mar y podrán pasar un gran rato marino… con la frescura de Homero sin ir más lejos: “Y se marchó en silencio por la arena del mar lleno de rumores”.

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