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Vivir «padornamente»

Vivir «padornamente» El Día

Es muy harto y difícil poner orden en los sentimientos, agolpados, confundidos en la memoria, yendo y viniendo en una loca prisa sin sentido, a borbotones. Eugenio Padorno es en esos años definitorios de la formación de la sensibilidad, años de tránsito de la niñez a la adolescencia, de la adolescencia a la juventud, y, aún más tarde, como contraste de una decisión literaria compartida, una figura de referencia.

Más o menos, estas palabras las escribí en un recuerdo que hice de su hermano Manuel. Figura y hombre entero para aquellos niños de pantalones remendados que ya no le cabían al padre. Con mi hermano Carlos, hoy dolorosamente desaparecido, que era de la misma edad que Eugenio, entraba en su casa para jugar con él. Allí nos reuníamos con Juanuco «Cabeza de trigo», Luis Ojeda y yo, el más pequeño, con algún otro. Para mí eran las mejores horas de luz con las meriendas de mamá María. Eugenio, por aquel entonces, tenía en su poder aquellos pequeñísimos cuentos de Calleja que nos traía Manuel de Madrid. Y leíamos con verdadero placer y entusiasmo. Eran los primeros años cincuenta, en el 52, quizás, muere el padre de los Padorno y vimos un mundo de negritud en nuestros vestidos y un aire de respeto que imponía el silencio. Las lecturas innumerables de aquellos cuentos se enredaban en una lenta melodía de sol, luces, crepúsculo, aire de azotea y fiesta.

Los recuerdos se agolpan, la voz se mecaniza, se destierra de esa zona del tonillo agudo y monótono, propio de la adolescencia, entre las cuatro paredes de la estancia. Era la necesidad de huir, de buscarse un refugio contra la vulgaridad y la fealdad; de crear un lugar donde sea posible, no solo la poesía, sino vivir en poesía. Es precisamente en estos finales de los cincuenta, cuando nace aquella «colonia» de amigos que quisieron ser artistas. Cuando todo el mundo se reducía de La Puntilla a Las Canteras, y que tanto ha influido en nuestra vida y nuestra poesía. Ese mundo nació en las azoteas, con sus veladas artístico-musicales, con las deliciosas y abiertas sonrisas de las muchachas que eran todo nuestro mirar, y, sobre todo, coincidía exactamente con los sueños de todos nosotros. Es en esta época cuando intentábamos sustituir la imagen retinal por la imagen mental. Vivíamos en la metáfora. Eugenio ya nos sorprendía refiriéndose a la niña de la trenza:

sigues en mí

como llama y vela

En aquellas reuniones de azoteas, se discutía incansablemente y, sobre todo, se vivía en poesía. Esos versos son de una edad entre infantil y adolescente. Quizás Eugenio recuerde que hicimos una antología en una flaca libreta, de las de grapa, donde todos hicimos versos primerizos: Mi amor del campo, así tituló Eugenio aquella plaquette. Algo insólito en cuanto a romper todos con el mundo de la poesía antigua, dentro de nuestra ignorancia. En el fondo no era otra cosa que convertir en literatura toda experiencia humana.

Experiencia que va a recoger en su primera juventud, universitaria, cuando creamos la pequeña colección Mafasca, donde publicamos a varios amigos. El nombre, ¡cómo no!, se debe a Eugenio, siempre lleno de ideas.

En Mafasca Eugenio publicó Para decir en abril, que se abre con ese gran simbolismo de sus veinte años dispuesto a la tentación de materializar la expresión del «ser»:

Habitante en luz

Como conjunto de pensamiento, Para decir en abril es solo una anticipación vacilante, sujeto a reforma. Como obra lírica, pese a las dificultades y oscuridades, inevitables por otra parte en la poesía de Padorno, son de una espléndida cosecha.

Eugenio es un gran paseante, pero no siente ningún aprecio por viajar. Observándolo bien se desenvuelve mejor en su entorno pequeño, donde surge la posibilidad de apreciar la poesía de lo ínfimo trascendiéndolo. Opino, y creo no equivocarme, que un escritor como Eugenio debe ser modesto. Si hace mucho caso a su yo acabará extraviándose en la retórica y en el narcisismo. Eugenio se hace invisible para que el mundo salga a la luz.

Si el título de este libro primerizo define el ámbito geográfico en que vive el poeta, el segundo, Metamorfosis, supone un cambio radical en una etapa decidida por la poesía sonora y palabrera.

A este Padorno de adolescencia y juventud le sigue el Padorno de las incansables lecturas de la época universitaria de Heidegger y Rilke. Lo que hace el poeta, a partir de entonces, sin salirse de su pequeño territorio de Las Canteras, lo que quiere Eugenio es un poema revelador, uno que lleve un mensaje definitivo a la humanidad esclavizada por el maquinismo. Nótese en los libros Diálogo del poeta y su mar y Paseo antes de la tormenta. En el primero habla con ese dios, o algún sucedáneo, que crea a su manera, un dios para uso privado, pero de cuyo mensaje estamos necesitados. El segundo, Paseo antes de la tormenta, otra vez el título, nos hace pensar a los lectores: ¿antes de la tormenta o después?

Eugenio ya conoce el ensayo de Poe Cómo se hace un poema. Y también sabe cómo trabajaron los grandes poetas. Desconfía de la inspiración. No cree en ella. Pues bien, este sugestivo nombre, Eugenio Padorno Navarro, cuya vida se repartió por igual entre la poesía y la angustia, grita con Rilke:

Quién, si yo gritase,

me oiría desde los órdenes angélicos

Conviene recordar los mensajes de los dioses antiguos. La Sibila, por ejemplo, hablaba palabras extrañas que había que interpretar. Eugenio creyó que los mensajes «divinos» no suelen expresarse en lengua, en sintaxis vulgar. El mensaje «divino» es, por definición, poesía; y la poesía mejor es, también por definición, difícil. Por lo demás, Padorno no es un filósofo, aunque haya buscado en la voz ontológica conceptos para una nueva religión y una nueva metafísica. Conceptos cuya pasión, cuya profundidad, las hace poesía, y, que, por si fuera poco, se valen con su expresión de medios poéticos, no filosóficos. De metáforas, no de silogismos (Palinuro atlántico).

Para Eugenio no existe más que realidad que el amor, el dolor y la muerte. El primero y el segundo los vive con pasión. En cuanto al tercero, largo me lo fiáis…

Sería fácil llenar páginas y páginas profesorales sobre el mundo poético de Padorno. Destacar como sus temas van cambiando de clima, de libro en libro, en busca de una expresión cada vez más exacta, Metamorfosis, y observar el proceso de la adjetivación y la huella de los muchos poetas que amorosamente recompuso, y, sobre todo, el hallazgo lingüístico de cada día, el creador riguroso, el más propicio a meditar, no de emoción fácil y contra la experiencia momentánea. Trabajo, reelaboración como todo buen poeta, disciplina.

Desde el cariño y la amistad, después de tantos años, viene a mi memoria lo que Eugenio quiso crear en su playa de Las Canteras: su padornamente vivir. Y yo, desde la isla hermana, nunca supe angustiosamente vivir padornamente.

Alberto Pizarro es poeta

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