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De puntillas por el Istmo

De puntillas por el Istmo El Día

Ya nos habías hablado en abundancia del «negro sobre negro», y la «escritura de audiencia cero», a que se ve inexorablemente abocado, a cadena perpetua, el «Poeta sin Nombre» en este «rincón del africano / Infierno atlántico». Lo dijiste de una plumada, en tu cuarentena, en Septenario, ese texto imprescindible ya, medular, para el destemple militante de nuestro legado: el aherrojamiento a «la construcción de una obra Hermosa, Trágica e Inútil», sin mayor trascendencia que la de aquel empeño del anónimo Wenceslao Rodríguez por enjalbegar las rocas tantas veces como el mar volvía a despintarlas, que tan hondo te asombró «Niño, en Puerto Cabras».

Pero ahora he querido ver no sé qué punto de asunción y claror indulgente en Recuento en el Istmo, el libro que acabas de sacar, donde siempre «(Confió su nombre al fuego juvenil de las imprentas de provincia») y con la autoexigencia de siempre: «¿Y para quién íbamos a volver claras oscuras pruebas de lenguaje?». Bajo sus tintes claramente testamentarios, en él te planteas: «¿Para qué redención?», nada menos, mientras entonas un réquiem conmiserativo por los juveniles sueños de gloria, y te preguntas que de qué te habría servido ser el poeta irreal «que pudo con medro quizás Allá Arriba haber sido», si todo ha consistido en ser (no «Príncipe» sino «pastor» de palabras), como siempre, «un poeta canario que dura lo que un hombre», y que ha venido «caminado de una frase a otra frase sobre piedras que asoman en la infinita lámina del agua». En saberte ser ya, en todo caso, de donde manda marinero, para —monádico irredento de puntillas por el Istmo— reconfirmarte en el soledoso Wenceslao / Palinuro que «canta siempre lo mismo porque siempre ama lo mismo». Y que, más aún, sabe que «no hay nueva canción, ni siquiera canción; es sólo el tarareo del huésped con ventanas abiertas en el albergue de su ser». Al cabo, «el tarareo imaginado de una partitura vacía», para quien reconoce del todo que «aunque no lo haya escrito, sin embargo es legible de principio a fin».

Te infundes, en este recuento, misteriosos ánimos para proseguir tu viaje entre «—¡tensas velas, paredes de la casa!— a bordo de la Isla, con billetaje sin destino», convencido ya de que lo bello sólo puede ser «la noticia del existir de la Belleza en remoto interior». Para decirte, en fin: «Y soy el que a solas se escucha en la isla desierta». Con la lucidez de un Zaratustra ensalitrado, aviado con sebas en el ojal, y cachorro y albornoz en La Puntilla, ya consientes del todo que «Nada queda, salvo la vuelta atrás», y que sólo puedes dirigirte «Hacia ausentes que siempre soy yo mismo».

Eugenesia de vivir en estado de poesía (¡no meramente p´adorno!), en infatigable poemar, asumes ya que el horizonte no sea más que una cinta al pelo en una tarde azulada de un agosto sin fin. O, incluso, «la cinta de cuero ondulante del techo» de las viejas guaguas («una rienda que detiene el trayecto al tirón de la mano»). Corroboras que has vivido y vives constreñido «en un círculo de tierra / cuya circunferencia es el horizonte», y, sin embargo, confiesas, que, de pe a pa, repetirías: «Me he sentido un extraño en una isla de agraciada fortuna; tan extraño que la eligiría también para vivir memorioso y anónimo en colonia distante». Pues se trata, al cabo, una vez más, del desposamiento de la Intrusa-poesía con su poeta-Intruso. Y rindes, entonces, tributo a la heroicidad del marinaje de los poetas insulares por compartir, inexplicablemente, «el tesón poderoso de negar y negar el proverbio de que cuanto una vez aquí muere es para siempre». Y qué distinta suena ahora, por los mismos altillos de la calle Albareda, «la voz de mi madre, diciéndome: ‘Es muy tarde… Apaga; duerme ya’»; y la tuya propia, aprendida a fuego en los pupitres, del profesor que, a la hora convenida del tiempo del examen, le exhorta a sus alumnos: «¡Vayan terminando!», mientras se lee en este Recuento en el Istmo, casi como si estuviera escrito en un rápido posit: «Partí sin un adiós de la fiesta de un viejo mundo amado». Happy birthday, E.!

Antonio Puente es escritor y periodista

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