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Elogio del desentendimiento

Elogio del desentendimiento

Un poeta debería aspirar a ser, por encima de todo, un desentendido. No en el sentido tópico y solipsista de cerrar los ojos al mundo y negar cuanto le concierna sino, precisamente, en el sentido de saber a ciencia cierta que seguir anclado a la médula de la vida a partir de sus poemas implica defender su condición de aislado, que le exige también la voluntad de ser ignorado por la curia de la sociedad literaria. Si hay un poeta en lengua española que ha cumplido hasta el final con ese convencimiento de que el impulso poético fue siempre, como dice él mismo en un poema, el de «llegar, no a un afuera,/ Sino a lo adentro/ De lo adentro», ese es Eugenio Padorno, capaz de mantener, en su meditada actitud abismática, un alejamiento natural de los coros literarios al uso —también el de la propia generación a la que se le ha adscrito— así como de cualquier abanderamiento, incluido el de ensalzar una impronta poética de signo localista por reacción a lo peninsular.

Del cultivo de esta saludable ajenidad hay sobradas muestras en sus escritos ‘parapoéticos’, sobre todo en los denominados por él Minutarios, notas extraídas de cuadernos en las que Padorno se presenta a cara descubierta como el lúcido y exigente excavador de su pensamiento y de su memoria. Estos brochazos con el lenguaje, firmes y vivaces a la vez, están más allá de la simple voluntad de consignación que hay a menudo en los diarios de los escritores, necesitados de descargar su vertiente poética en un relato civil de actos y gestos que tratarían de mostrar una (otra) identidad cercana al común. Pero precisamente la innegociable condición de un poeta, tal como la concibe Eugenio Padorno, supone también renunciar a ese trampantojo de querer simular una doble faz diferenciada —la poética, la civil— que convertiría en mero oficio lo que a ojos del poeta canario solo puede concebirse como pasión continua, como destino ineludible. Ese es el valor fundamental de esta escritura de Minutarios, con títulos que invitan a una complicidad sugestiva («El pedregal y el viento», «La perdiz mareada», El «palabral», «El tejedor y la pensada»…), una escritura en espiral que sigue dando cuenta de un mundo en el que lo poético lo ocupa todo: el ejercicio de la creación («Escribir un poema es inclinarse sobre un aljibe oscuro y hondo, y de allí ir sacando una a una las palabras»), la condición de la poesía canaria, que en su insularidad «ha hecho de su periferia un centro» o el sentido final que diferencia la Poesía del poema. En Hocus pocus, otro libro de sigilosa andadura que a mi juicio da claves sustantivas de la relación de Padorno con la poesía, se leen estas palabras reveladoras sobre la Poesía, que no es sino «posibilidad creadora, lo que aun avizorado carece de lugar y no existe como realidad verbalizada» mientras que el poema tiene que ver con el cuerpo, con la materialización de un lugar, de un espacio habitado momentáneamente y del que el poeta termina siempre por ser expulsado; de ahí la naturaleza del poeta, que para Padorno es siempre un exiliado «con vaga memoria del sabor de los frutos del ser y la belleza».

Hay otros motivos, algunos de sesgo biográfico, en estos peculiares diarios. Pero el alcance último es, indudablemente, el de mantener a flote, pese a quien pese, una identidad poética que pasa por esa necesidad del desentendimiento, de la desatención («Me ahorran así el trabajo de que yo agradezca, decline, etcétera, el figurar en un panorama al que hace mucho tiempo renuncié»), de cultivar lo apartadizo y de considerar la discreción y la ajenidad como un signo de respeto hacia sí mismo, «para hallarme entre los límites de mi sola libertad de expresión, ajeno a la atención de la crítica».

Sería muy acertado, y hasta obligado, reunir todos estos Minutarios y algunos otros títulos (Para una fogata, Entre el lugar y más allá…) en un solo volumen que constituiría, ya para siempre, el depósito definitivo de una conciencia herida y redimida a la vez por la Poesía, ese «recomienzo sin fin», como ha llegado a definirla Eugenio Padorno en analogía con el mar, que el poeta jamás ha perdido de vista para imitar a sabiendas su hacerse y deshacerse, ese combate irremediable que es, asimismo, el de todo verdadero poeta. Dar visibilidad a esas confesiones no menguaría la condición de desentendido de quien sabe que el lugar del poeta es, a una misma vez, reino, laberinto y exilio.

Se necesita mucho en este tiempo de anemia del pensamiento de todo tipo alguien con ese sentido insobornable de la radicalidad. Estos cuadernos de Eugenio Padorno la ofrecen con la difícil, descarnada naturalidad de quien ha considerado su escritura como «señales de farero en un desierto». Solo por esta convicción, lejos de toda expectativa y de toda complacencia, merecería la pena poner de otro modo en la corteza del mundo estos textos. Salud y persistencia, maestro.

Tomás Sánchez Santiago es poeta

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