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Albareda, 42

En la cama, con las manos bajo de la cabeza, su mirada interroga en lo alto la suspensa oscuridad sin estrellas.

Prueba en la caracola de su boca los iridiscentes sonidos de una música que está anhelando eterna, que quisiera reminiscencia hermana del resonar del mar nunca distante… Y el cuaderno es un ave de desplegadas alas sobre su corazón.

En la mesilla, junto a la lámpara, se apilan cuantos libros posee, por leer y leídos poco a poco, pues es pobre, y Belleza qué es sino poderoso trastorno, delicia demorable…

Los zapatos del joven soñador tienen las suelas húmedas de arena; esta tarde de años vagó con la muchacha que le aguardaba en el poema por el cantil del hondo acuario, donde asomaban islas no visibles, y el horizonte también era el allende de insinuados sentidos.

Arriba sabe el faro: remolino de sombras, huso con hilaturas de relámpago. Ahora se traspone un instante, reposa de la mente el justo hatillo con la memoria de risas, cuerpos y soles de veranos futuros, esquirlas sobre el mar: lo robado a los dioses.

Habrá de incorporarse muy de otro modo solo, envejecido, sediento de verdad; sin que sospeche que esta noche sólo hecha de palabras ya se ha fundido con la noche sin fin.

De Cuaderno de apuntes y esbozos poéticos del destemplado Palinuro Atlántico (2005)

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