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Los abismos portátiles de Rafael-José Díaz

El escritor aborda las más diversas encrucijadas poéticas en ‘Bajo los párpados de quien se aleja’ (PreTextos)

Rafael-José Díaz. E. D.

Arras para la boda taciturna de la Vida Vacía y el Objeto Inexplicable. La abisal definición que plantea Jacques Lacan sobre el sentido de la poesía, le viene como anillo al dedo —nunca mejor dicho— a este intenso y radiante volumen de Rafael-José Díaz (Tenerife, 1971), con poemas que, en muchos casos, componen una única sentencia significativamente deslizada a la vertical («de arriba abajo presionando la página», se asevera), y en los que «ahora» y «nada» son sus términos más recurrentes. Pues no hay en ellos otro tiempo que este instante, apenas «un nudo que ata el soplo al encuentro». O «como un sueño perdido en la caediza cintura de la tarde o el whisky». No más tiempo que «la hora hundida en el fondo / de la espiral de la ausencia».

Ni existe, tampoco, un espacio preconcebido, sino tan sólo los vectores newtonianos que, al desplazarse, trazan nuestros cuerpos, como en un billar sin quicio. Un espacio, por eso mismo, siempre descompensado; por el exceso de fusión (entrar en el bosque para «alejarme de lo que viene a mi encuentro en ocasiones / sin que yo lo desee»), o por el exceso de fisión («distanciarse del cuerpo / es el precio que se paga para salir adelante») ante el mundo. Incluso, o sobre todo, en presencia del cuerpo del amor —«por lo mucho que el deseo se parece a la ausencia», explica— se comparece, justamente, de cuerpo presente, pues, en los intervalos, «Las manos sufren lejos / de la piel / y la piel se entristece / si no es acariciada».

También narrador (acaba de publicar el libro de relatos De un modo enigmático), ensayista y traductor, Díaz muestra, en este su décimo poemario, la madurez de su peculiar habilidad para enfrentar las más diversas contraposiciones y encrucijadas. Canto y cuento se entrelazan aquí en la misma proporción, al igual que se entrecruzan aseveración y silencio, anécdota y reflexión metapoética, mirada órfica y coloquialidad, mácula y conocimiento puro…, para hablarnos de una voz que (entre paisajes tan provisionales como «la nieve» y «los excrementos de cabras» —¡vaya negro sobre blanco!—) nos habla desde la extrema soledad de su precinto, y que es también la del lector. Deudora del modelo de hombre de Leibnitz, para quien somos mónadas sin ventana al exterior, la extremada soledad se hace del todo explícita hacia el final del libro, en un poema como Viajero solo en un vagón de metro, vano aspirante a liberarse de «esta ventriloquia febril» que es estar vivos, y que nos vuelve «personajes de nosotros mismos», ávidos de «una migaja de otredad que llevarse a la boca».

Entre el vacío y la nada más o menos coloristas, estamos, pues, ante un viaje abisal, donde se muestran todos los abismos portátiles de nuestro autor. Abisal es, de entrada, la polisemia del hermoso título, Bajo los párpados de quien se aleja, cuya preposición, en la acepción más evidente, admite ser tomada como verbo, de tal forma que la voz poemática nos está anunciando, también, que le baja los párpados a quien se aleja, o que tal vez, baja los suyos propios ante quien lo hace («¡Tanta desbandada de personas!», se dolía Claudio Rodríguez). Aunque lo justo sería que fuese a la vez preposición y verbo, al corroborar que quien se aleja es el propio alter-ego del poeta, despidiéndose, con duelo contenido y cierta rabia cáustica, de sus edades transcurridas: del niño y del joven que fue, y entonces le deposita su ofrenda bajo los párpados y se los baja, como debe hacerse con todos los finados.

Especialmente significativo es, a este respecto, Panteón, la sección central y más extensa de las cinco que componen el lbro, por donde deambulan familiares y amigos ya difuntos, a los que Díaz rinde emotivos homenajes, y que serán finalmente homologables a las propias muertes en vida (todo «ahora ya un ilusorio patrimonio personal», sin que nada pueda ser devuelto «al blanco original de lo no usado») y a los ya idos amantes del pasado: aquellas «bocas que se besaban dentro del agua / y dejaban en el mar la saliva de la muerte», y cuyos cuerpos comparecen ahora fusionados y desmembrados: todas las sensaciones y sus anatomías, «… las pieles, las espaldas, los penes, los pezones… confundidos en un solo cadáver de placeres extintos / que silencioso flota en la memoria».

Ni siquiera el impulso poético, que aparece como único amago de redención ilusoria, queda incólume en ese detritus de las edades transcurridas. Bajo el cielo, que marca «la insalvable frontera entre lo salvado y lo perdido», se erige, todo lo más, «un poema sin vida, arrancado al vacío, / sin nada que decir, como los grillos que cantan toda la noche», cuando ya se sabe que «a fin de cuentas, el destino de las letras / es formar parte de la oscuridad». Y el poema es, entonces, la factura del último recurso:

«Es una de las pocas cosas a las que parece sensato dedicarse / si el poeta no bebe, si no está en edad / de hacer el amor todas las noches / ni puede permitirse / vicios más peligrosos: cantar, sí, sin afán / pero sin pausa, para llenar la noche / de noche, la oscuridad de oscuridad, el vacío de vacío, cantar con la seguridad / de que el poema respira con el ritmo del cuerpo / y que el cuerpo se vacía en el poema».

Era lógico que un poemario que se abre con una sección titulada Olas carnívoras (¡y qué engullidora metáfora, por cierto, del espacio insular!) acabe en Muñones, como reza la sección que cierra el libro. Se inicia en aquella, ya de entrada, la devastación, el alejamiento desnortado («esos caprichos que una vez fueron dones», «un simple paseo sin encanto», etcétera), para un recorrido al que muy bien le iría el cintillo de Edgar Morin, cuando nos advierte que la vida es un proceso de demolición. Y la tentación más socorrida sería entonces el misticismo, el viaje vertical, estático y extático, émulo de la nieve, intentando colmar la «Nostalgia de un mundo sin palabras»; pero aquella también acaba por derretirse y, entregarse a la mística, significaría la abolición de la memoria. Sería sucumbir a la propia extinción, y no parece haber tregua, pues, a «La odiosa sensación de ser uno consigo mismo», como se expresa en El rapto, capítulo de un único poema, en donde la ironía y el humor adquieren tintes salvíficos. El narrador nos cuenta ahora que le ha explicado a su podóloga que «ya no los necesitaba, los pies, / para andar con los pies en la tierra», y que, al igual que no le vale «sentir el arrobo de la indiferenciación», tampoco le sirve ir por la vida como un «hombre de pies de plomo / transformado en un canguro cuántico»… Así pues, ante esa irresoluble disyuntiva sólo le/nos resta aprender a bregar con los muñones, del capítulo final, acarreando con «los signos de una devastación / de pequeño calibre, manejable», y manteniendo la inestable línea de flotación entre la conciencia y el mundo. Pues, más severos aún que en la famosa fugacidad de la fluvial metáfora de Heráclito, ocurre que “los ríos se llevan las miradas / de quienes los contemplan parados en la orilla».

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