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The Stranglers, un caso musical único

Tras más de cuarenta años de carrera y tras cambiar de estilos sucesivamente, el grupo londinense publica una obra maestra imprescindible, ‘Dark matters’

La formación de The Stranglers que ha grabado ‘Dark matters’: Jim Macaulay, Dave Greenfield (fallecido en mayo del año pasado), Jean Jacques Burnel y Baz Warne. E. D.

Sí, es cierto. Por muy increíble que parezca, The Stranglers, el grupo más fascinante e intuitivo de la historia de la música británica, acaba de sacar su mejor trabajo, Dark matters. Y decir eso de una banda que tiene una discografía repleta de obras maestras, cuyos giros de estilos se han adelantados a todos los movimientos importantes surgidos en las Islas Británicas, y con más de cuarenta años de historia a sus espaldas, son palabras mayores. Eso sí, puede que esta joya pase desapercibida en un país como el nuestro donde sólo triunfan los reguetoneros y los cantarines televisivos, o donde la mayoría de la gente asocia el rock principalmente con los tópicos casposos de U2, Queen o Bruce Springsteen, pero los que aún aprecien la música como un vehículo de emociones frescas, intensas y enigmáticas, tienen aquí una cita obligada.

The Stranglers, un caso musical único | E.D.

Varios acontecimientos han rodeado esta obra, como el fallecimiento de su teclista, Dave Greenfield por coronavirus en mayo pasado. O el hecho de que, por vez primera, su legendario batería, Jet Black, no aparezca en los créditos sustituido por el joven Jim Macaulay. Pero centrándonos en esta nueva obra, se puede apreciar como The Stranglers es ahora mismo, más que en un grupo, un concepto artístico que supera modas, tópicos y épocas. Y que destroza esas dos máximas del rock consistente en creer que los inicios musicales son siempre lo mejores, o que la edad es un handicap para aportar ideas nuevas o estimulantes que revitalicen tu legado.

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Pero para aquellos que no conozcan a The Stranglers, y antes de analizar esta última joya, resulta necesario hacer un repaso por su trayectoria. The Stranglers surgió como uno de los cuatro buques insignias del movimiento punk, junto a Sex Pistols, Damned y The Clash. De hecho, la banda que por entonces lideraba Hugh Cornwell siempre rivalizó con el grupo de Joe Strummer sobre cuál era la favorita de la juventud británica. En estos primeros tiempos el cuarteto sacó tres trabajos fascinantes que han quedado para la posteridad como obras de cabecera de dicho movimiento como fueron Rattus Novergicus, No mores heroes y Black and white. Estas tres obras maestras ya transmitían un carácter irreverente, original y provocativo unido a una actitud desmitificadora contraria a todas la estrella del rock. Por un lado, los textos resultaban tan crudos como certeros sobre la realidad de la Inglaterra tatcheriana con tendencia a la misoginia («me van a estallar los oídos, hoy has hablado por cien años» reza en London Lady), la aberración genética ante una debacle nuclear en plena guerra fría («Haré el amor con varias ratas de agua y formaré una familia que se llamará los supervivientes. Querida, hoy cenamos en la alcantarilla», declara en Down in the sewer), el canibalismo («Hay una sentencia que dice que la carne humana es sagrada hasta que no queda más comida», sueltan en Straighten out). Y, por el otro, en sus conciertos, Cornwell se reía de su audiencia, y a veces incluso la insultaba, acabando muchas de sus actuaciones en batallas campales, cuando no literalmente en la cárcel. Pero lo curioso de todo esto es que, a pesar de esa fama de pendencieros, lo que distanciaba a The Stranglers de las demás formaciones de su época era su formación intelectual ya que Cornwell era bioquímico y el bajista, Jean Jacques Burnel, economista. Y porque tenía una preparación musical portentosa que se puede apreciar en la exquisitez de sus composiciones. Una de sus canciones, No more heroes, se convirtió desde el primer momento en uno de los grandes himnos del punk. Siempre malinterpretada, la canción no es que renegara de los héroes, ni mucho menos, sino que subrayaba cómo era el espíritu de la juventud de finales de los setenta que estaba hasta el moño de la patética beatlemanía y de los conciertos masificados de estrellas como Led Zeppelin o The Who. La letra en cuestión defendía la idea de no admirar a nadie, no tener ídolos, y enterrar hasta el fondo los vergonzosos clichés adolescentes.

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Además, el grupo logró captar la esencia del punk de una manera certera en su directo Live X-cert, un álbum de sonido aparentemente crudo y visceral, pero que encerraba una oscuridad envolvente y misteriosa gracias a los teclados tenebrosos de Dave Greenfield que llegan a su cima de perfección en la fascinante Dead ringer, la canción que mejor define el sonido del cuarteto de Londres.

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Este concierto muestra cómo era el ambiente agitado de la época en la que el grupo tenía que vérselas ante una audiencia descontrolada, cuando no literalmente alienada, en plena recesión económica. Cornwell para un momento de tocar y pregunta «¿quién ha gritado pajero?, que suba al escenario y me lo aclara en un instante». O son víctimas de sus propias lindezas cuando el cantante pide a la audiencia que, por favor, paren de escupirles, ya que el ritual de lanzar sustancias líquidas desde la boca al escenario durante el punk fue algo que el propio Cornwell creó de forma indirecta. Surgió porque el cantante, durante la interpretación de Ugly, imitaba a una víctima de estrangulamiento que terminaba echando saliva por la boca, un ritual que luego los espectadores terminaron repitiendo hacia los desamparados artistas. El título y la portada hacían referencia a un escándalo que la prensa avivó sobre unas strippers en sus conciertos. Ellos siempre se defendieron con un argumento que echaba por tierra el tópico del sexo débil argumentando que esas strippers eran en realidad «chicas de la calle», que se lo pidieron por favor, y que ellos «no se negaron porque entonces nos habrían terminado matando».

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Pero cuando el punk empieza a sucumbir en Inglaterra, The Stranglers realiza otra jugada maestra con su siguiente trilogía, adelantándose al after-punk o rock gótico con los maravillosos The Raven, The gospel according of the meninblack y La Folie. Aquí, y desde el punto de vista del que escribe, está su época más impresionante e hipnótica. En este momento, The Stranglers aparca la ferocidad anterior para mostrarse en una sintonía más cercana a la de Joy Division, The Cure o Siouxsie and The Banshees. La temática de las canciones es también más críptica y elaborada abordando desde la mitología nórdica hasta la visión del evangelio como si de un mensaje extraterrestre se tratara. Pero aún así conservan su carácter irreverente en canciones que tratan temas más peliagudos como la prohibición de la música en el régimen del Sha de Persia («¿oíste hablar del hombre que vivía en Irán, era un fan de la lujuria y la gente comía de su mano» cantan en Sha Sha a gogo), la religión («ella es una monja sin regreso y nunca será tu esposa porque tiene el mejor amor de todos», sentencian en Non stop), o las mentiras de la fama («al final serás apreciado en tu tumba porque todos te quieren cuando estás muerto», recuerdan en Everybody loves you when you are dead). Pero en esta época también publican su tema más famoso, Golden brown, una letanía mágica interpretada con clavicordio que parece hablar de la droga a la que alude el título, aunque el grupo siempre lo haya desmentido admitiendo que trata simplemente sobre una chica.

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A la trilogía habría que añadir Off the beaten tracks, una obra que no está en su discografía oficial, pero que recoge inéditos o caras b de singles con una calidad tan grande que puede considerarse uno de sus mejores trabajos.

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Y llegamos a su tercer giro estilístico en una época en la que el pop electrónico, el soul y los sintetizadores, en plena new wave, empezaba a predominar con figuras como Duran Duran, Spandau Ballet o la Human League. Y, como es natural, The Stranglers lo borda nuevamente esta vez con otra trilogía igual de acertada formada por los álbumes Feline, Aural sculpture y Dreamtime. Pero sucede que, Feline, junto al disco que acaban de publicar, es la gran obra maestra de su carrera. Y se da la casualidad de los dos se han colocado en número 2 en los charts británicos. Sólo por Feline, The Stranglers ya deberían de estar en el olimpo de los grandes creadores. Un disco elegante, emocional, exquisito, repleto de fascinantes medios tiempos donde ya no existe nada del sarcasmo que les caracterizaba. Ahora el grupo habla de la inseguridad amorosa («Tu amor se ha ido con algunos amigos, hermana, seca tus lágrimas, tú sabes que yo siempre me preocupo por ti», cantan en Blue sister), la sabiduría de la edad («Me habló de la belleza escondida en nuestras frentes y de la fealdad que mostramos en su lugar», relatan en Midnight summer dream), o la poca fe en el hombre tras repasar la historia de Europa en el siglo XX («Ojalá fuera creyente, no estaría tan triste», hablan en la demoledora Northwinds blowing). De esta época es, además, su segundo gran éxito, Always the sun, una de las canciones más equilibradas y saludables que se hayan compuesto que transmite el mensaje de no perder la esperanza por muy mal que vayan las cosas.

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También a esta época habría que añadir el álbum de caras b Here and there que, entre otras maravillas, incluye la saga de temática comunista, a modo de serial ruso musical, sobre Vladimir y Olga.

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La cuarta trilogía del grupo, ya los noventa, está formada por los discos 10, In the night (Ya sin Cornwell) y About time. Y, en esta ocasión, el grupo también se adelanta brillantemente a ese rock de garaje y psicodélico que empezaba a brotar con grupos como The Cynics, Fuzztones o The Lyres. En un tema se dirigen a los que les acusaban de traición por sus cambios de estilos («Las verdad es la verdad, pero esta nunca existió», cantan en Never to look back).

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La segunda década de los noventa, con los discos Written in red y Coup de grace quizás haya sido la época más floja con un pop versátil y contundente pero falto de la identidad de los tiempos anteriores. Aún así ambos trabajos no dejarían de ser fascinantes para cualquier otro grupo al uso.

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Y llegamos a la actual, última y fundamental época que comienza con la incorporación del cantante y guitarrista Baz Warne, formada por una tetralogía formada por los discos Norfolk coast, Suite XVI, Giants y el actual Dark matters. Son canciones elaboradas al máximo, repletas de detalles interesantes que ganan con cada nueva escucha y que muestra cómo el periplo del grupo por las dos últimas décadas ha generado muestras de talento como Mine all mine, She’s sleeping away, o Adiós donde Burnel canta en español. Pero, centrándonos en el actual Dark matters hay que decir que el disco alberga algunos de los mejores temas que el grupo haya compuesto hasta ahora, con un par de baladas decidas a su ex compañero Dave Greenfield. Así, y nada más empezar, la contundente y arrolladora This song concentra todo lo mejor de la clásica energía de las banda. La primera sorpresa llega con la maravillosa If something’s gonna kill me (It might as well be love) en una atmósfera entre psicotrópica y académica que invita a sumergirse por una realidad paralela. El oyente vuelve a sorprenderse con la fascinante No man’s land con su estructura elegante pero con su caos controlado en una onda casi noise en un momento dado. Pero los cinco últimos temas están los momentos más impresionantes. Así, una pieza como Payday define a la perfección el descaro y la sutileza a la vez con la que el grupo se ha movido tras la entrada de Warne. Pero aún más sorprendente es la embriagadora The last man on the moon, una auténtica lección de destreza rítmica y melódica a toda la horda del brit-pop actual. Aunque el mejor tema sea, sin duda, la sagaz White stallion, con una ambiente oscuro, coros casi religiosos y arreglos orquestales. Too en un disco que confirma a The Stranglers como algo diferente a todo lo que le rodea en el universo musical actual.

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