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Más allá de los tópicos

Cimentó su individualidad integrándola en su poderosa cosmovisión de la naturaleza

Retrato de Tomás Morales por José Hurtado de Mendoza (1919). FONDO CASA MUSEO TOMÁS MORALES

La sonoridad descomedida de los versos, el poderoso saludo a los dioses, el retorno a la antigüedad del verso largo y la rima consonante o el paisaje habitando en la extensión oceánica de la mitología han convertido a Tomás Morales en el poeta canario más representativo del Modernismo. En efecto, Canarias y Modernismo son probablemente los términos más recurrentes con los que se ha caracterizado su obra. Ambas son palabras de pertenencia; la una al territorio, a la cuna y a la infancia; la otra, a la cultura de su tiempo, a una estética literaria que Tomás Morales desarrolló e hizo íntimamente suya, como atestigua a cada paso su escritura.

Puede decirse que esas claves han definido con acierto su corpus poético; sin embargo, su obra permite también una lectura de mayor recorrido, en cuanto que está menos constreñida a un movimiento literario y a un tiempo específicos. Fijando la atención en lo que permanece constante a lo largo de sus años se descubre que su obra sería imposible sin su particular empecinamiento en desvelar la eternidad en cada cosa que contempla o en cada emoción que percibe: en el barro palpa las moléculas de la fundación eterna; en el Teide adivina un testigo de antiguas divinidades; en las roídas baldosas de las calles adivina el eco de otros pasos legendarios; en el árbol talado yergue la promesa de resurrección por virtud del ciclo eterno de las primaveras.

Ninguna de las ideas que inspiran esas visiones trascendentes es novedosa; Tomás Morales —por descontado, un poeta culto— las actualiza, las retoma o las calca directamente de los tópicos de la tradición literaria occidental (fundamentalmente, de la grecolatina, tamizada por la niebla de la cristiana). Sin embargo, su escritura posee una fuerza innata para inyectar en la inmediatez de lo cotidiano y del entorno visiones inconmensurables, de manera que para cada objeto que contempla fragua una existencia que disuelve los límites del tiempo y que, a través de la palabra, es capaz de zafarse de la muerte o de la caducidad de las cosas.

Que la realidad, lo rutinario o el carpe diem no baste a los mortales —y menos aún a los poetas— no es infrecuente. Las líneas de fuga de lo real y del presente hacia visiones más gratificantes de otras épocas denota una compulsión por la búsqueda de la totalidad, de lo absoluto, que se manifiesta en las obras del Modernismo, igual que había sido una urgencia en las de los románticos; el deseo de lo absoluto es también la semilla del misticismo, ha habitado en la melancolía antigua y en la nostalgia moderna, y sin duda sigue siendo un poderoso motor para la ficción y para la visionaria capacidad de la metáfora. Para Ezra Pound, como para Baudelaire, los días y las noches no eran suficientes; para Mark Strand o para Louise Glück contemplar lo visible lleva al reconocimiento (en numerosas ocasiones, también a la añoranza) de lo invisible, a la conciencia de lo que falta, sea recuerdo o sea deseo; Heráclito y Borges comparten su escéptica impresión sobre la consistencia de la realidad y de los acontecimientos y terminan sospechando que fuera de la ficción nadie puede saber a ciencia cierta quién o qué es, qué quiere o qué le falta.

En la poesía de Tomás Morales no se percibe una voz fragmentada, menos aún un espíritu atrapado en los tentáculos del pasado o malogrado por el delirio de la nostalgia. Tampoco hay herida ni pensamiento que encamine sus versos a transitar los laberintos del escepticismo, la incertidumbre o el desasosiego. Fue más bien un poeta de identidad firme, poco dado a deshacerse entre heterónimos y alteridades. Carece de la necesidad de pluralidad interior que encarnó Fernando Pessoa. Fue un espíritu semejante al Walt Whitman que cimentó su individualidad integrándola en su poderosa cosmovisión de la naturaleza. Su poesía, en cambio, contiene un desapego visceral por la sencillez, por lo inmediato o por las realidades efímeras, como si lo insustancial le fuera al poeta particularmente insoportable, un demonio premonitorio de la muerte que en todo caso estorbaría a su apego por lo trascendental, a su necesidad de acceder a lo absoluto: para esos pobres seres que no sueñan /¡qué poca cosa debe ser la vida!

Tomás Morales evita a toda costa conformarse con una visión parcial o precaria de la existencia. Desde los primeros poemas de Las rosas de Hércules dirige la mirada hacia lo inextinguible, prefiere observar de frente la estrella más lejana (la más antigua y la del porvenir: ambas). Cuando mira el mar lo convierte en infinitud, en la voz que es eco de cien ecos remotos; cuando escruta su alma la vivifica concibiéndola como parte del todo de la naturaleza; cuando repara en el silencio de los muebles antiguos lo hincha de las voces con que imagina el pasado.

Ese impulso se traduce en la construcción de imágenes que confieren una aureola de completud tanto a la existencia y la presencia de las cosas, como a la ausencia de lo que ha quedado atrás: la juventud, los amigos desaparecidos, las calles que no volverá a recorrer, el deseo que se esfuma nada más cumplirse: cuando se llega a la soñada estrella / hay que partir hacia otra más lejana. Ese recorrido incansable y visionario resuena poderosamente en el ritmo y las rimas de sus versos, que a menudo son como una enérgica marcha épica que impresiona simplemente por la fuerza con que se apodera del territorio de la imaginación. Tomás Morales consigue así detonar un eco donde habitaba el silencio; disolviendo los límites entre la existencia y la ficción sobre la existencia, edifica una visión que sustituye a lo que simplemente estaba a la vista. Esa perspectiva suya conecta su obra con un marco cultural mucho más amplio, que va más allá de las fronteras de lo local, del Modernismo o de la literatura hispánica de su tiempo.

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