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Otra mirada sobre Tomás Morales

Las elecciones del grancanario proceden de ese proyecto que recrea un espacio mítico, cuando lo conocido está ya desbordado por las tensiones, la guerra y la acción colonial

Retrato de juventud del poeta Tomás Morales . fondo casa museo tomás morales

Al referirse al imperio británico en Los himnos fervorosos, Tomás Morales destaca la acción colonial que abarca la planetaria redondez. El mundo, sugiere, se ha ensanchado «de Oriente a Occidente» en una carrera ascendente de progreso. Morales cree que cultura y técnica avanzan al paso de la política, la acción bélica, el dominio de nuevos territorios. Su obra, en contraste con este optimismo, se despliega en medio de la crisis de comienzos del veinte, en torno a la Primera Guerra Mundial, y en unos años de intensa pugna por el poder trasnacional. Es la época del desmoronamiento de la vieja cultura europea, amparada en las utopías del progreso en la ciencia, en la filosofía y en la historia. En estas fechas se publica Las rosas de Hércules (1919-1922).

Tomas Morales, desde la ladera estética del modernismo, sigue la estela de la cultura francesa, que supo, desde el romanticismo, que los ideales posrevolucionarios precisan tanto de una invención de un pasado como de una mirada hacia lo que se encuentra fuera de sus fronteras. Morales hereda el culto por la forma y el ritmo y, sobre todo, la resurrección de una mitología grecolatina emprendida por los parnasianos. La construcción de una nueva idea de Europa, con viejas raíces, tiene aquí uno de sus capítulos centrales. 

Las elecciones del grancanario proceden de este proyecto que recrea un espacio mítico, cuando lo conocido está ya desbordado por las tensiones internacionales, la guerra y la acción colonial. Oriente no puede soslayarse; tampoco el otro lado del Atlántico, siquiera los pequeños espacios insulares. La relación Oriente-Occidente se construye entonces históricamente, con textos, con alianzas, con creencias, y con voces que llegan desde regiones poco conocidas. Europa precisa de otras genealogías para dar cuenta de su vocación planetaria. Morales se halla al final de este proceso, cuando las cenizas de una cultura se han esparcido entre sobrecogedoras frustraciones. 

Entre Grecia y Oriente

La crisis estuvo desde muy pronto presente para los poetas, incluso antes del parnasianismo. Ya desde el prefacio de Les orientales (1830), Victor Hugo destaca que el «statu quo européen» se ha roto y que Oriente está llamado a desempeñar un papel complementario en el nuevo orden. Victor Hugo mira hacia Grecia y Turquía mientras considera a África «medio asiática». También Alphonse de Lamartine en Voyage en Orient (1835) apunta en la misma dirección: hacia Grecia, y va un poco más allá, hacia Jerusalén, Beirut, hacia Oriente Medio. Desde el romanticismo, entonces, la recuperación de una mitología europea, con fundamentos grecolatinos, está en el horizonte; y también la acogida de mitos y paisajes que vienen del este. Los parnasianos son los que acometen esta empresa desde la mitad del XIX. Las colonias francesas e inglesas se extienden en Oriente. La isla Bourbon (hoy, La Réunion) ha sido siempre territorio francés, salvo en los escasos años de dominación británica. Aquí nacieron y vivieron durante largos periodos Leconte de Lisle y Léon Dierx, dos de los destacados exponentes del movimiento parnasiano.

El mundo antiguo reaparece con perfiles distintos en el siglo XIX. Los estudios helenísticos nacen entonces. Es la época de las excavaciones arqueológicas y del comercio con piezas de arte. La Venus de Milo, que acaba en el museo del Louvre, se encuentra a comienzos de siglo. Leconte de Lisle le dedicará un texto en Poèmes antiques. Pero De Lisle, al tiempo que rescata el espacio grecolatino, trae una mirada que viene de más allá, que tiene que ver con otro entorno natural o con otra cultura. La visión de la naturaleza, que encontraremos en Tarde en la selva, de Morales, tiene precedentes en La forêt vierge (Poèmes barbares), de Leconte de Lisle, y en Les filaos (Les lévres closes), de Dierx, esto es, en visiones que proceden de otra latitud. Incluso la referencia al mar, obsesiva en los reunionenses, se prolonga en el grancanario. La naturaleza particulariza la sensibilidad y la expresión de los poetas. 

Leconte de Lisle (1818-1894) y las mitologías

Se ve mejor cuando se mira desde fuera. Leconte de Lisle es el maestro parnasiano. Ha llegado a París desde la isla del Índico. Y es quien hace de los arquetipos, los mitos, los relatos griegos, el punto de partida de una reconstrucción estética, entre impostada y necesaria, para una época de crisis que quiere deshacerse de las ideologías y de la instrumentalización del arte posterior a la revolución francesa. En cierta manera quiere ofrecer una suerte de eternidad a un periodo posrevolucionario en permanente mutación. Leconte de Lisle es el traductor de la Iliada y la Odisea, de Homero, y el de los grandes trágicos griegos, de Sófocles, Eurípides, Esquilo. E insiste en lo que veinte años atrás había proclamado Lamartine: «Pericles no debe morir», Grecia es una «civilización sobrehumana». Europa quiere asentarse sobre este pasado. Con Poèmes antiques (1852), Poèmes barbares (1862), Poèmes trágiques (1884), Leconte ofrece un amplio repertorio de modelos míticos sobre los que quiere edificar el presente. L’enfance d’ Héraklès, Héraklès au taureau, Héraklès solaire son antecedentes de Las rosas de Hércules. No faltan tampoco poemas fundacionales, al modo de Oda al Atlántico, que hablan de génesis de las culturas: de la griega e hinduista, incluso, de la polinesia. 

El poeta parnasiano no trae solo exotismo en sus poemas, sino un entorno y una memoria que tuvo muy cerca. En su isla Bourbon cohabitan la cultura oriental, la africana y la europea. Aquí convive la religión hinduista con la islámica, la animista y la cristiana. La referencia a los esclavos negros y a sus trabajos, por ejemplo, está presente en La ravine Saint Gilles. En su relato Sacatove habla del cimarrón, tema recurrente en la literatura francófona contemporánea. De Lisle es un antiesclavista para escándalo de su padre, dueño de una plantación en Saint Paul, allí tan cerca del barranco de Saint Gilles. Su universo es, entonces, más diverso que el del escritor canario. Tomás Morales solo habló, con superficialidad que hoy puede sorprender, de un «barco negrero». 

Los poemas del reunionés, desde el lado del Índico, hablan, en efecto, de la cultura musulmana y, sobre todo, de la hindú: L’arc de Civa, Surya. Himne védique, Prière védique pour les morts, La vision de Brahma, Maitreya… Las mitologías se vuelven complementarias. Los dioses y los relatos griegos se hallan junto a los paisajes culturales de Oriente. De Lisle mira también en otra dirección. Como José María Heredia, su discípulo y editor de origen cubano, incorpora visiones procedentes de América y de otras culturas. Europa se reconstruye bajo esta complementariedad de percepciones y mitos distintos. El sueño ascendente que llega a Morales trata de incorporar la diversidad al viejo cauce del mito y del logos. Publicada La Rosa de Hércules, el sueño se desvanece. 

Punto de encuentro

¿Conocía Tomás Morales a Léon Dierx, a Heredia, a los parnasianos? ¿Conocía a Leconte de Lisle? Sin lugar a dudas. Morales sabe que De Lisle está repleto de los «misterios seculares de Oriente», por decirlo con palabras de Rubén Darío. Sus libros se hallan en las bibliotecas de los modernistas, de Villaespesa, al que frecuentó, o de Juan Ramón Jiménez. Está traducido en antologías de importante difusión, en La poesía francesa moderna (1897), del argentino Leopoldo Díaz, en Poetas franceses del siglo XIX (1906), de Teodoro Llorente. Aparece incluso en la revista canaria Gente Nueva (1899), donde se reproduce El sueño del cóndor, en traducción de Leopoldo Díaz. Desde luego, también Heredia y Dierx se encuentran junto a Leconte de Lisle en La poesía francesa moderna que, en 1913, publican Fernando Fortún y Enrique Díez Canedo, los dos amigos de Morales tan presentes en Las rosas de Hércules. 

70 años después 

Desde 1852, con el libro Poèmes antiques como punto de partida, se reconstruye la mitología de una Europa posterior a la Revolución Francesa. Se quiere aparentar un tiempo de grandeza y plenitud. Se acude a los mitos orientales, nórdicos o americanos. Se dilata la unidad de una cultura que pronto se sabe desbordada desde los enclaves coloniales. En este sentido, la Oda al Atlántico es uno de los últimos capítulos de la alianza desplegada, desde otro mar, entre memoria clásica, tecnología, fervor utópico.

El «estatu quo européen» vuelve a fracturarse. Se entra en otra época con la Primera Guerra Mundial. Las «nefs», las naos, que Leconte había imaginado en los poemas homéricos o que había visto en los muelles cercanos a Saint Paul, eran ya otras naves, acorazados y embarcaciones comerciales que partían del puerto en todas las direcciones, que estaban en permanente tránsito por los espacios coloniales y poscoloniales. La reinvención mítica de Europa fue un ligero sueño que también se desvanece desde el solar atlántico, en el ajetreo del puerto y en los movimientos de la ciudad comercial. La reconstrucción mítica y el sueño de eternidad, en avance continuo hacia el futuro, se mantuvo en el aire apenas setenta años, desde los Poèmes antiques a la entrega final de Las rosas de Hércules. La «civilización sobrehumana» y posrevolucionaria no dio para más.

La última entrega de Las rosas de Hércules aparece en 1922. Es la fecha de la publicación de La tierra baldía, de Ulises, de Trilce, las obras de T.S. Eliot, James Joyce y César Vallejo. La vieja cultura se precipita entre fragmentos por las encrucijadas contemporáneas. Las torres y las ciudades caen. Los motivos culturales de uno y otro lado, si reaparecen, lo hacen bajo la conciencia del desvanecimiento. El viajero heroico es solo ya un paseante que callejea en la noche dublinesa. Lo que sobrevive se expresa en un lenguaje descoyuntado, ajeno a cualquier sentido triunfal. 

Pero en este inicio y fin de una sensibilidad, entre 1852 y 1922, resulta significativo que un poeta nacido en el Índico y otro en el Atlántico, en islas que están a uno y otro lado de África, hayan coincidido en la recuperación de una idea fundacional de la cultura europea. Finalmente, el «Hércules solar» de Leconte de Lisle y el «argonauta» de Tomás Morales se vuelven ilusorios: se ocultan «entre las sombras de lo desconocido». La poesía y la historia se hacen también así, con límites, con sueños, con fracasos.

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