Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El racismo colonial y patriarcal de King Kong

King Kong, el gorila de 30 metros de altura, encarnó los miedos de los norteamericanos hacia las personas de color. El profesor Juan Antonio Roche Cárcel realiza un análisis del racismo en la película de 1933 que se reflejó en la sociedad tras el Crack del 29

El racismo colonial y patriarcal de King Kong

El análisis del racismo hacia las personas de color presente en la película King Kong de 1933 ha sido una constante en la crítica cinematográfica. Ciertamente, a pesar de que la maquinaria de Hollywood intenta contentar a todo el mundo, de manera sinuosa y no siempre evidente, la película no puede dejar de reflejar el imaginario imperante en la sociedad norteamericana de la época, y particularmente, en Nueva York, marcado por una ideología racista, patriarcal y colonial. Hasta tal punto el contexto político, legal, económico, social, cultural y cinematográfico determina el contenido del filme, que éste pone en evidencia la discriminación reinante.

A partir de la Guerra de Secesión y hasta 1940, ciudadanos de color se trasladaron en masa desde los estados sureños hacia las grandes ciudades del Oeste en busca de mejores oportunidades y huyendo de la violencia de la que eran víctimas (con ataques indiscriminados y linchamientos por parte de miembros del Ku-Klux-Klan). En las nuevas ciudades, los desplazados tuvieron que conformarse con vivir en guetos, con tener los empleos menos buenos y peor pagados, además de encontrarse con legislaciones restrictivas que les ponían numerosas trabas para crear sus propias empresas.

Culturalmente hablando, las personas de color fueron bestializadas difundiendo mitos sobre su sexualidad y el peligro que representaba para la mujer blanca, con lo que esto suponía de amenazante —según el imaginario blanco— para el orden social y civilizado. El darwinismo social de la época, mientras tanto, legitimaba que solo los más fuertes pudieran sobrevivir en un mundo crítico y que los más débiles, por consiguiente, se merecían su situación por no estar capacitados para superarla. Hollywood, desde luego, tampoco quedó al margen de la xenofobia hacia la raza de color, como ejemplifican las películas El nacimiento de una nación, Simba, Trailing Africa Wild animals o Tarzán de los monos, un filme que justamente sirve de modelo a King Kong.

Pues bien, King Kong se produce en 1933, en pleno Crack del 29 y en un tiempo de intensa eclosión del racismo. Si, como se ha dicho, el cine de terror surge, precisamente, en momentos de crisis y es connaturalmente xenófobo, algo similar puede decirse de la película del gran gorila negro. Justo en los años en los que se rueda, las migraciones sureñas se han intensificado y, con ellas, los miedos de los blancos a las personas de color, retroalimentados con sus temores hacia el desempleo masivo, el hambre y la pobreza. En este contexto, el gorila de 30 metros de altura va a encarnar los miedos de la sociedad norteamericana hacia las personas de color, mientras que la Isla de la Calavera, lugar donde viven King Kong, una atávica tribu de color y monstruosos animales prehistóricos, se convierte en el símbolo del miedo al presente y del deseo de los ciudadanos de retornar al camino de la civilización tecnológica, rota momentáneamente por la crisis.

Desde mi punto de vista, el racismo patriarcal y colonial hacia la raza negra en la versión de King Kong de 1933 se evidencia, al menos, en los siguientes cuatro aspectos:

En primer lugar, King Kong es negro y se atreve a ocupar espacios que no le están permitidos. Cuando el gorila es exhibido en el teatro, una señora blanca de clase alta señala que no tiene interés en ver un gorila más, pues la ciudad está llena de ellos. King Kong no solo destruye a su paso la ciudad, sino que asciende por el Empire State Building, simbolizando el deseo de ascenso social de la raza de color.

En segundo lugar, King Kong es objeto de deseo y de temor por parte de los blancos. Al igual que el cuerpo de las mujeres es observado, a la manera patriarcal, ambivalentemente como objeto —no como sujeto— de deseo y de temor, igualmente lo es King Kong. Gran parte de la película se pasa persiguiendo a Ann, defendiéndola de las fieras que habitan la isla y jugando eróticamente con ella —llega a olisquear su sexo y a desnudarla—. Es, por tanto, objeto erótico y también de terror hacia los propios habitantes de la isla y los recién llegados.

Tercero, las personas de color son invisibles en la película. Los ciudadanos negros no aparecen nunca en Nueva York ni trabajando, ni yendo al teatro —todos los asistentes son blancos—, ni paseando por las calles, ni contemplado al gorila muerto —al final del filme—; ni siquiera en el barco Venture hay algún pasajero de color. Son muy significativas de esta desaparición estructural de la raza negra de la película dos fotografías efectuadas al final del rodaje: en una solo aparecen todos los participantes blancos —directores, actores, guionistas, técnicos—; en la otra, delante están sentados cuatro blancos, los directores entre ellos, y detrás siete extras de color, vestidos a la manera de los isleños primitivos, no como ciudadanos actuales. Por último, los «primitivos» de la isla son observados desde el voyeurismo cazador y colonial por los viajeros blancos. Cuando estos contemplan el «incompresible» y «salvaje» ritual de los isleños —están preparando la entrega de una hermosa joven del poblado a King Kong, que la sacrificará—, algunos de ellos están filmando la escena, otros portan rifles; así, el cine parece un instrumento más de la conquista colonial del territorio.

Por otra parte, en un momento de la película, King Kong se come a un miembro de la tribu, signo tal vez del canibalismo de su raza, según el imaginario blanco. Finalmente, los isleños viven en chozas de paja nada comparables a los altos y poderosos rascacielos de Nueva York, de modo que su cultura material está atrasada y, por tanto, no pueden competir con la «avanzada» y tecnificada civilización blanca.

Del análisis fílmico se pueden obtener algunas conclusiones. La primera es que la barbarie se puede insertar en el corazón mismo de la civilización, solo esto explica que King Kong sea masacrado cruelmente, en lugar de haber utilizado gases que lo durmieran, como se había hecho para sacarlo de la isla. La segunda, es que el filme es capaz de suplantar los miedos reales por los fílmicos, efectuando, así, una catarsis aristotélica. Con ella, lo que parece expresarse es el deseo de la sociedad norteamericana de superar la crisis y convertirse en una potencia económica, armamentística, cultural y cinematográfica. En último extremo, se puede concluir también que la diferenciación racial explícita en el filme acaba siendo convertida en un espectáculo que otorga cuantiosos beneficios, lo que quiere decir que el cine de la época no solo no lucha contra el racismo colonial y patriarcal de la época, sino que se aprovecha de él mercantilizándolo.

Compartir el artículo

stats