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Arte

El artista Among Tea o como caerse de una buganvilla sin hacerse daño

Among Tea o ‘Charly’ protagonizó junto a los Zaya y otros la transgresión cultural que vivió La Laguna en los años 70 alrededor de su universidad

El artista Among Tea o como caerse de una buganvilla sin hacerse daño

Con motivo de la celebración en el CAAM de la excelente retrospectiva del pintor palmero José Martín, adorador de los volcanes y del paisaje negro de la lava, curada por Celestino Hernández, el director del CAAM Orlando Britto y la conservadora Mari Carmen Rodríguez han comisariado, a su vez, la exposición En diálogo con José Martín en donde con obras de 25 artistas pertenecientes al museo contextualizan el tiempo y el ambiente que vivió José Martín. En una de las salas, los comisarios han colgado las obras que conservan de tres artistas de la llamada Generación de los 70. Estos tres artistas del CAAM son: Cándido Camacho, Domingo Vega y Among Tea y será de éste último de quien trate este pequeño artículo basado en la memoria de otros así como en la mía propia a partir de 1982 cuando le conocí en la fiesta de La Rama, Agaete. Solo unos breves apuntes en espera de la publicación de un libro sobre él y su época que aparecerá en breve.

Carlos Gabriel Pérez Álvarez nació en La Laguna en 1956 o 57 en Barrio Nuevo, La Verdellada, donde, al margen de su vida errante, viviendo en muchos lugares, murió en 2010. De nombre artístico Among Tea (1976), los amigos le llamábamos Charly y a su grupo de Las Palmas, Los Charlys.

Si hay algún nombre relacionado íntimamente con él durante su juventud, cuando comienza a entablar relaciones de amistades allá por los años 1972-1973 en la Universidad de La Laguna son Carlos E. Pinto y los hermanos Zaya, Antonio y Octavio. El primero, un activista cultural radical del momento lagunero, coleccionista actualmente de la mayor cantidad de obras de Among Tea, no cejó de trabajar codo con codo con él y, más tarde, cuando montó la Galería Artizar (1989), le hizo la única exposición individual en 1991. A Carlos E. Pinto se deben también, las escasas colaboraciones pictóricas de Among Tea en las revistas Literradura (números IV-V Ofrecido a Joan Brossa, Barcelona, 1976) y Blanco en 1980; la portada para el frontispicio del catálogo de la exposición Tocador de Arte de la revista Papeles Invertidos, que tuvo lugar en el Colegio Oficial de Arquitectos de Tenerife, dibujo, justamente, que es uno de los que expone el CAAM titulado Tocador (1979); en esta muestra, además de exponer este dibujo, expuso dos collages —uno de ellos es el que también expone el CAAM—, una caja surrealista y ensayó un happening, dentro de su obra performática. Le siguen la citada exposición individual en Artizar en 1991 titulada Dibujos y collages, la colaboración en 1993 en la Sala O’Daly de La Palma titulada 1er viaje y organizada por Artizar y, finalmente, en la exposición Mundo, Magia, Memoria, celebrada en el Instituto de Canarias Cabrera Pinto de La Laguna en 1997. En 1977 y 1978 expone en dos colectivas en la Galería Balos y en la Galería Vegueta, respectivamente, las dos de Nano Doreste y Rosa María Buerles.

Los hermanos Zaya —Charly viajó con Octavio Zaya a París siendo muy jovencito—, protagonizaron junto con Charly y demás, una transgresión cultural provocadora en defensa de la modernidad, la homosexualidad y el ambiente cultural. Las primeras amistades de Charly en La Laguna y siempre alrededor de la Universidad, fueron con Cándido Camacho, José Saavedra, el poeta Antonio Rosendo Gómez del Toro y el poeta novelista José Carlos Cataño. José Saavedra, docente por entonces en la Universidad de La Laguna y uno de los más radicales de la contracultura del momento era uno de los asiduos de Among Tea y de Cándido Camacho, fue quien le mostró a Charly por primera vez algunos libros de arte de Brueghel, El Bosco o Beardsley que influirán decisivamente en su obra. Será decisivo, también, el continuo desacato a los valores establecidos por la férrea presión política, policial y social que se había impuesto en esos primeros años de la década de los 70 sobre estos «chicos difíciles» como recordaba Carlos E. Pinto que los había llamado Gómez del Toro. Una sociedad en la que ser marica era no solo perseguido oficialmente —aunque fuese justamente 1970 el año de su despenalización—, sino socialmente, a base de golpes, palizas y menosprecio.

La obra artística de Charly tiene diferentes formatos, desde la performance crítica y provocadora, los llamados hapennings al dibujo, el collage sobre papel, el collage con objetos y la escultura a base de materiales diferentes a los usuales siempre reciclados y rescatados del material de deshecho. Cualquier intento de datar sus obras, tanto de las obras plásticas como de los happenings es pura especulación y solo podremos tener la certeza si estuvimos allí. Con 15 o 16 años participa en el hapenning Señales —titulado también a veces Cáncer—, creado por los Zaya en torno a la exposición de Pepe Dámaso Sudarios del 2001 en la Sala Conca 1, una de los galerías referentes en esos años. En Señales, Among Tea cantaba y recitaba el texto de Mallarmé: «Yo huyo, pálido, deshecho, obsesionado por mi mortaja, y temiendo morir cuando me acuesto solo» dentro de un espacio mínimo y cercado por el público. Esta performance, pero, comenzaba antes de entrar a la galería, vestidos los tres hermosos poubelles en la calle, recogiendo deshechos y usándolos después en la actuación como un acto de construcción. Signus fue otro de los hapennings de primera época, realizado por él y Octavio Zaya con la ayuda de Juan Hernández durante la exposición en Conca de la exposición de Cándido Camacho La historia de los cuerpos. Historia 1.ª en 1976. El tema: la obra lleva en su creación mismo el germen de su propia destrucción.

En cuanto al dibujo, éste es meticuloso, exacto y limpio. Las formas, sean cuales sean son nítidas a pesar que el tema dibujado sea un enjambre de sinuosidades, de mundos oníricos sin finales, de formas humanas que aparecen donde no debieran estar, una especie de Carceri d’Invenzione de Piranesi. Es la herencia del surrealismo de El Bosco y de William Blake, pero también de Juan Ismael, mucho más cercano de quien conocía la obra. Uno de los dibujos más conocidos fue el que realizó para el cartel de la Escuela de Actores de La Laguna en 1976 cuyo original, con un marco muy barroco aprovechado e intervenido también por él, estuvo colgado durante mucho tiempo en el entonces pub lagunero El Mamut donde se reunían pintores, escultores escritores, teatreros y demás almas nocturnas. Esta Escuela de Actores surgió del mismo movimiento underground que se vivía en La Laguna. Me explica Fernando Hidalgo que, a pesar de no ser alumno, Charly asistió alguna vez a las clases de Expresión Corporal y Movimiento, «siempre con unas mallas escandalosas» ajustando su cuerpo a las miradas de todos. Durante la Primera Muestra de Teatro Independiente de Las Palmas en 1979, Among Tea declaró que a él no le interesaban las largas horas de ensayos sino la importancia «de mirar al infinito y acaparar todas las vicisitudes y todos los viajes que hay en nosotros. Toda obra de arte está sentenciada a la muerte por dadá, el teatro está sentenciado», poniéndose del lado del grupo UG cuando afirmaron haber dado muerte al teatro. Era una postura aprendida junto a los Zaya que seguían la idea de improvisación y libertad creativa de Antonin Artaud. La expresión corporal de Charly enlaza con el gesto refinado que siempre mantuvo, incluso en los peores momentos etílicos: era el gesto exquisito pero salvaje de Óscar Wilde.

En cuanto a los collages sobre papel, si tomamos como ejemplo el del CAAM, hay una mixtura entre un fondo pintado y la colocación de recortes buscando un elemento visual que se repite, en este caso el perfil de la mujer; en otros, Among Tea combina sus dibujos intrincados con recortes y papeles pintados por él. Los collages de objetos siguen la práctica surrealista del objeto encontrado y a partir de varios, construir una escultura. Pero no nos equivoquemos, no se tata de amontonar sin propósito y sin forma, sino siempre buscando un objetivo textual. Una de las constantes de la obra de Charly es la aparición de ojos de muñecas, tanto reales —desmontados del juguete— como dibujados y en los dibujos no son ojos reales, sino ojos de muñecas desmontados.

El collage escultura de 1997 que reproducimos, de metro y medio de altura, como tantas obras suyas, fue destruida por él mismo. Como el palacio hecho a base de conchas que expuso en una colectiva en el Ateneo (1980) y que junto a Aurelio Formoso destruyó delante de prensa e invitados. Obra y acción se han de estudiar juntas y ambas son dadá: la necesidad de crear a partir del deshecho y la de destruir la obra una vez creada. Porque Charly no tenía nada que ver con el mundo académico ni con las zalamerías de los que veían en él una joven promesa del arte canario.

Polifacético, es impensable poder abarcar desde el recuerdo sus habilidades y conocimientos, heterodoxo entre los heterodoxos, sin reconocimiento social, fue expulsado. El absurdo se manifestaba y Charly que vivía poéticamente y plásticamente su vida recibiendo por ello golpes y palizas, se convirtió en una institución callejera. El destino es obstinado y Charly es persistente, no por un acto de fe sino porque estaba en su naturaleza más auténtica. Hermoso como un fauno nestoriano —divino y demoníaco— se perdía allá donde nadie parecía mirar.

Su obra pertenece, de hecho perteneció siempre, a pesar de los esfuerzos de Carlos E. Pinto, a otro mundo fuera del comercial, de las galerías de arte, de la crítica y de la historiografía. Como la de José Martín, ajeno también a ese mundo, fuera de la historia del arte canario y que hoy, de la mano de Celestino Hernández se puede ver en el CAAM.

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